Desde el Seminario
Hagamos un harambee
Sem. Ignacio Flores García

Harambee, ¿qué es?, me hice esta pregunta cuando escuché por primera vez la palabra. En Kenia, presté atención a muchos términos en el idioma kiswahili, que se me hacían muy interesantes, no sólo por su significado, sino por su pronunciación. Muchas otras expresiones me eran necesarias para tener un poco de contacto con la gente y, así, empezar a hacer algunos amigos.
De las voces en kiswahili que fui aprendiendo, rápidamente se grabaron en mi mente sasa, que indica una especie de saludo, como decir qué onda, y habari: qué tal, en un sentido más formal. Chakula se refiere a la comida. Karibu expresa bienvenida; y asante sana se utiliza para dar las gracias por algo. Nunca había escuchado la palabra harambee, que en español se puede traducir como ayuda solidaria o, en otro sentido, cabe definirlo como un evento en el que se colecta dinero para beneficiar a alguien o recaudar fondos para realizar algo. Yo lo traduzco como echarnos la mano.
Aunque ya conocía lo que significaba harambee, no sabía cómo se llevaba a cabo. Un día, después de la Misa, inició el momento de esta actividad, en la que se pedía ayuda a la gente de diversas comunidades de una parroquia muy pobre, para colectar dinero a beneficio de la construcción de una nueva capilla. Entre cantos, bailes y gritos de alegría, como es propio del pueblo africano, se invitaba a todos los feligreses a aportar una cooperación. Todo se llevaba a cabo como una incitante subasta. El animador decía: “esta comunidad acaba de entregar mil shillings*, los grupos vecinos no se pueden quedar atrás”. Nuevamente empezaba el canto y la risa por la creatividad con que las personas ofrecían su contribución y participaban en el harambee. Los espectadores sacaban dinero de su bolsa, todo parecía muy emocionante, hasta el momento en que el animador miró hacia el altar. Recuerdo muy bien sus palabras: “Y ahora los Padres”, y ahí van los sacerdotes baile y baile, también los seminaristas y las religiosas. Definitivamente estoy seguro que, en esa ocasión, todos nuestros bolsillos participaron con poco o mucho.

De esta manera, entre la diversión, la convivencia fraterna, el canto y la alegría, todos participamos echándonos la mano unos a otros para un mismo fin. También quiero decirles, apreciables bienhechores, que descubrí que esta fiesta no sólo tenía el propósito de colectar dinero para la construcción de la iglesia. Considero que asimismo se logró una reunión solidaria entre las subparroquias, ya que los asistentes convivieron de manera muy especial. En mi caso, a mí me ayudó a valorar la felicidad y el compromiso que promueve esta costumbre, porque, durante el tiempo que he vivido en la misión, he aprendido que, además de compartir la fe, recibimos valores y enseñanzas positivas de nuestros hermanos africanos. El harambee es algo que he aprendido no únicamente como palabra, sino como una significativa experiencia, y así lo he querido relatar.
No se olviden de participar en nuestro harambee de oraciones, los invitamos a participar con alegría en el fin misionero, que es la construcción del Reino de Dios. Qué grato sería escuchar que uno de ustedes hoy dijera: “Aquí está, Señor, mi Rosario y tres obras de misericordia por el misionero solitario de Japón”. Quizá, alguien más ofreciera: “Aquí están dos Rosarios y el Padre Nuestro por los misioneros enfermos de América del Sur”. “Un Padre Nuestro y un Avemaría por los seminaristas de África y de todo el mundo”. Estimados Padrinos y Madrinas, no se olviden que, desde estas tierras lejanas, en medio de nuestra vida diaria, también nosotros haremos muchos harambees para poner nuestros hombros junto con los de ustedes en su vida diaria.
Que Dios los bendiga… y ¡que empiece el harambee!
© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.