Desde el Seminario

Presencia de Dios
por: Sem. Alberto Puente Colunga

Seminarista Ignacio Flores en un harambee

Hace más de un año y medio que llegué a Corea, desde entonces, empecé a relacionarme y a compartir mi vida con gente de diferente cultura, religión, pensamiento, etcétera. Cuando comencé a asistir a la escuela de lenguas, la convivencia cotidiana se volvió multicultural, ya que estudiamos personas de diferentes países, aunque predominan los asiáticos.

Para realizar un trabajo pastoral aquí, tal como lo hacíamos en México los seminaristas, resulta complicado, ya que en mi vida diaria trato con personas que tienen diferentes o simplemente ninguna creencia, y otra dificultad es que todavía no domino la lengua coreana.

No obstante, mi trabajo pastoral lo puedo resumir en una sola palabra: presencia, pues es por medio de nuestra presencia como Dios va hablando y transmitiendo su mensaje, tanto a quienes lo conocen como a los que no saben de Él. Dios se vale de nosotros para comunicar la Buena Nueva y derramar su gracia en aquellos que aún no lo conocen.

Además, con el tiempo, he aprendido que nuestra presencia dice y hace saber tantas cosas, que tal vez no comunicamos cuando hablamos. Recuerdo que, cuando llegué a Corea, como no sabía nada del idioma del país, estaba siempre en silencio, pero, con estar presente entre mis compañeros ya les decía mucho a ellos, pues hoy, que ya entiendo un poco de coreano, ellos me lo hicieron saber. No cabe duda de que Dios es quien actúa a través nuestro.

En este momento, cuando llevo más de un año en la escuela de lenguas, ese trabajo pastoral que empezó con una simple presencia va tomando otros tintes, pues, en la medida de mis posibilidades, he podido responder ciertas preguntas de mis colegas y les he hablado un poco sobre lo que es ser cristiano.

Seminarista Alberto Puente en clase

En cierta clase, los alumnos tuvimos que hacer una exposición que consistía en tomar de nuestras pertenencias un objeto, presentarlo a los compañeros y hablarles de la importancia y el valor que el objeto tenía para nosotros.

Hubo quien mostró un teléfono celular y dijo que era importante porque se lo había regalado un amigo. Otros enseñaron fotografías, discos compactos, anillos, carteras, diccionarios, bolsas, etcétera. Cada quien dio su explicación acerca del valor sentimental que tenía lo que había expuesto y el porqué lo conservaba.

Cuando llegó mi turno, saqué un rosario misionero y hablé de la importancia y el motivo que me hacía llevarlo conmigo. Mis compañeros se interesaron en mis palabras e hicieron algunas preguntas a las cuales respondí. Un aspecto del rosario que les llamó la atención fueron los colores, entonces, les expliqué la razón de cada uno: –miren, mientras rezamos con la parte verde, recordamos y pedimos en nuestra oración por la gente de África; con la sección roja, por las personas de América; con el segmento blanco, por la población de Europa; con el fragmento azul, por los habitantes de Oceanía; y con la parte amarilla, por quienes viven en Asia.

Una de mis compañeras comentó: –¡guau!, interesante, ¡me gusta!, pues tienen presente al mundo entero.

Creo que en estos pequeños momentos, en que podemos compartir algo, es la presencia de Dios la que actúa y transmite su mensaje a los demás. Así que ánimo, no tengamos miedo, que el Señor es quien actúa. Dejémonos guiar por Él y recuerda que… la Misión te espera.

Seminarista Alberto Puente y Amigos

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.

 

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