Desde el Seminario

Paciencia y entrega
Sem. Ignacio Flores García

Tenía apenas unos meses en la misión de Kenia y me resultaba difícil entender la realidad cultural de este lugar. El pensamiento de nuestros hermanos africanos y muchos aspectos de su vida son diferentes a los nuestros. Pero, por otra parte, es muy alentador ver cómo los misioneros, que han estado trabajando desde hace muchos años en esta tierra, realizan su labor con gran entusiasmo, ya que participan en la construcción del Reino de Dios. Lo hacen, sobre todo, con mucha paciencia y entrega. Ellos realizan esta tarea evangelizadora como bien se diría: a fuego lento o poco a poco.

Seminarista Ignacio Flores Garcia y fieles de la comunidad de Mashuru
Sem. Ignacio Flores con fieles de la comunidad de Mashuru.

Quiero contarles la experiencia que tuve en una de las misiones situada a unas tres horas de distancia de la ciudad de Nairobi. Me refiero a la misión de Mashuru, donde los sacerdotes y hermanos: Pablo y José Bejarano comparten la Buena Nueva entre el pueblo maasai. Yo me sentía muy entusiasmado porque conocí el lugar; y, sobre todo, por estar en una iglesia que pudiera estar llena de ancianos, guerreros y toda la comunidad maasai.

Esperé ansiosamente el siguiente día para encontrarme con el pueblo maasai en la celebración de la Misa, pero esto no sucedió: solamente se hallaban el Padre Pablo, dos religiosas que atienden una escuela, dos catequistas, los seminaristas que habían ido de visita y nadie más.

Ese día no me dije nada a mí mismo. Pensé que tal vez al día siguiente vería una Misa como antes la había imaginado: con la gente maasai. Al otro día, sucedió lo mismo y de nuevo me quedé callado ante aquella situación que me parecía extraña.

En la noche, en un momento de oración, interrogué al Cristo misionero que nos había invitado a compartir su cariño y amor con personas de esta región: ¿Por qué no viene la gente a escuchar tu Palabra?, ¿por qué no se acercan a pedirte bendiciones? Yo trataba de expresar mi desilusión. En ese momento, valoré también los momentos vividos después de las Misas de esos dos días y, antes de continuar con las preguntas, se me dieron las respuestas, pues me acordé de ese pasaje de la Biblia donde Jesús nos promete que, donde estuvieran dos o tres reunidos en su nombre, ahí estaría Él, y, en efecto, así fue.

Pensé en el Padre Pablo, quien celebró las Misas y que, a pesar de su edad de 72 años y las condiciones físicas tan duras de esa misión, estuvo ahí para acercarnos a Dios. Por otra parte, tanto las Hermanas religiosas como los catequistas eran kenianos dedicados totalmente a la obra misionera entre sus hermanos. Y finalmente, también nos encontrábamos los seminaristas, quienes habíamos sido invitados a conocer los retos de ese trabajo evangelizador. Por supuesto que, después de haber hecho esta breve meditación, me pareció como si ya se me hubiera contestado el interrogatorio que realicé. Entonces, me dije “a fuego lento amigo, a fuego lento y poco a poco”.

De esta manera, queridos Padrinos, es como poco a poco madura la mies del Señor en esta y otras misiones donde Jesús nos invita a compartir su mensaje. Por último, sólo quiero agregar que, después de unos días, en una de las celebraciones, ya no nos encontrábamos tan solos porque muchos hermanos maasai: mujeres, niños, jóvenes, guerreros y algunos ancianos nos acompañaron a compartir el amor de Dios en la Santa Misa.

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.

 

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