En Nairobi comencé a frecuentar un puesto callejero en el que venden alimentos. Yo sólo iba por una taza de chai (té) y con el fin de practicar el idioma swahili. La señora que atiende el lugar es conocida como “Mama Boss”, sobrenombre que en español significa “La jefa”. Ella y yo hicimos una buena amistad. Con el paso del tiempo las visitas a ese lugar se hicieron costumbre y ahí fue donde presencié una experiencia del Kazi ya Mungu, o trabajo de Dios.
Un día dos niños se acercaron a pedirme dinero, pero preferí invitarlos a tomar una taza de té y comer algo conmigo. Al llegar, una señora que estaba en el puesto me vio sorprendida, quizá porque dos niños africanos iban conmigo, además de que hablaba en su idioma y les compraba comida. Después de saludar a Mama Boss y a la señora, se inició la acostumbrada plática. De pronto llegó un niño, que veía a los otros dos tomando sus alimentos. Ellos terminaron pronto, dieron las gracias y se fueron. El tercer niño permaneció atento a nuestra conversación. La señora le dijo que se acercara; se volvió a verme y me dijo: “Invita a este niño que también es tu amigo”. Una vez que él se sentó, la señora se despidió y se fue. El pequeño tomaba té y comía un chapati (especie de tortilla de harina).

Mama Boss se sentó a mi lado. De pronto, el niño levantó su mano en alto y exclamó: “¡Mmm!”. Quería decir algo, pero no podía pues tenía comida en la boca, así que nos mostró un monedero que sostenía en la mano. Pensamos que era de la señora que acababa de irse. Mama Boss quería buscarla, pero le sugerí que esperara un poco. Descubrimos que adentro del monedero había una buena suma de dinero.
Mama Boss me dijo: “¿Sabes, Nacho?, este es un buen niño, porque si hubiera sido otro simplemente se lo hubiera llevado”. El niño terminó su comida, dio las gracias y se fue, pero antes yo también le agradecí su honradez. Me dijo que se llamaba Kamau, tenía siete años y era de la tribu Kikuyu.
Pasaron cinco minutos y apareció la señora que había estado ahí antes. Tenía la cara pálida. Al verla no dijimos nada, pero nos soltamos a reír. Ella comprendió y se sintió calmada. Mama Boss le dijo: “¡Aquí está!”. La señora tomó el monedero, lo revisó, y la sonrisa regresó a su cara. Nos explicó que iba a su casa, pero se detuvo para comprar algo de verdura para sus hijos y, al momento de pagar, no encontró dinero. En el monedero cargaba el salario de un mes y un préstamo adicional para pagar la renta.
La señora nos preguntó dónde había dejado el monedero y cómo lo habíamos encontrado. Mama Boss le contó lo sucedido. La señora volvió a suspirar y agradeció a Dios. Nos dijo que compraría pescado para celebrar con sus hijos; era de la tribu Luo, a quienes les encanta ese alimento. Se fue contenta y tranquila.
Mama Boss y yo nos quedamos pensando en lo sucedido. Le dije: “¡Kazi ya Mungu, Mama Boss! (¡Trabajo de Dios, jefa!)”. A lo cual me respondió: “Ndiyo, Nacho, kazi ya Mungu (Exactamente, Nacho, trabajo de Dios)”.
Para mí fue trabajo de Dios, pues Él mueve a las personas para hacer su voluntad: la señora invitó al niño a comer y su intención fue buena, como minutos más tarde también lo sería la intención de Kamau. Finalmente, quiero comentar que Kikuyu y Luo son dos de las principales tribus en Kenia, pero tristemente muchos de sus miembros viven en enemistad. El trabajo de unidad entre los hijos de Dios es una labor de misioneros, ¡pero al final es un Kazi ya Mungu!