Desde el Seminario
El mandato del Génesis
por: Sem. Ignacio Flores García

El Seminarista Ignacio Flores enseña a los niños el valor de la naturaleza
Casi todos los días nos enteramos de los diferentes problemas ambientales que hay en nuestro mundo: bosques talados, ríos y lagos contaminados, extinción de diversas especies animales son sólo algunos ejemplos. Al ver esto muchas veces nos preguntamos qué va a pasar. En los primeros dos capítulos del libro del Génesis encontramos bellos relatos acerca del origen del mundo. Estos relatos fueron inspirados por la experiencia del pueblo de Israel, que deseó transmitir a las siguientes generaciones la grandeza de la obra creadora de Dios y la relación que guarda con cada uno de sus hijos. Para todos nosotros, que somos colaboradores en la construcción del Reino de Dios, también este es un bello texto que nos enseña y recuerda un compromiso muy grande.
En la Misión de Turkana, en Kenia, a veces es difícil entender por qué la gente, a pesar de que vive en un desierto, corta los pocos árboles que hay, de forma indiscriminada. Ciertamente la comunidad necesita de los árboles para hacer carbón, ya sea para su uso particular o para ganar algo de dinero. El problema para todos viene cuando esos pocos árboles no son sustituidos por otros. Es, desgraciadamente, la mentalidad de “úsese y deséchese”, que tanto afecta. Es triste ver cómo la maravilla de la creación se deteriora poco a poco, y es por eso que el trabajo misionero nos invita a recordar, a través de los pasajes de la Biblia, que Dios nos dejó un maravilloso mundo donde vivir, pero igualmente una gran responsabilidad para cuidarlo (véase Gen 1, 29-30).
El Creador nos ha dado este mundo para aprovecharlo y disfrutarlo, pero no para abusar de él. De ahí que el trabajo del misionero no consista simplemente en hablar de las maravillas de Dios, sino también en invitar a la gente a cuidar del ambiente donde se encuentre, llevando a cabo las acciones específicas que sean necesarias en cada lugar; la palabra de Dios es luz y vida que nos llama e insta a la acción. Por este motivo, muchas ocasiones impulsamos a los niños de la parroquia para que respeten, cuiden y valoren la naturaleza.
A los pequeños les encanta que se les llame walimu, que significa “maestro”. Es un título de mucha importancia para ellos porque quien es nombrado así se siente con una gran autoridad y, al mismo tiempo, con la enorme responsabilidad de mantener el orden como lo hacen los profesores en las escuelas.
Cada vez que veo que los niños juegan con un árbol y lo maltratan, o se divierten con animales para matarlos después –por ofrecer dos ejemplos–, yo le digo al más grande de ellos: ¡Walimu!, que tal si este árbol se vuelve nuestro amigo y nos da su sombra después, ¿tú lo destruirías ahora? El niño o niña a quien me dirijo por supuesto responde que no, e inmediatamente le dice a los más pequeños: bájense de ahí, o dejen en paz la rama. Si no obedecen, toma una varita y los empieza a regañar. A veces me da risa que lo tomen tan en serio, aunque en definitiva de eso se trata: que en realidad tomen en serio la responsabilidad de cuidar su medio ambiente. Aquellos que fueron regañados a veces repiten el regaño con quienes son más pequeños que ellos, y seguramente por las tardes, cuando están con sus familias, hablan algo de la importancia de cuidar la naturaleza.
Tratamos de fomentar un hábito de construcción y no de destrucción al invitarlos a cuidar más de las maravillas naturales que Dios nos da. En pocas palabras, estimados Padrinos y Madrinas, tratamos de asumir este mandato del Génesis: disfrutar del mundo, pero también preservarlo porque nos pertenece a todos y en él vivimos (véase Gen 2,
15). Es misión de cada uno aceptar la invitación de Dios para ser sus colaboradores en el mundo y cuidar de nuestro universo como misioneros al servicio de la vida.
© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.