Desde el Seminario

La fiesta de San Marcos
por: Sem. Anastasio Agustín Casimiro

Seminarista Ignacio Flores en un harambee

Si algo he aprendido de la cultura Me´phaa (tlapaneca), en la montaña alta de Tlapa, Guerrero, es la dimensión sagrada que confiere a la naturaleza. Cuando una montaña es árida y no tiene esperanzas de cultivo abundante, sólo las deidades podrán hacer algo para que la comunidad obtenga frutos de sus cosechas y permanezca en sus propias tierras.

La fiesta de san Marcos, que se desarrolla del 21 al 25 de abril, es importante para dicha cultura; me tocó vivirla en Francisco I. Madero y en San Antonio. Durante la celebración, la gente de estos pueblos se comunica con las deidades de la montaña. El comisario, los sabios y los ancianos son los protagonistas de este ritual, el cual implica subir a los cerros para relacionarse con las fuerzas cósmicas y de esa forma obtener lluvia moderada y fructífera para la madre tierra. Además participan los mayordomos, quienes se encargan de organizar la fiesta, y los jóvenes de la banda de viento, que tocan lindas melodías para agradar al pueblo y a las deidades.

fiesta de San Marcos en Tlapa. Guerrero, México.

El primer día toda la comunidad se reúne en la casa de los mayordomos para el convivio, y después los encargados principales (comisarios y sabios, junto con la banda de viento) llevan la primera vela a la capilla del pueblo. Los siguientes tres días se llevan velas a tres cerros, donde se realizan sacrificios de animales, principalmente chivos, cuya sangre y vísceras son ofrecidas a las deidades.

Nosotros, que como misioneros pertenecemos al mundo sagrado, fuimos convidados a este rito. Después de las ofrendas me invitaron también a realizar el diálogo con Dios. No resistí ponerme en contacto con la naturaleza y, sobre todo, con el creador de ella. Entré en la misma dinámica y pedí al Creador que abriera las puertas de la bóveda celeste para hacer llegar lo que clamaban estos pueblos; también pregunté a los asistentes qué querían de parte de Dios. Las oraciones de petición fueron extensas, había muchas necesidades para el bien de la comunidad.

Esta experiencia me permitió sumergirme en la religiosidad del pueblo; para mí fue un momento de aculturación. El respeto a su ritual fue importante. Participé con ellos de la misma inquietud: lluvia para la montaña árida, y compartí una misma esperanza: frutos abundantes para nuestras tierras. También recordé la promesa de Dios para el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento: “tierra que mana leche y miel” (Lv 20, 24).

fiesta de San Marcos en Tlapa. Guerrero, México.

Sólo me queda agradecer a estos pueblos porque me permitieron vivir la experiencia de servicio pastoral. El misionero siempre está dispuesto a enseñar y a aprender; en pocas palabras, convive en la fe hacia Jesucristo, nuestro Señor.

Ubicación de Tlapa Guerrero

 

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.

 

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