Desde el Seminario

Sediento de Dios
Sem. Fernando Salazar Casango

Fui a Misa, en febrero pasado, a una de las parroquias donde trabajan nuestros sacerdotes Misioneros de Guadalupe (la Parroquia de Santa Margarita, en la isla de Hong Kong, donde se encuentra el Padre Gabriel Altamirano). Estaba cansado de oír hablar en cantonés y sobre todo de no entender nada, así que decidí llegar a la celebración de la Misa en inglés. Tuve la oportunidad de estar con anticipación en la iglesia, por lo que dispuse de tiempo para mi oración personal.

Seminaista Fernando Salazar con feligreses de la Parroquia de Sheung Shui en Hong Kong

En la Misa, se hicieron las lecturas correspondientes al tercer domingo de Cuaresma. El Padre que presidió la celebración nos invitó a escuchar a Jesús, quien nos pide de beber, pero sabe que nuestra agua no sacia su sed ni la nuestra, así que nos ofrece agua viva. En ese momento, vino a mi mente aquella otra ocasión en la que Jesús tuvo sed (clavado en la cruz). El sacerdote nos invitaba a pedirle a Jesús agua viva para nuestra vida, y nos motivaba a no rechazarla.

Yo me pregunté qué hechos nos cansan y nos dan sed. Recordé lo difícil que fue para mí empezar a estudiar y hablar otra lengua, como el inglés y ahora el cantonés, estudio que me agobia y agota psicológicamente.

Durante la Eucaristía, un grupo juvenil animaba la celebración con cantos acompañados de música instrumental; por unos momentos los observé y aprecié el entusiasmo con el que alababan a Dios, y nos motivaban para elevar nuestro espíritu y corazón hacia Él. Hubo un momento que recordé aquellas veces que yo cantaba y alababa al Señor en mi comunidad, cuando formaba parte del coro de la iglesia. Reflexioné y me di cuenta de que estaba sintiendo lo mismo que Jesús, yo también estaba sediento, anhelando experimentar su presencia en la Celebración eucarística, sintiendo necesidad de fe y confianza en Él, de su ayuda. Con el estudio de otro idioma, se me olvidó vivir y celebrar con fe el sacrificio eucarístico, me di cuenta de que mi fe estaba en peligro y desde luego mi vocación. El estudio y las tareas de otra lengua me robaban la oportunidad de vivir mi fe, mi entrega y mi encuentro con Jesús.

Seminarista Fernando Salazar con feligreses de la parroquia de Sheung Shui en Hong Kong

Al terminar la Misa, estaba lleno de lágrimas, porque me sentí vacío; descubrí que mi vocación y deseo de entregar mi vida a la labor misionera necesitaban de esa agua viva, de Jesús presente en la Eucaristía. Descubrí que nuestra vida de fe y vocación peligran cuando otros sucesos interfieren en nuestro encuentro con Dios. La fe y la vocación se ven amenazados cuando nos preocupamos por hacer mucho, pero sin buscar y profundizar en el encuentro, unión e intimidad con el Dios que sacia nuestra sed y renueva nuestras fuerzas para seguir trabajando en la construcción del Reino.

Así que agradecí a Dios el hacerme ver el vacío espiritual de mi vida, y le pedí que me permitiera nuevamente descubrirlo y unirme a Él en la oración personal, en el sacrificio eucarístico.

No dejemos que otras circunstancias, por muy buenas que sean en nuestra vida, nos aparten del encuentro con Cristo. No expongamos nuestra fe y vocación al peligro de la soledad que quita el sentido de trabajar por el Reino de Dios.

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.