Desde el Seminario
La fiscala
Sem. José Roberto Cruz Pérez

En la Montaña Alta de Guerrero, habitan tres comunidades indígenas que conservan las costumbres de culturas anteriores a la llegada de los españoles a nuestro país, estos grupos étnicos son los nahuas, mixtecos y tlapanecos.
En algunas de estas regiones, los seminaristas, que estudiamos el Curso de Espiritualidad y Pastoral, realizamos nuestra experiencia de misión durante cuatro meses, los cuales marcaron profundamente mi vocación.
Santiago, mi compañero de aprendizaje, y yo trabajamos en dos localidades tlapanecas: Zilacayotitlán y Piedra Blanca. De un personaje muy peculiar de la segunda población, es de quien deseo platicarles a ustedes, queridos Padrinos y Madrinas.
Doña Raimunda es una mujer tlapaneca que a simple vista no tiene nada de extraordinario en comparación con otras mujeres de la zona; sin embargo, de manera contraria a los usos y costumbres de su gente, ella es la primera fiscala de su pueblo y, quizá, de todas las comunidades tlapanecas.
El ser fiscal representa el último cargo que los hombres desempeñan, después de haber prestado servicio en su comunidad como policía, comandante, comisario o topile (auxiliar del fiscal). Por lo tanto, la mayoría de las veces, son los señores más viejos del pueblo quienes realizan este oficio.
La tarea del fiscal consiste en atender las necesidades de la iglesia, por ejemplo, dar de comer a los Padres cuando los visitan; también, ellos guardan las llaves del templo. Cabe mencionar que estos poblados son visitados por su párroco una vez al año, que, por lo regular, es el día de la fiesta del santo que venera el pueblo.
Doña Raimunda siembra maíz en su terreno y cría chivos. Su esposo la abandonó cuando nació su primera hija, que tiene ya 17 años; esta joven, cuando era niña, sufrió quemaduras en las manos. La familia de esta tenaz señora está formada, además, por dos niños. Uno de ellos tiene seis años, cuando era bebé, sus papás se lo encargaron, pues ellos emigraron a Estados Unidos. El otro pequeño es un recién nacido que fue dejado en la entrada de su casa. Ella lo cuida y desea registrarlo como su hijo.
Raimunda muestra una actitud muy especial, ya que, a diferencia de muchas mujeres de la región, no se agacha para hablar. Además, con voz firme, declara y reclama cuando algún hombre comete una injusticia. La gente, cuando habla de ella, lo hace con mucho respeto y admiración, pues es alguien valiosa y, aunque ha sufrido, no se siente derrotada.
Cuando ella nos comentaba sus experiencias o nos explicaba cómo enfrentaba los problemas del pueblo, venían a mi mente figuras femeninas de la Biblia, como Judith o Esther. Considero que ella tiene esa seguridad y amor por su pueblo y por el Señor del Perdón, imagen que veneran en su comunidad.
Doy gracias a Dios que, en lugares donde no se puede dar una continuidad en la pastoral, exista gente como ella, que da testimonio de su fe y su amor.

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.