SOBRE EL DESARROLLO
HUMANO INTEGRAL
EN LA CARIDAD Y EN LA VERDAD.
29 de junio de 2009
A los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas, a todos los fieles laicos y a todos los hombres de buena voluntad:
INTRODUCCIÓN
1. La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su
vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal
fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.
El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las
personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y
de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad
absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene
sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su
verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22). Por tanto,
defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la
vida son formas exigentes e insustituibles de caridad. Ésta «goza con la verdad»
(1 Co 13,6). Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de
manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la
vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano.
Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del
amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto
de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad
en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar
a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la
Verdad (cf. Jn 14,6).
2. La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas
las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la
caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y
con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las
amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones,
como las relaciones sociales, económicas y políticas. Para la Iglesia —aleccionada
por el Evangelio—, la caridad es todo porque, como enseña San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado en mi primera Carta encíclica «Dios es caridad» (Deus
caritas est): todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma
por ella, y a ella tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha
dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.
Soy consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y
sufre la caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de
la ética vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración. En el
ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, es decir, en los
contextos más expuestos a dicho peligro, se afirma fácilmente su irrelevancia
para interpretar y orientar las responsabilidades morales. De aquí la necesidad
de unir no sólo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San Pablo
de la «veritas in caritate» (Ef 4,15), sino también en el sentido,
inverso y complementario, de «caritas in veritate». Se ha de buscar,
encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad,
pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la
verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad, iluminada
por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su
capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida social. Y esto
no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con
frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien
rechazándola.
3. Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad
como expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental
en las relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad
resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz
que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón
y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y
sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y
comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se
convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el
riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones
y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y
que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a
la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos
relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano
y universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo
tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez «Agapé» y «Lógos»: Caridad y Verdad, Amor y Palabra.
4. Puesto que está llena de verdad, la caridad puede ser comprendida por el
hombre en toda su riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la
verdad es «lógos» que crea «diálogos» y, por
tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los hombres de las
opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las
determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de
las cosas. La verdad abre y une el intelecto de los seres humanos en el lógos del amor: éste es el anuncio y el testimonio cristiano de la caridad. En el
contexto social y cultural actual, en el que está difundida la tendencia a
relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que
la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino
indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero
desarrollo humano integral. Un cristianismo de caridad sin verdad se puede
confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la
convivencia social, pero marginales. De este modo, en el mundo no habría un
verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es
relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los
proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal,
en el diálogo entre saberes y operatividad.
5. La caridad es amor recibido y ofrecido. Es «gracia» (cháris). Su
origen es el amor que brota del Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo. Es amor
que desde el Hijo desciende sobre nosotros. Es amor creador, por el que nosotros
somos; es amor redentor, por el cual somos recreados. Es el Amor revelado,
puesto en práctica por Cristo (cf. Jn 13,1) y «derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5,5). Los hombres, destinatarios
del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos
mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer
redes de caridad.
La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida
y ofrecida. Es «caritas in veritate in re sociali», anuncio de la
verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la
caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de
la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo
tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de
los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución
adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad,
necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta
verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y
responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses
privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad,
tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como
los actuales.
6. «Caritas in veritate» es el principio sobre el que gira la
doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en
criterios orientadores de la acción moral. Deseo volver a recordar
particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por el compromiso
para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización: la justicia y el
bien común.
Ante todo, la justicia. Ubi societas, ibi ius: toda sociedad
elabora un sistema propio de justicia. La caridad va más allá de la justicia,
porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia,
la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud
de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en
primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los
demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es
extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la
justicia es «inseparable de la caridad»[1],
intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo
Pablo VI, su «medida mínima»[2], parte
integrante de ese amor «con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18), al
que nos exhorta el apóstol Juan. Por un lado, la caridad exige la justicia, el
reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los
pueblos. Se ocupa de la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho
y la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo
la lógica de la entrega y el perdón[3]. La
«ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes
sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de
comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las
relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por
la justicia en el mundo.
7. Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar a alguien
es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay
un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el
bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos
intermedios que se unen en comunidad social[4].
No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte
de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y
de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es
exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por
un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran
jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así
como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto
más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales.
Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus
posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional —también
política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo
que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las
mediaciones institucionales de la pólis. El compromiso por el bien común,
cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso
meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia,
forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo,
prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y
sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad
en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar
necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos
y naciones[5],
dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola
en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras.
8. Al publicar en 1967 la Encíclica Populorum progressio, mi venerado
predecesor Pablo VI ha iluminado el gran tema del desarrollo de los pueblos con
el esplendor de la verdad y la luz suave de la caridad de Cristo. Ha afirmado
que el anuncio de Cristo es el primero y principal factor de desarrollo[6] y nos ha dejado la consigna de caminar por la vía del desarrollo con todo
nuestro corazón y con toda nuestra inteligencia[7],
es decir, con el ardor de la caridad y la sabiduría de la verdad. La verdad
originaria del amor de Dios, que se nos ha dado gratuitamente, es lo que abre
nuestra vida al don y hace posible esperar en un «desarrollo de todo el hombre y
de todos los hombres»[8], en el
tránsito «de condiciones menos humanas a condiciones más humanas»[9],
que se obtiene venciendo las dificultades que inevitablemente se encuentran a lo
largo del camino.
A más de cuarenta años de la publicación de la Encíclica, deseo rendir
homenaje y honrar la memoria del gran Pontífice Pablo VI, retomando sus
enseñanzas sobre el desarrollo humano integral y siguiendo la ruta que
han trazado, para actualizarlas en nuestros días. Este proceso de actualización
comenzó con la Encíclica Sollicitudo rei socialis, con la que el Siervo
de Dios Juan Pablo II quiso conmemorar la publicación de la Populorum progressio con ocasión de su vigésimo aniversario. Hasta entonces, una
conmemoración similar fue dedicada sólo a la Rerum novarum. Pasados otros
veinte años más, manifiesto mi convicción de que la Populorum progressio merece ser considerada como «la Rerum novarum de la época
contemporánea», que ilumina el camino de la humanidad en vías de unificación.
9. El amor en la verdad —caritas in veritate— es un gran desafío para
la Iglesia en un mundo en progresiva y expansiva globalización. El riesgo de
nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los
pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el
intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible
conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El
compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no
se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia,
sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien
(cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones
recíprocas de libertad y de responsabilidad.
La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer[10] y no pretende «de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados»[11].
No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y
circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de
su vocación. Sin verdad se cae en una visión empirista y escéptica de la vida,
incapaz de elevarse sobre la praxis, porque no está interesada en tomar en
consideración los valores —a veces ni siquiera el significado— con los cuales
juzgarla y orientarla. La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad,
que es la única garantía de libertad (cf. Jn 8,32) y de la
posibilidad de un desarrollo humano integral. Por eso la Iglesia la busca,
la anuncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste. Para la
Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable. Su doctrina social es una
dimensión singular de este anuncio: está al servicio de la verdad que libera.
Abierta a la verdad, de cualquier saber que provenga, la doctrina social de la
Iglesia la acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo la
encuentra, y se hace su portadora en la vida concreta siempre nueva de la
sociedad de los hombres y los pueblos[12].
10. A más de cuarenta años de su publicación, la relectura de la Populorum progressio insta a permanecer fieles a su mensaje de caridad y de verdad,
considerándolo en el ámbito del magisterio específico de Pablo VI y, más en
general, dentro de la tradición de la doctrina social de la Iglesia. Se han de
valorar después los diversos términos en que hoy, a diferencia de entonces, se
plantea el problema del desarrollo. El punto de vista correcto, por tanto, es el
de la Tradición de la fe apostólica[13],
patrimonio antiguo y nuevo, fuera del cual la Populorum progressio sería
un documento sin raíces y las cuestiones sobre el desarrollo se reducirían
únicamente a datos sociológicos.
11. La publicación de la Populorum progressio tuvo lugar poco después
de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La misma Encíclica señala
en los primeros párrafos su íntima relación con el Concilio.[14] Veinte años después, Juan Pablo II subrayó en la Sollicitudo rei socialis la fecunda relación de aquella Encíclica con el Concilio y, en particular, con
la Constitución pastoral Gaudium et spes[15].
También yo deseo recordar aquí la importancia del Concilio Vaticano II para la
Encíclica de Pablo VI y para todo el Magisterio social de los Sumos Pontífices
que le han sucedido. El Concilio profundizó en lo que pertenece desde siempre a
la verdad de la fe, es decir, que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está
al servicio del mundo en términos de amor y verdad. Pablo VI partía precisamente
de esta visión para decirnos dos grandes verdades. La primera es que toda la
Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad,
tiende a promover el desarrollo integral del hombre. Tiene un papel público
que no se agota en sus actividades de asistencia o educación, sino que
manifiesta toda su propia capacidad de servicio a la promoción del hombre y la
fraternidad universal cuando puede contar con un régimen de libertad. Dicha
libertad se ve impedida en muchos casos por prohibiciones y persecuciones, o
también limitada cuando se reduce la presencia pública de la Iglesia solamente a
sus actividades caritativas. La segunda verdad es que el auténtico desarrollo
del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas
sus dimensiones[16]. Sin la
perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin
aliento. Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse
sólo al incremento del tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar
disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y
desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre no se desarrolla
únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le puede dar sin más el
desarrollo desde fuera. A lo largo de la historia, se ha creído con frecuencia
que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el
ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una
confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran
conseguir el objetivo deseado de manera automática. En realidad, las
instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es
ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente
responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión
trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o
se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la
auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo demás,
sólo el encuentro con Dios permite no «ver siempre en el prójimo solamente al
otro»[17], sino reconocer en él la
imagen divina, llegando así a descubrir verdaderamente al otro y a madurar un
amor que «es ocuparse del otro y preocuparse por el otro»[18].
12. La relación entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano
II no representa una fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los
Pontífices que lo precedieron, puesto que el Concilio profundiza dicho
magisterio en la continuidad de la vida de la Iglesia[19].
En este sentido, algunas subdivisiones abstractas de la doctrina social de la
Iglesia, que aplican a las enseñanzas sociales pontificias categorías extrañas a
ella, no contribuyen a clarificarla. No hay dos tipos de doctrina social, una
preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única
enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva[20].
Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de
uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto[21].
Coherencia no significa un sistema cerrado, sino más bien la fidelidad dinámica
a una luz recibida. La doctrina social de la Iglesia ilumina con una luz que no
cambia los problemas siempre nuevos que van surgiendo[22].
Eso salvaguarda tanto el carácter permanente como histórico de este
«patrimonio» doctrinal[23] que, con sus características específicas, forma parte de la Tradición siempre
viva de la Iglesia[24].
La doctrina social está construida sobre el fundamento transmitido por los
Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogido y profundizado después por los
grandes Doctores cristianos. Esta doctrina se remite en definitiva al hombre
nuevo, al «último Adán, Espíritu que da vida» (1 Co 15,45), y que es
principio de la caridad que «no pasa nunca» (1 Co 13,8). Ha sido
atestiguada por los Santos y por cuantos han dado la vida por Cristo Salvador en
el campo de la justicia y la paz. En ella se expresa la tarea profética de los
Sumos Pontífices de guiar apostólicamente la Iglesia de Cristo y de discernir
las nuevas exigencias de la evangelización. Por estas razones, la Populorum progressio, insertada en la gran corriente de la Tradición, puede hablarnos
todavía hoy a nosotros.
13. Además de su íntima unión con toda la doctrina social de la Iglesia, la Populorum progressio enlaza estrechamente con el conjunto de todo el
magisterio de Pablo VI y, en particular, con su magisterio social. Sus
enseñanzas sociales fueron de gran relevancia: reafirmó la importancia
imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según libertad
y justicia, en la perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por
el amor. Pablo VI entendió claramente que la cuestión social se había hecho
mundial [25] y captó la relación recíproca entre el impulso hacia la unificación de la
humanidad y el ideal cristiano de una única familia de los pueblos, solidaria en
la común hermandad. Indicó en el desarrollo, humana y cristianamente
entendido, el corazón del mensaje social cristiano y propuso la caridad
cristiana como principal fuerza al servicio del desarrollo. Movido por el deseo
de hacer plenamente visible al hombre contemporáneo el amor de Cristo, Pablo VI
afrontó con firmeza cuestiones éticas importantes, sin ceder a las debilidades
culturales de su tiempo.
14. Con la Carta apostólica Octogesima adveniens, de 1971, Pablo VI
trató luego el tema del sentido de la política y el peligro que representaban
las visiones utópicas e ideológicas que comprometían su cualidad ética y
humana. Son argumentos estrechamente unidos con el desarrollo. Lamentablemente,
las ideologías negativas surgen continuamente. Pablo VI ya puso en guardia sobre
la ideología tecnocrática[26],
hoy particularmente arraigada, consciente del gran riesgo de confiar todo el
proceso del desarrollo sólo a la técnica, porque de este modo quedaría sin
orientación. En sí misma considerada, la técnica es ambivalente. Si de un lado
hay actualmente quien es propenso a confiar completamente a ella el proceso de
desarrollo, de otro, se advierte el surgir de ideologías que niegan in toto la utilidad misma del desarrollo, considerándolo radicalmente antihumano y que
sólo comporta degradación. Así, se acaba a veces por condenar, no sólo el modo
erróneo e injusto en que los hombres orientan el progreso, sino también los
descubrimientos científicos mismos que, por el contrario, son una oportunidad de
crecimiento para todos si se usan bien. La idea de un mundo sin desarrollo
expresa desconfianza en el hombre y en Dios. Por tanto, es un grave error despreciar las capacidades humanas de controlar las desviaciones del desarrollo o
ignorar incluso que el hombre tiende constitutivamente a «ser más». Considerar
ideológicamente como absoluto el progreso técnico y soñar con la utopía de una
humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario, son dos modos
opuestos para eximir al progreso de su valoración moral y, por tanto, de nuestra
responsabilidad.
15. Otros dos documentos de Pablo VI, aunque no tan estrechamente
relacionados con la doctrina social —la Encíclica Humanae vitae, del 25
de julio de 1968, y la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, del 8
de diciembre de 1975— son muy importantes para delinear el sentido plenamente
humano del desarrollo propuesto por la Iglesia. Por tanto, es oportuno leer
también estos textos en relación con la Populorum progressio.
La Encíclica Humanae vitae subraya el sentido unitivo y procreador a la vez de la sexualidad, poniendo así
como fundamento de la sociedad la pareja de los esposos, hombre y mujer, que se
acogen recíprocamente en la distinción y en la complementariedad; una pareja,
pues, abierta a la vida[27].
No se trata de una moral meramente individual: la Humanae vitae señala
los fuertes vínculos entre ética de la vida y ética social, inaugurando
una temática del magisterio que ha ido tomando cuerpo poco a poco en varios
documentos y, por último, en la
Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II[28].
La Iglesia propone con fuerza esta relación entre ética de la vida y ética
social, consciente de que «no puede tener bases sólidas, una sociedad que
—mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz—
se contradice radicalmente aceptando y tolerando las más variadas formas de
menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es débil y marginada»[29].
La Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi guarda una relación muy
estrecha con el desarrollo, en cuanto «la evangelización —escribe Pablo VI—
no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el
curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta,
personal y social del hombre»[30].
«Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen
efectivamente lazos muy fuertes»[31]:
partiendo de esta convicción, Pablo VI aclaró la relación entre el anuncio de
Cristo y la promoción de la persona en la sociedad. El testimonio de la
caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la
evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre.
Sobre estas importantes enseñanzas se funda el aspecto misionero [32] de la doctrina social de la
Iglesia, como un elemento esencial de evangelización[33].
Es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para
educarse en ella.
16. En la Populorum progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante
todo, que el progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación: «En
los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso,
porque la vida de todo hombre es una vocación»[34].
Esto es precisamente lo que legitima la intervención de la Iglesia en la
problemática del desarrollo. Si éste afectase sólo a los aspectos técnicos de la
vida del hombre, y no al sentido de su caminar en la historia junto con sus
otros hermanos, ni al descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no
tendría por qué hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum novarum[35],
era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al proyectar la luz
del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo[36].
Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado,
que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse
su significado último por sí mismo. Con buenos motivos, la palabra «vocación»
aparece de nuevo en otro pasaje de la Encíclica, donde se afirma: «No hay, pues,
más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de
una vocación que da la idea verdadera de la vida humana»[37].
Esta visión del progreso es el corazón de la Populorum progressio y
motiva todas las reflexiones de Pablo VI sobre la libertad, la verdad y la
caridad en el desarrollo. Es también la razón principal por lo que aquella
Encíclica todavía es actual en nuestros días.
17. La vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable.
El desarrollo humano integral supone lalibertad responsable de la
persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo
desde fuera y por encima de la responsabilidad humana. Los «mesianismos
prometedores, pero forjadores de ilusiones»[38] basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente
del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad
se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido
a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una
vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona.
Pablo VI no tiene duda de que hay obstáculos y condicionamientos que frenan el
desarrollo, pero tiene también la certeza de que «cada uno permanece siempre,
sean los que sean los influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de
su éxito o de su fracaso»[39]. Esta
libertad se refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros pero, al mismo
tiempo, también a las situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la
casualidad o de una necesidad histórica, sino que dependen de la responsabilidad
humana. Por eso, «los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático,
a los pueblos opulentos»[40].
También esto es vocación, en cuanto llamada de hombres libres a hombres libres
para asumir una responsabilidad común. Pablo VI percibía netamente la
importancia de las estructuras económicas y de las instituciones, pero se daba
cuenta con igual claridad de que la naturaleza de éstas era ser instrumentos de
la libertad humana. Sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente
humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera
adecuada.
18. Además de la libertad, el desarrollo humano integral como vocación
exige también que se respete la verdad. La vocación al progreso impulsa a
los hombres a «hacer, conocer y tener más para ser más»[41].
Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A esta pregunta, Pablo VI
responde indicando lo que comporta esencialmente el «auténtico desarrollo»:
«debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre»[42].
En la concurrencia entre las diferentes visiones del hombre que, más aún que en
la sociedad de Pablo VI, se proponen también en la de hoy, la visión cristiana
tiene la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional de la
persona humana y el sentido de su crecimiento. La vocación cristiana al
desarrollo ayuda a buscar la promoción de todos los hombres y de todo el hombre.
Pablo VI escribe: «Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada
agrupación de hombres, hasta la humanidad entera»[43].
La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en privilegios o
posiciones de poder, ni tampoco en los méritos de los cristianos, que
ciertamente se han dado y también hoy se dan, junto con sus naturales
limitaciones[44],
sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocación auténtica al
desarrollo humano integral. El Evangelio es un elemento fundamental del
desarrollo porque, en él, Cristo, «en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[45].
Con las enseñanzas de su Señor, la Iglesia escruta los signos de los tiempos,
los interpreta y ofrece al mundo «lo que ella posee como propio: una visión
global del hombre y de la humanidad»[46].
Precisamente porque Dios pronuncia el «sí» más grande al hombre[47],
el hombre no puede dejar de abrirse a la vocación divina para realizar el propio
desarrollo. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo
el hombre y de todos los hombres, no es verdadero desarrollo. Éste es el
mensaje central de la Populorum progressio,
válido hoy y siempre. El desarrollo humano integral en el plano natural, al ser
respuesta a una vocación de Dios creador[48],
requiere su autentificación en «un humanismo trascendental, que da [al hombre]
su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal»[49].
Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo abarca tanto el plano
natural como el sobrenatural; éste es el motivo por el que, «cuando Dios queda
eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el
“bien”, empieza a disiparse»[50].
19. Finalmente, la visión del desarrollo como vocación comporta que su
centro sea la caridad. En la Encíclica Populorum progressio, Pablo VI
señaló que las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material.
Nos invitó a buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, en la
voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la
solidaridad. Después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar
adecuadamente el deseo. Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen falta
«pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual
permita al hombre moderno hallarse a sí mismo»[51].
Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una causa más importante aún que la
falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad entre los hombres y entre los
pueblos»[52].
Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La
sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos.
La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de
establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la
hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que
nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad
fraterna. Pablo VI, presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo
del hombre, puso en lo más alto, después de haber mencionado la fe, «la unidad
de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la
vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres»[53].
20. Estas perspectivas abiertas por la Populorum progressio siguen
siendo fundamentales para dar vida y orientación a nuestro compromiso por el
desarrollo de los pueblos. Además, la Populorum progressio subraya
reiteradamente la urgencia de las reformas[54] y
pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el desarrollo de los
pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta urgencia viene impuesta
también por lacaridad en la verdad. Es la caridad de Cristo la que
nos impulsa: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14). Esta
urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la
avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en juego: la
necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad. Lograr esta meta es tan
importante que exige tomarla en consideración para comprenderla a fondo y
movilizarse concretamente con el «corazón», con el fin de hacer cambiar los
procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas.
21. Pablo VI tenía una visión articulada del desarrollo. Con el
término «desarrollo» quiso indicar ante todo el objetivo de que los pueblos
salieran del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo.
Desde el punto de vista económico, eso significaba su participación activa y en
condiciones de igualdad en el proceso económico internacional; desde el punto de
vista social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de
formación; desde el punto de vista político, la consolidación de regímenes
democráticos capaces de asegurar libertad y paz. Después de tantos años, al ver
con preocupación el desarrollo y la perspectiva de las crisis que se suceden en
estos tiempos, nos preguntamos hasta qué punto se han cumplido las
expectativas de Pablo VI siguiendo el modelo de desarrollo que se ha
adoptado en las últimas décadas. Por tanto, reconocemos que estaba fundada la
preocupación de la Iglesia por la capacidad del hombre meramente tecnológico
para fijar objetivos realistas y poder gestionar constante y adecuadamente los
instrumentos disponibles. La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un
fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El
objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común
como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza. El
desarrollo económico que Pablo VI deseaba era el que produjera un crecimiento
real, extensible a todos y concretamente sostenible. Es verdad que el desarrollo
ha sido y sigue siendo un factor positivo que ha sacado de la miseria a miles de
millones de personas y que, últimamente, ha dado a muchos países la posibilidad
de participar efectivamente en la política internacional. Sin embargo, se ha de
reconocer que el desarrollo económico mismo ha estado, y lo está aún, aquejado
por desviaciones y problemas dramáticos, que la crisis actual ha puesto
todavía más de manifiesto. Ésta nos pone improrrogablemente ante decisiones que
afectan cada vez más al destino mismo del hombre, el cual, por lo demás, no
puede prescindir de su naturaleza. Las fuerzas técnicas que se mueven, las
interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre la economía real de
una actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los
imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y después no
gestionados adecuadamente, o la explotación sin reglas de los recursos de la
tierra, nos induce hoy a reflexionar sobre las medidas necesarias para
solucionar problemas que no sólo son nuevos respecto a los afrontados por el
Papa Pablo VI, sino también, y sobre todo, que tienen un efecto decisivo para el
bien presente y futuro de la humanidad. Los aspectos de la crisis y sus
soluciones, así como la posibilidad de un nuevo desarrollo futuro, están cada
vez más interrelacionados, se implican recíprocamente, requieren nuevos
esfuerzos de comprensión unitaria y una nueva síntesis humanista. Nos
preocupa justamente la complejidad y gravedad de la situación económica actual,
pero hemos de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas
responsabilidades que nos reclama la situación de un mundo que necesita una
profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los
cuales construir un futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino,
a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en
las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis
se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo.
Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera
confiada más que resignada.
22. Hoy, el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos.
Los actores y las causas, tanto del subdesarrollo como del desarrollo, son
múltiples, las culpas y los méritos son muchos y diferentes. Esto debería llevar
a liberarse de las ideologías, que con frecuencia simplifican de manera
artificiosa la realidad, y a examinar con objetividad la dimensión humana de los
problemas. Como ya señaló Juan Pablo II[55],
la línea de demarcación entre países ricos y pobres ahora no es tan neta como en
tiempos de la Populorum progressio. La riqueza mundial crece en
términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades. En los países
ricos, nuevas categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las
zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de superdesarrollo derrochador
y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de
miseria deshumanizadora. Se sigue produciendo «el escándalo de las disparidades
hirientes»[56].
Lamentablemente, hay corrupción e ilegalidad tanto en el comportamiento de
sujetos económicos y políticos de los países ricos, nuevos y antiguos, como en
los países pobres. La falta de respeto de los derechos humanos de los
trabajadores es provocada a veces por grandes empresas multinacionales y también
por grupos de producción local. Las ayudas internacionales se han desviado con
frecuencia de su finalidad por irresponsabilidades tanto en los donantes como en
los beneficiarios. Podemos encontrar la misma articulación de responsabilidades
también en el ámbito de las causas inmateriales o culturales del desarrollo y el
subdesarrollo. Hay formas excesivas de protección de los conocimientos por parte
de los países ricos, a través de un empleo demasiado rígido del derecho a la
propiedad intelectual, especialmente en el campo sanitario. Al mismo tiempo, en
algunos países pobres perduran modelos culturales y normas sociales de
comportamiento que frenan el proceso de desarrollo.
23. Hoy, muchas áreas del planeta se han desarrollado, aunque de modo
problemático y desigual, entrando a formar parte del grupo de las grandes
potencias destinado a jugar un papel importante en el futuro. Pero se ha de
subrayar que no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y
tecnológico. El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. El
salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la
problemática compleja de la promoción del hombre, ni en los países protagonistas
de estos adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en los
que todavía son pobres, los cuales pueden sufrir, además de antiguas formas de
explotación, las consecuencias negativas que se derivan de un crecimiento
marcado por desviaciones y desequilibrios.
Tras el derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los países
comunistas de Europa Oriental y el fin de los llamados «bloques contrapuestos»,
hubiera sido necesario un replanteamiento total del desarrollo. Lo pidió Juan
Pablo II, quien en 1987 indicó que la existencia de estos «bloques» era una de
las principales causas del subdesarrollo[57],
pues la política sustraía recursos a la economía y a la cultura, y la ideología
inhibía la libertad. En 1991, después de los acontecimientos de 1989, pidió
también que el fin de los bloques se correspondiera con un nuevo modo de
proyectar globalmente el desarrollo, no sólo en aquellos países, sino también en
Occidente y en las partes del mundo que se estaban desarrollando[58].
Esto ha ocurrido sólo en parte, y sigue siendo un deber llevarlo a cabo, tal vez
aprovechando precisamente las medidas necesarias para superar los problemas
económicos actuales.
24. El mundo que Pablo VI tenía ante sí, aunque el proceso de socialización
estuviera ya avanzado y pudo hablar de una cuestión social que se había hecho
mundial, estaba aún mucho menos integrado que el actual. La actividad económica
y la función política se movían en gran parte dentro de los mismos confines y
podían contar, por tanto, la una con la otra. La actividad productiva tenía
lugar predominantemente en los ámbitos nacionales y las inversiones financieras
circulaban de forma bastante limitada con el extranjero, de manera que la
política de muchos estados podía fijar todavía las prioridades de la economía y,
de algún modo, gobernar su curso con los instrumentos que tenía a su disposición.
Por este motivo, la Populorum progressio asignó un papel central, aunque no exclusivo, a los «poderes públicos»[59].
En nuestra época, el Estado se encuentra con el deber de afrontar las
limitaciones que pone a su soberanía el nuevo contexto económico-comercial y
financiero internacional, caracterizado también por una creciente movilidad de
los capitales financieros y los medios de producción materiales e inmateriales.
Este nuevo contexto ha modificado el poder político de los estados.
Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica
actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven llamados
directamente a corregir errores y disfunciones, parece más realista una renovada
valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados y
revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo
actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor
ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas
formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar
a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad civil; en este
sentido, es de desear que haya mayor atención y participación en la res
publica por parte de los ciudadanos.
25. Desde el punto de vista social, a los sistemas de protección y previsión,
ya existentes en tiempos de Pablo VI en muchos países, les cuesta trabajo, y les
costará todavía más en el futuro, lograr sus objetivos de verdadera justicia
social dentro de un cuadro de fuerzas profundamente transformado. El mercado, al
hacerse global, ha estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas
en las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir los precios
de muchos bienes, aumentar el poder de adquisición y acelerar por tanto el
índice de crecimiento, centrado en un mayor consumo en el propio mercado
interior. Consiguientemente, el mercado ha estimulado nuevas formas de
competencia entre los estados con el fin de atraer centros productivos de
empresas extranjeras, adoptando diversas medidas, como una fiscalidad favorable
y la falta de reglamentación del mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a
la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de
mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los
derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para
la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de
seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los
países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde
hace tiempo. En este punto, las políticas de balance, con los recortes al gasto
social, con frecuencia promovidos también por las instituciones financieras
internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos
y nuevos; dicha impotencia aumenta por la falta de protección eficaz por parte
de las asociaciones de los trabajadores. El conjunto de los cambios sociales y
económicos hace que las organizaciones sindicales tengan mayores
dificultades para desarrollar su tarea de representación de los intereses de los
trabajadores, también porque los gobiernos, por razones de utilidad económica,
limitan a menudo las libertades sindicales o la capacidad de negociación de los
sindicatos mismos. Las redes de solidaridad tradicionales se ven obligadas a
superar mayores obstáculos. Por tanto, la invitación de la doctrina social de la
Iglesia, empezando por la Rerum novarum[60],
a dar vida a asociaciones de trabajadores para defender sus propios derechos ha
de ser respetada, hoy más que ayer, dando ante todo una respuesta pronta y de
altas miras a la urgencia de establecer nuevas sinergias en el ámbito
internacional y local.
La movilidad laboral, asociada a la desregulación generalizada, ha
sido un fenómeno importante, no exento de aspectos positivos porque estimula la
producción de nueva riqueza y el intercambio entre culturas diferentes. Sin
embargo, cuando la incertidumbre sobre las condiciones de trabajo a causa de la
movilidad y la desregulación se hace endémica, surgen formas de inestabilidad
psicológica, de dificultad para abrirse caminos coherentes en la vida,
incluido el del matrimonio. Como consecuencia, se producen situaciones de
deterioro humano y de desperdicio social. Respecto a lo que sucedía en la
sociedad industrial del pasado, el paro provoca hoy nuevas formas de
irrelevancia económica, y la actual crisis sólo puede empeorar dicha situación.
El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la
asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y
sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y
espiritual. Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se
ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona
en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la
vida económico-social»[61].
26. En el plano cultural, las diferencias son aún más acusadas que en la
época de Pablo VI. Entonces, las culturas estaban generalmente bien definidas y
tenían más posibilidades de defenderse ante los intentos de hacerlas homogéneas.
Hoy, las posibilidades de interacción entre las culturas han aumentado
notablemente, dando lugar a nuevas perspectivas de diálogo intercultural, un
diálogo que, para ser eficaz, ha de tener como punto de partida una toma de
conciencia de la identidad específica de los diversos interlocutores. Pero no se
ha de olvidar que la progresiva mercantilización de los intercambios culturales
aumenta hoy un doble riesgo. Se nota, en primer lugar, un eclecticismo
cultural asumido con frecuencia de manera acrítica: se piensa en las
culturas como superpuestas unas a otras, sustancialmente equivalentes e
intercambiables. Eso induce a caer en un relativismo que en nada ayuda al
verdadero diálogo intercultural; en el plano social, el relativismo cultural
provoca que los grupos culturales estén juntos o convivan, pero separados, sin
diálogo auténtico y, por lo tanto, sin verdadera integración. Existe, en segundo
lugar, el peligro opuesto de rebajar la cultura y homologar los
comportamientos y estilos de vida. De este modo, se pierde el sentido profundo
de la cultura de las diferentes naciones, de las tradiciones de los diversos
pueblos, en cuyo marco la persona se enfrenta a las cuestiones fundamentales de
la existencia[62]. El eclecticismo
y el bajo nivel cultural coinciden en separar la cultura de la naturaleza
humana. Así, las culturas ya no saben encontrar su lugar en una naturaleza que
las transciende[63],
terminando por reducir al hombre a mero dato cultural. Cuando esto ocurre, la
humanidad corre nuevos riesgos de sometimiento y manipulación.
27. En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema
inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa
todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente
sentarse a la mesa del rico epulón, como en cambio Pablo VI deseaba[64]. Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt 25,35.37.42) es un
imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de su
Fundador, el Señor Jesús, sobre la solidaridad y el compartir. Además, en la era
de la globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha convertido también en
una meta que se ha de lograr para salvaguardar la paz y la estabilidad del
planeta. El hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la
insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo
institucional. Es decir, falta un sistema de instituciones económicas capaces,
tanto de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y
adecuada desde el punto de vista nutricional, como de afrontar las exigencias
relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias de crisis
alimentarias reales, provocadas por causas naturales o por la
irresponsabilidad política nacional e internacional. El problema de la
inseguridad alimentaria debe ser planteado en una perspectiva de largo plazo,
eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo
agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras
rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los mercados, formación
y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo
los recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan obtener
preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su sostenibilidad
a largo plazo. Todo eso ha de llevarse a cabo implicando a las comunidades
locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo. En esta
perspectiva, podría ser útil tener en cuenta las nuevas fronteras que se han
abierto en el empleo correcto de las técnicas de producción agrícola tradicional,
así como las más innovadoras, en el caso de que éstas hayan sido reconocidas,
tras una adecuada verificación, convenientes, respetuosas del ambiente y atentas
a las poblaciones más desfavorecidas. Al mismo tiempo, no se debería descuidar
la cuestión de una reforma agraria ecuánime en los países en desarrollo. El
derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante para conseguir
otros derechos, comenzando ante todo por el derecho primario a la vida. Por
tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria que considere la
alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres
humanos, sin distinciones ni discriminaciones[65].
Es importante destacar, además, que la vía solidaria hacia el desarrollo de los
países pobres puede ser un proyecto de solución de la crisis global actual, como
lo han intuido en los últimos tiempos hombres políticos y responsables de
instituciones internacionales. Apoyando a los países económicamente pobres
mediante planes de financiación inspirados en la solidaridad, con el fin de que
ellos mismos puedan satisfacer las necesidades de bienes de consumo y desarrollo
de los propios ciudadanos, no sólo se puede producir un verdadero crecimiento
económico, sino que se puede contribuir también a sostener la capacidad
productiva de los países ricos, que corre peligro de quedar comprometida por la
crisis.
28. Uno de los aspectos más destacados del desarrollo actual es la
importancia del tema del respeto a la vida, que en modo alguno puede
separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos. Es un
aspecto que últimamente está asumiendo cada vez mayor relieve, obligándonos a
ampliar el concepto de pobreza [66] y de subdesarrollo a los problemas vinculados con la
acogida de la vida, sobre todo donde ésta se ve impedida de diversas formas.
La situación de pobreza no sólo provoca todavía en muchas zonas un alto
índice de mortalidad infantil, sino que en varias partes del mundo persisten
prácticas de control demográfico por parte de los gobiernos, que con frecuencia
difunden la contracepción y llegan incluso a imponer también el aborto. En los
países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida
están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis,
contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas veces se trata
de transmitir también a otros estados como si fuera un progreso cultural.
Algunas organizaciones no gubernamentales, además, difunden el aborto,
promoviendo a veces en los países pobres la adopción de la práctica de la
esterilización, incluso en mujeres a quienes no se pide su consentimiento. Por
añadidura, existe la sospecha fundada de que, en ocasiones, las ayudas al
desarrollo se condicionan a determinadas políticas sanitarias que implican de
hecho la imposición de un fuerte control de la natalidad. Preocupan también
tanto las legislaciones que aceptan la eutanasia como las presiones de grupos
nacionales e internacionales que reivindican su reconocimiento jurídico.
La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo.
Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida,
acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en
el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal
y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de
acogida provechosas para la vida social[67].
La acogida de la vida forja las energías morales y capacita para la ayuda
recíproca. Fomentando la apertura a la vida, los pueblos ricos pueden comprender
mejor las necesidades de los que son pobres, evitar el empleo de ingentes
recursos económicos e intelectuales para satisfacer deseos egoístas entre los
propios ciudadanos y promover, por el contrario, buenas actuaciones en la
perspectiva de una producción moralmente sana y solidaria, en el respeto del
derecho fundamental de cada pueblo y cada persona a la vida.
29. Hay otro aspecto de la vida de hoy, muy estrechamente unido con el
desarrollo: la negación del derecho a la libertad religiosa. No me
refiero sólo a las luchas y conflictos que todavía se producen en el mundo por
motivos religiosos, aunque a veces la religión sea solamente una cobertura para
razones de otro tipo, como el afán de poder y riqueza. En efecto, hoy se mata
frecuentemente en el nombre sagrado de Dios, como muchas veces ha manifestado y
deplorado públicamente mi predecesor Juan Pablo II y yo mismo[68].
La violencia frena el desarrollo auténtico e impide la evolución de los pueblos
hacia un mayor bienestar socioeconómico y espiritual. Esto ocurre especialmente
con el terrorismo de inspiración fundamentalista[69],
que causa dolor, devastación y muerte, bloquea el diálogo entre las naciones y
desvía grandes recursos de su empleo pacífico y civil. No obstante, se ha de
añadir que, además del fanatismo religioso que impide el ejercicio del derecho a
la libertad de religión en algunos ambientes, también la promoción programada de
la indiferencia religiosa o del ateísmo práctico por parte de muchos países
contrasta con las necesidades del desarrollo de los pueblos, sustrayéndoles
bienes espirituales y humanos. Dios es el garante del verdadero desarrollo
del hombre en cuanto, habiéndolo creado a su imagen, funda también su
dignidad trascendente y alimenta su anhelo constitutivo de «ser más». El ser
humano no es un átomo perdido en un universo casual[70],
sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que
ha amado desde siempre. Si el hombre fuera fruto sólo del azar o la necesidad, o
si tuviera que reducir sus aspiraciones al horizonte angosto de las situaciones
en que vive, si todo fuera únicamente historia y cultura, y el hombre no tuviera
una naturaleza destinada a transcenderse en una vida sobrenatural, podría
hablarse de incremento o de evolución, pero no de desarrollo. Cuando el Estado
promueve, enseña, o incluso impone formas de ateísmo práctico, priva a sus
ciudadanos de la fuerza moral y espiritual indispensable para comprometerse en
el desarrollo humano integral y les impide avanzar con renovado dinamismo en su
compromiso en favor de una respuesta humana más generosa al amor divino[71].
Y también se da el caso de que países económicamente desarrollados o emergentes
exporten a los países pobres, en el contexto de sus relaciones culturales,
comerciales y políticas, esta visión restringida de la persona y su destino.
Éste es el daño que el «superdesarrollo»[72] produce al desarrollo auténtico, cuando va acompañado por el «subdesarrollo
moral»[73].
30. En esta línea, el tema del desarrollo humano integral adquiere un alcance
aún más complejo: la correlación entre sus múltiples elementos exige un esfuerzo
para que los diferentes ámbitos del saber humano sean interactivos, con
vistas a la promoción de un verdadero desarrollo de los pueblos. Con frecuencia,
se cree que basta aplicar el desarrollo o las medidas socioeconómicas
correspondientes mediante una actuación común. Sin embargo, este actuar común
necesita ser orientado, porque «toda acción social implica una doctrina»[74].
Teniendo en cuenta la complejidad de los problemas, es obvio que las diferentes
disciplinas deben colaborar en una interdisciplinariedad ordenada. La caridad no
excluye el saber, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El
saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a
cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al
hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser
«sazonado» con la «sal» de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el
saber es estéril sin el amor. En efecto, «el que está animado de una verdadera
caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria, para encontrar los
medios de combatirla, para vencerla con intrepidez»[75].
Al afrontar los fenómenos que tenemos delante, la caridad en la verdad exige
ante todo conocer y entender, conscientes y respetuosos de la competencia
específica de cada ámbito del saber. La caridad no es una añadidura posterior,
casi como un apéndice al trabajo ya concluido de las diferentes disciplinas,
sino que dialoga con ellas desde el principio. Las exigencias del amor no
contradicen las de la razón. El saber humano es insuficiente y las conclusiones
de las ciencias no podrán indicar por sí solas la vía hacia el desarrollo
integral del hombre. Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la caridad en
la verdad[76].
Pero ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de la razón, ni
contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor.
31. Esto significa que la valoración moral y la investigación científica
deben crecer juntas, y que la caridad ha de animarlas en un conjunto
interdisciplinar armónico, hecho de unidad y distinción. La doctrina social de
la Iglesia, que tiene «una importante dimensión interdisciplinar»[77],
puede desempeñar en esta perspectiva una función de eficacia extraordinaria.
Permite a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su
lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre. La doctrina social de
la Iglesia ejerce especialmente en esto su dimensión sapiencial. Pablo VI vio
con claridad que una de las causas del subdesarrollo es una falta de sabiduría,
de reflexión, de pensamiento capaz de elaborar una síntesis orientadora[78],
y que requiere «una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales,
culturales y espirituales»[79]. La
excesiva sectorización del saber[80],
el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica[81],
las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo dañan el
desarrollo del saber, sino también el desarrollo de los pueblos, pues, cuando
eso ocurre, se obstaculiza la visión de todo el bien del hombre en las
diferentes dimensiones que lo caracterizan. Es indispensable «ampliar nuestro
concepto de razón y de su uso»[82] para conseguir ponderar adecuadamente todos los términos de la cuestión del
desarrollo y de la solución de los problemas socioeconómicos.
32. Las grandes novedades que presenta hoy el cuadro del desarrollo de los
pueblos plantean en muchos casos la exigencia de nuevas soluciones. Éstas
han de buscarse, a la vez, en el respeto de las leyes propias de cada cosa y a
la luz de una visión integral del hombre que refleje los diversos aspectos de la
persona humana, considerada con la mirada purificada por la caridad. Así se
descubrirán singulares convergencias y posibilidades concretas de solución, sin
renunciar a ningún componente fundamental de la vida humana.
La dignidad de la persona y las exigencias de la justicia requieren, sobre
todo hoy, que las opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y
moralmente inaceptable las desigualdades [83] y que se siga
buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de
todos, o lo mantengan. Pensándolo bien, esto es también una exigencia de la
«razón económica». El aumento sistémico de las desigualdades entre grupos
sociales dentro de un mismo país y entre las poblaciones de los diferentes
países, es decir, el aumento masivo de la pobreza relativa, no sólo tiende a
erosionar la cohesión social y, de este modo, poner en peligro la democracia,
sino que tiene también un impacto negativo en el plano económico por el
progresivo desgaste del «capital social», es decir, del conjunto de relaciones
de confianza, fiabilidad y respeto de las normas, que son indispensables en toda
convivencia civil.
La ciencia económica nos dice también que una situación de inseguridad
estructural da origen a actitudes antiproductivas y al derroche de recursos
humanos, en cuanto que el trabajador tiende a adaptarse pasivamente a los
mecanismos automáticos, en vez de dar espacio a la creatividad. También sobre
este punto hay una convergencia entre ciencia económica y valoración moral. Los costes humanos son siempre también costes económicos y las disfunciones
económicas comportan igualmente costes humanos.
Además, se ha de recordar que rebajar las culturas a la dimensión
tecnológica, aunque puede favorecer la obtención de beneficios a corto plazo, a
la larga obstaculiza el enriquecimiento mutuo y las dinámicas de colaboración.
Es importante distinguir entre consideraciones económicas o sociológicas a corto
y largo plazo. Reducir el nivel de tutela de los derechos de los trabajadores y
renunciar a mecanismos de redistribución del rédito con el fin de que el país
adquiera mayor competitividad internacional, impiden consolidar un desarrollo
duradero. Por tanto, se han de valorar cuidadosamente las consecuencias que
tienen sobre las personas las tendencias actuales hacia una economía de corto, a
veces brevísimo plazo. Esto exige «una nueva y más profunda reflexión sobre
el sentido de la economía y de sus fines»[84],
además de una honda revisión con amplitud de miras del modelo de desarrollo,
para corregir sus disfunciones y desviaciones. Lo exige, en realidad, el estado
de salud ecológica del planeta; lo requiere sobre todo la crisis cultural y
moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes en todas las partes del mundo
desde hace tiempo.
33. Más de cuarenta años después de la Populorum progressio, su
argumento de fondo, el progreso, sigue siendo aún un problema abierto,
que se ha hecho más agudo y perentorio por la crisis económico-financiera que se
está produciendo. Aunque algunas zonas del planeta que sufrían la pobreza han
experimentado cambios notables en términos de crecimiento económico y
participación en la producción mundial, otras viven todavía en una situación de
miseria comparable a la que había en tiempos de Pablo VI y, en algún caso, puede
decirse que peor. Es significativo que algunas causas de esta situación fueran
ya señaladas en la Populorum progressio, como por ejemplo, los altos
aranceles aduaneros impuestos por los países económicamente desarrollados, que
todavía impiden a los productos procedentes de los países pobres llegar a los
mercados de los países ricos. En cambio, otras causas que la Encíclica sólo
esbozó, han adquirido después mayor relieve. Este es el caso de la valoración
del proceso de descolonización, por entonces en pleno auge. Pablo VI deseaba un
itinerario autónomo que se recorriera en paz y libertad. Después de más de
cuarenta años, hemos de reconocer lo difícil que ha sido este recorrido, tanto
por nuevas formas de colonialismo y dependencia de antiguos y nuevos países
hegemónicos, como por graves irresponsabilidades internas en los propios países
que se han independizado.
La novedad principal ha sido el estallido de la interdependencia
planetaria, ya comúnmente llamada globalización. Pablo VI lo había previsto
parcialmente, pero es sorprendente el alcance y la impetuosidad de su auge.
Surgido en los países económicamente desarrollados, este proceso ha implicado
por su naturaleza a todas las economías. Ha sido el motor principal para que
regiones enteras superaran el subdesarrollo y es, de por sí, una gran
oportunidad. Sin embargo, sin la guía de la caridad en la verdad, este impulso
planetario puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora desconocidos y
nuevas divisiones en la familia humana. Por eso, la caridad y la verdad nos
plantean un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy vasto y complejo. Se
trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y orientar estas
nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa
«civilización del amor», de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y
en cada cultura.
FRATERNIDAD,
DESARROLLO
ECONÓMICO
Y SOCIEDAD CIVIL
34. La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente
experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque
frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que
antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el
don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el
hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de
su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí
mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los
orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la
realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos
sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una
naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de
la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres»[85].
Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se
manifiestan los efectos perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen una
prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal
de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con
formas inmanentes de bienestar material y de actuación social. Además, la
exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias»
de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos
incluso de manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han
desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la
libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso,
no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían. Como he afirmado en
la Encíclica Spe salvi, se elimina así de la historia la esperanza
cristiana[86], que no obstante
es un poderoso recurso social al servicio del desarrollo humano integral, en la
libertad y en la justicia. La esperanza sostiene a la razón y le da fuerza para
orientar la voluntad[87]. Está ya
presente en la fe, que la suscita. La caridad en la verdad se nutre de ella y,
al mismo tiempo, la manifiesta. Al ser un don absolutamente gratuito de Dios,
irrumpe en nuestra vida como algo que no es debido, que trasciende toda ley de
justicia. Por su naturaleza, el don supera el mérito, su norma es sobreabundar.
Nos precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de Dios en
nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La verdad que, como la caridad
es don, nos supera, como enseña San Agustín[88].
Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia personal, ante todo, nos
ha sido «dada». En efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es
producida por nosotros, sino que se encuentra o, mejor aún, se recibe. Como el
amor, «no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se
impone al ser humano»[89].
Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que
funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o
confines. La comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero
nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna
ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La
unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace
de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva,
hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia ni
se yuxtapone a ella como un añadido externo en un segundo momento y, por otro,
que el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser
auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como
expresión de fraternidad.
35. Si hay confianza recíproca y generalizada, el mercado es la
institución económica que permite el encuentro entre las personas, como agentes
económicos que utilizan el contrato como norma de sus relaciones y que
intercambian bienes y servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y
deseos. El mercado está sujeto a los principios de la llamada justicia
conmutativa, que regula precisamente la relación entre dar y recibir entre
iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la
importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y
político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se
desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige únicamente por el principio de la
equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la
cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas
de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente
su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y
esta pérdida de confianza es algo realmente grave.
Pablo VI subraya oportunamente en la Populorum progressio que el sistema económico mismo se habría aventajado con la práctica generalizada
de la justicia, pues los primeros beneficiarios del desarrollo de los países
pobres hubieran sido los países ricos[90].
No se trata sólo de remediar el mal funcionamiento con las ayudas. No se debe
considerar a los pobres como un «fardo»[91],
sino como una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente económico.
No obstante, se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la
economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de
subdesarrollo para funcionar mejor. Al mercado le interesa promover la
emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo, porque no puede producir lo
que está fuera de su alcance. Ha de sacar fuerzas morales de otras instancias
que sean capaces de generarlas.
36. La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales
ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la
consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la
comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión
económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción
política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la
redistribución, es causa de graves desequilibrios.
La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse
antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el
más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado,
pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las
relaciones auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en
sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta
ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que el mercado no
existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo
concretan y condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al ser
instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo
referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por
sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón
oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se deben hacer
reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y a su
responsabilidad personal y social.
La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones
auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de
reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o
«después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano
o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque
es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente.
El gran desafío que tenemos, planteado por las dificultades del desarrollo en
este tiempo de globalización y agravado por la crisis económico-financiera
actual, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos,
que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la
ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que
en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la
lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio
en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el
momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la
caridad y de la verdad al mismo tiempo.
37. La doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia
afecta a todas las fases de la actividad económica, porque en todo momento
tiene que ver con el hombre y con sus derechos. La obtención de recursos, la
financiación, la producción, el consumo y todas las fases del proceso económico
tienen ineludiblemente implicaciones morales. Así, toda decisión económica
tiene consecuencias de carácter moral. Lo confirman las ciencias sociales y
las tendencias de la economía contemporánea. Hace algún tiempo, tal vez se
podía confiar primero a la economía la producción de riqueza y asignar después a
la política la tarea de su distribución. Hoy resulta más difícil, dado que las
actividades económicas no se limitan a territorios definidos, mientras que las
autoridades gubernativas siguen siendo sobre todo locales. Además, las normas de
justicia deben ser respetadas desde el principio y durante el proceso económico,
y no sólo después o colateralmente. Para eso es necesario que en el mercado se
dé cabida a actividades económicas de sujetos que optan libremente por ejercer
su gestión movidos por principios distintos al del mero beneficio, sin renunciar
por ello a producir valor económico. Muchos planteamientos económicos
provenientes de iniciativas religiosas y laicas demuestran que esto es realmente
posible.
En la época de la globalización, la economía refleja modelos competitivos
vinculados a culturas muy diversas entre sí. El comportamiento económico y
empresarial que se desprende tiene en común principalmente el respeto de la
justicia conmutativa. Indudablemente, la vida económica tiene necesidad
del contrato para regular las relaciones de intercambio entre valores
equivalentes. Pero necesita igualmente leyes justas y formas de
redistribución guiadas por la política, además de obras caracterizadas por
el espíritu del don. La economía globalizada parece privilegiar la
primera lógica, la del intercambio contractual, pero directa o indirectamente
demuestra que necesita a las otras dos, la lógica de la política y la lógica del
don sin contrapartida.
38. En la Centesimus annus, mi predecesor Juan Pablo II señaló esta
problemática al advertir la necesidad de un sistema basado en tres instancias:
el mercado, el Estado y la sociedad civil[92].
Consideró que la sociedad civil era el ámbito más apropiado para una economía
de la gratuidad y de la fraternidad, sin negarla en los otros dos ámbitos.
Hoy podemos decir que la vida económica debe ser comprendida como una realidad
de múltiples dimensiones: en todas ellas, aunque en medida diferente y con
modalidades específicas, debe haber respeto a la reciprocidad fraterna. En la
época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la
gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la
justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes. Se trata, en
definitiva, de una forma concreta y profunda de democracia económica. La
solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos[93];
por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Mientras antes se
podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía
después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se
alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el cual
puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen
fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al
beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y
desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas
y sociales. De su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una
especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una
atención más sensible a una civilización de la economía. En este caso,
caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las
iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de
la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí
mismo.
39. Pablo VI pedía en la Populorum progressio que se llegase a un modelo de economía de mercado capaz de incluir, al menos tendencialmente, a
todos los pueblos, y no solamente a los particularmente dotados. Pedía un
compromiso para promover un mundo más humano para todos, un mundo «en donde
todos tengan que dar y recibir, sin que el progreso de los unos sea un obstáculo
para el desarrollo de los otros»[94].
Así, extendía al plano universal las mismas exigencias y aspiraciones de la Rerum novarum, escrita como consecuencia de la revolución industrial, cuando
se afirmó por primera vez la idea —seguramente avanzada para aquel tiempo— de
que el orden civil, para sostenerse, necesitaba la intervención redistributiva
del Estado. Hoy, esta visión de la Rerum novarum, además de puesta en
crisis por los procesos de apertura de los mercados y de las sociedades, se
muestra incompleta para satisfacer las exigencias de una economía plenamente
humana. Lo que la doctrina de la Iglesia ha sostenido siempre, partiendo de su
visión del hombre y de la sociedad, es necesario también hoy para las dinámicas
características de la globalización.
Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para
mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la
larga la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos, la participación, el sentido de pertenencia
y el obrar gratuitamente, que no se identifican con el «dar para tener»,
propio de la lógica de la compraventa, ni con el «dar por deber», propio de la lógica de las intervenciones públicas, que el Estado impone por
ley. La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de
las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las
estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura
progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada
por ciertos márgenes de gratuidad y comunión. El binomio exclusivo
mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía
solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se
reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no existe y las
actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el
mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco.
40. Las actuales dinámicas económicas internacionales, caracterizadas por
graves distorsiones y disfunciones, requieren también cambios profundos en el
modo de entender la empresa. Antiguas modalidades de la vida empresarial van
desapareciendo, mientras otras más prometedoras se perfilan en el horizonte. Uno
de los mayores riesgos es sin duda que la empresa responda casi exclusivamente a
las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social. Debido
a su continuo crecimiento y a la necesidad de mayores capitales, cada vez son
menos las empresas que dependen de un único empresario estable que se sienta
responsable a largo plazo, y no sólo por poco tiempo, de la vida y los
resultados de su empresa, y cada vez son menos las empresas que dependen de un
único territorio. Además, la llamada deslocalización de la actividad productiva
puede atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad respecto a los
interesados, como los trabajadores, los proveedores, los consumidores, así como
al medio ambiente y a la sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los
accionistas, que no están sujetos a un espacio concreto y gozan por tanto de una
extraordinaria movilidad. El mercado internacional de los capitales, en efecto,
ofrece hoy una gran libertad de acción. Sin embargo, también es verdad que se
está extendiendo la conciencia de la necesidad de una «responsabilidad social»
más amplia de la empresa. Aunque no todos los planteamientos éticos que guían
hoy el debate sobre la responsabilidad social de la empresa son aceptables según
la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, es cierto que se va
difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa
no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también
el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa:
trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la
comunidad de referencia. En los últimos años se ha notado el crecimiento de una
clase cosmopolita de manager, que a menudo responde sólo a las
pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos generalmente por
fondos anónimos que establecen su retribución. Pero también hay muchos managers
hoy que, con un análisis más previsor, se percatan cada vez más de los profundos
lazos de su empresa con el territorio o territorios en que desarrolla su
actividad. Pablo VI invitaba a valorar seriamente el daño que la trasferencia de
capitales al extranjero, por puro provecho personal, puede ocasionar a la propia
nación[95].
Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un significado moral,
además de económico[96]. Se ha de
reiterar que todo esto mantiene su validez en nuestros días a pesar de que el
mercado de capitales haya sido fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad
tecnológica pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y no
humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital puede hacer el bien
cuando se invierte en el extranjero en vez de en la propia patria. Pero deben
quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta también cómo se ha
formado ese capital y los perjuicios que comporta para las personas el que no se
emplee en los lugares donde se ha generado[97].
Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por
la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio
inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio
servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de
iniciativas económicas también en los países necesitados de desarrollo. Tampoco
hay motivos para negar que la deslocalización, que lleva consigo inversiones y
formación, puede hacer bien a la población del país que la recibe. El trabajo y
los conocimientos técnicos son una necesidad universal. Sin embargo, no es
lícito deslocalizar únicamente para aprovechar particulares condiciones
favorables, o peor aún, para explotar sin aportar a la sociedad local una
verdadera contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo y
social, factor imprescindible para un desarrollo estable.
41. A este respecto, es útil observar que la iniciativa empresarial tiene, y debe asumir cada vez más, un significado polivalente. El
predominio persistente del binomio mercado-Estado nos ha acostumbrado a pensar
exclusivamente en el empresario privado de tipo capitalista por un lado y en el
directivo estatal por otro. En realidad, la iniciativa empresarial se ha de
entender de modo articulado. Así lo revelan diversas motivaciones
metaeconómicas. El ser empresario, antes de tener un significado profesional,
tiene un significado humano[98].
Es propio de todo trabajo visto como «actus personae»[99] y por eso es bueno que todo trabajador tenga la posibilidad de dar la propia
aportación a su labor, de modo que él mismo «sea consciente de que está
trabajando en algo propio»[100].
Por eso, Pablo VI enseñaba que «todo trabajador es un creador»[101].
Precisamente para responder a las exigencias y a la dignidad de quien trabaja, y
a las necesidades de la sociedad, existen varios tipos de empresas, más allá de
la pura distinción entre «privado» y «público». Cada una requiere y
manifiesta una capacidad de iniciativa empresarial específica. Para realizar una
economía que en el futuro próximo sepa ponerse al servicio del bien común
nacional y mundial, es oportuno tener en cuenta este significado amplio de
iniciativa empresarial. Esta concepción más amplia favorece el intercambio y la
mutua configuración entre los diversos tipos de iniciativa empresarial, con
transvase de competencias del mundo non profit al profit y
viceversa, del público al propio de la sociedad civil, del de las economías
avanzadas al de países en vía de desarrollo.
También la autoridad política tiene un significado polivalente,
que no se puede olvidar mientras se camina hacia la consecución de un nuevo
orden económico-productivo, socialmente responsable y a medida del hombre. Al
igual que se pretende cultivar una iniciativa empresarial diferenciada en el
ámbito mundial, también se debe promover una autoridad política repartida y que
ha de actuar en diversos planos. El mercado único de nuestros días no elimina el
papel de los estados, más bien obliga a los gobiernos a una colaboración
recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar
apresuradamente la desaparición del Estado. Con relación a la solución de la
crisis actual, su papel parece destinado a crecer, recuperando muchas
competencias. Hay naciones donde la construcción o reconstrucción del Estado
sigue siendo un elemento clave para su desarrollo. La ayuda internacional,
precisamente dentro de un proyecto inspirado en la solidaridad para solucionar
los actuales problemas económicos, debería apoyar en primer lugar la
consolidación de los sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en
los países que todavía no gozan plenamente de estos bienes. Las ayudas
económicas deberían ir acompañadas de aquellas medidas destinadas a reforzar las
garantías propias de un Estado de derecho, un sistema de orden público y
de prisiones respetuoso de los derechos humanos y a consolidar instituciones
verdaderamente democráticas. No es necesario que el Estado tenga las mismas
características en todos los sitios: el fortalecimiento de los sistemas
constitucionales débiles puede ir acompañado perfectamente por el desarrollo de
otras instancias políticas no estatales, de carácter cultural, social,
territorial o religioso. Además, la articulación de la autoridad política en el
ámbito local, nacional o internacional, es uno de los cauces privilegiados para
poder orientar la globalización económica. Y también el modo de evitar que ésta
mine de hecho los fundamentos de la democracia.
42. A veces se perciben actitudes fatalistas ante la globalización,
como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e
impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana[102].
A este respecto, es bueno recordar que la globalización ha de entenderse
ciertamente como un proceso socioeconómico, pero no es ésta su única dimensión.
Tras este proceso más visible hay realmente una humanidad cada vez más
interrelacionada; hay personas y pueblos para los que el proceso debe ser de
utilidad y desarrollo[103],
gracias a que tanto los individuos como la colectividad asumen sus respectivas
responsabilidades. La superación de las fronteras no es sólo un hecho material,
sino también cultural, en sus causas y en sus efectos. Cuando se entiende la
globalización de manera determinista, se pierden los criterios para valorarla y
orientarla. Es una realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes
culturales que han de ser sometidas a un discernimiento. La verdad de la
globalización como proceso y su criterio ético fundamental vienen dados por la
unidad de la familia humana y su crecimiento en el bien. Por tanto, hay que
esforzarse incesantemente para favorecer una orientación cultural
personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de
integración planetaria.
A pesar de algunos aspectos estructurales innegables, pero que no se deben
absolutizar, «la globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo
que la gente haga de ella»[104].
Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo razonablemente,
guiados por la caridad y la verdad. Oponerse ciegamente a la globalización sería
una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene
también aspectos positivos, con el riesgo de perder una gran ocasión para
aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece. El proceso de
globalización, adecuadamente entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de
una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha visto
antes; pero, si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y la desigualdad,
contagiando además con una crisis a todo el mundo. Es necesario corregir las
disfunciones, a veces graves, que causan nuevas divisiones entre los pueblos
y en su interior, de modo que la redistribución de la riqueza no comporte una
redistribución de la pobreza, e incluso la acentúe, como podría hacernos temer
también una mala gestión de la situación actual. Durante mucho tiempo se ha
pensado que los pueblos pobres deberían permanecer anclados en un estadio de
desarrollo preestablecido o contentarse con la filantropía de los pueblos
desarrollados. Pablo VI se pronunció contra esta mentalidad en la Populorum progressio. Los recursos materiales disponibles para sacar a estos pueblos
de la miseria son hoy potencialmente mayores que antes, pero se han servido de
ellos principalmente los países desarrollados, que han podido aprovechar mejor
la liberalización de los movimientos de capitales y de trabajo. Por tanto, la
difusión de ámbitos de bienestar en el mundo no debería ser obstaculizada con
proyectos egoístas, proteccionistas o dictados por intereses particulares. En
efecto, la participación de países emergentes o en vías de desarrollo permite
hoy gestionar mejor la crisis. La transición que el proceso de globalización
comporta, conlleva grandes dificultades y peligros, que sólo se podrán superar
si se toma conciencia del espíritu antropológico y ético que en el fondo impulsa
la globalización hacia metas de humanización solidaria. Desgraciadamente, este
espíritu se ve con frecuencia marginado y entendido desde perspectivas
ético-culturales de carácter individualista y utilitarista. La globalización es
un fenómeno multidimensional y polivalente, que exige ser comprendido en la
diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la teológica. Esto
consentirá vivir y orientar la globalización de la humanidad en términos de
relacionalidad, comunión y participación.
DESARROLLO DE LOS PUEBLOS,
DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE
43. «La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es
también un deber».[105] En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a nadie, si no es a
sí mismos. Piensan que sólo son titulares de derechos y con frecuencia les
cuesta madurar en su responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y
ajeno. Por ello, es importante urgir una nueva reflexión sobre los deberes
que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo
arbitrario[106]. Hoy se da
una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos
derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las
estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos
elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la
humanidad[107]. Se aprecia con
frecuencia una relación entre la reivindicación del derecho a lo superfluo, e
incluso a la transgresión y al vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia
de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales en
ciertas regiones del mundo subdesarrollado y también en la periferia de las
grandes ciudades. Dicha relación consiste en que los derechos individuales,
desvinculados de un conjunto de deberes que les dé un sentido profundo, se
desquician y dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente ilimitada y
carente de criterios. La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los
deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco
antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así
dejan de ser arbitrarios. Por este motivo, los deberes refuerzan los derechos y
reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien.
En cambio, si los derechos del hombre se fundamentan sólo en las deliberaciones
de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento y,
consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de respetarlos y
tratar de conseguirlos. Los gobiernos y los organismos internacionales pueden
olvidar entonces la objetividad y la cualidad de «no disponibles» de los
derechos. Cuando esto sucede, se pone en peligro el verdadero desarrollo de los
pueblos[108]. Comportamientos
como éstos comprometen la autoridad moral de los organismos internacionales,
sobre todo a los ojos de los países más necesitados de desarrollo. En efecto,
éstos exigen que la comunidad internacional asuma como un deber ayudarles a ser
«artífices de su destino»[109],
es decir, a que asuman a su vez deberes. Compartir los deberes recíprocos
moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos.
44. La concepción de los derechos y de los deberes respecto al desarrollo,
debe tener también en cuenta los problemas relacionados con el crecimiento
demográfico. Es un aspecto muy importante del verdadero desarrollo, porque
afecta a los valores irrenunciables de la vida y de la familia[110].
No es correcto considerar el aumento de población como la primera causa del
subdesarrollo, incluso desde el punto de vista económico: baste pensar, por un
lado, en la notable disminución de la mortalidad infantil y el aumento de la edad media que se produce en los países económicamente desarrollados y, por
otra, en los signos de crisis que se perciben en la sociedades en las que se
constata una preocupante disminución de la natalidad. Obviamente, se ha de
seguir prestando la debida atención a una procreación responsable que, por lo
demás, es una contribución efectiva al desarrollo humano integral. La Iglesia,
que se interesa por el verdadero desarrollo del hombre, exhorta a éste a que
respete los valores humanos también en el ejercicio de la sexualidad: ésta no
puede quedar reducida a un mero hecho hedonista y lúdico, del mismo modo que la
educación sexual no se puede limitar a una instrucción técnica, con la única
preocupación de proteger a los interesados de eventuales contagios o del
«riesgo» de procrear. Esto equivaldría a empobrecer y descuidar el significado
profundo de la sexualidad, que debe ser en cambio reconocido y asumido con
responsabilidad por la persona y la comunidad. En efecto, la responsabilidad
evita tanto que se considere la sexualidad como una simple fuente de placer,
como que se regule con políticas de planificación forzada de la natalidad. En
ambos casos se trata de concepciones y políticas materialistas, en las que las
personas acaban padeciendo diversas formas de violencia. Frente a todo esto, se
debe resaltar la competencia primordial que en este campo tienen las familias[111] respecto del Estado y sus políticas restrictivas, así como una adecuada
educación de los padres.
La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y
económica. Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias también
al gran número y a la capacidad de sus habitantes. Al contrario, naciones en un
tiempo florecientes pasan ahora por una fase de incertidumbre, y en algún caso
de decadencia, precisamente a causa del bajo índice de natalidad, un problema
crucial para las sociedades de mayor bienestar. La disminución de los
nacimientos, a veces por debajo del llamado «índice de reemplazo
generacional», pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social,
aumenta los costes, merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los
recursos financieros necesarios para las inversiones, reduce la disponibilidad
de trabajadores cualificados y disminuye la reserva de «cerebros» a los que
recurrir para las necesidades de la nación. Además, las familias pequeñas, o muy
pequeñas a veces, corren el riesgo de empobrecer las relaciones sociales y de no
asegurar formas eficaces de solidaridad. Son situaciones que presentan síntomas
de escasa confianza en el futuro y de fatiga moral. Por eso, se convierte en una
necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas
generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las
exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta
perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan
la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre
un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad[112],
haciéndose cargo también de sus problemas económicos y fiscales, en el respeto
de su naturaleza relacional.
45. Responder a las exigencias morales más profundas de la persona tiene
también importantes efectos beneficiosos en el plano económico. En efecto, la
economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de
una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. Hoy se habla mucho
de ética en el campo económico, bancario y empresarial. Surgen centros de
estudio y programas formativos de business ethics; se difunde en el mundo
desarrollado el sistema de certificaciones éticas, siguiendo la línea del
movimiento de ideas nacido en torno a la responsabilidad social de la empresa.
Los bancos proponen cuentas y fondos de inversión llamados «éticos». Se
desarrolla una «finanza ética», sobre todo mediante el microcrédito y, más en
general, la microfinanciación. Dichos procesos son apreciados y merecen un
amplio apoyo. Sus efectos positivos llegan incluso a las áreas menos
desarrolladas de la tierra. Conviene, sin embargo, elaborar un criterio de
discernimiento válido, pues se nota un cierto abuso del adjetivo «ético» que,
usado de manera genérica, puede abarcar también contenidos completamente
distintos, hasta el punto de hacer pasar por éticas decisiones y opciones
contrarias a la justicia y al verdadero bien del hombre.
En efecto, mucho depende del sistema moral de referencia. Sobre este aspecto,
la doctrina social de la Iglesia ofrece una aportación específica, que se funda
en la creación del hombre «a imagen de Dios» (Gn 1,27), algo que comporta
la inviolable dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de
las normas morales naturales. Una ética económica que prescinda de estos dos
pilares correría el peligro de perder inevitablemente su propio significado y
prestarse así a ser instrumentalizada; más concretamente, correría el riesgo de
amoldarse a los sistemas económico-financieros existentes, en vez de corregir
sus disfunciones. Además, podría acabar incluso justificando la financiación de
proyectos no éticos. Es necesario, pues, no recurrir a la palabra «ética» de una
manera ideológicamente discriminatoria, dando a entender que no serían éticas
las iniciativas no etiquetadas formalmente con esa cualificación. Conviene
esforzarse —la observación aquí es esencial— no sólo para que surjan sectores o
segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la
economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino
por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este
respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad, recordando que la
economía, en todas sus ramas, es un sector de la actividad humana[113].
46. Respecto al tema de la relación entre empresa y ética, así como de
la evolución que está teniendo el sistema productivo, parece que la distinción
hasta ahora más difundida entre empresas destinadas al beneficio (profit)
y organizaciones sin ánimo de lucro (non profit) ya no refleja plenamente
la realidad, ni es capaz de orientar eficazmente el futuro. En estos últimos
decenios, ha ido surgiendo una amplia zona intermedia entre los dos tipos de
empresas. Esa zona intermedia está compuesta por empresas tradicionales que, sin
embargo, suscriben pactos de ayuda a países atrasados; por fundaciones
promovidas por empresas concretas; por grupos de empresas que tienen objetivos
de utilidad social; por el amplio mundo de agentes de la llamada economía civil
y de comunión. No se trata sólo de un «tercer sector», sino de una nueva y
amplia realidad compuesta, que implica al sector privado y público y que no
excluye el beneficio, pero lo considera instrumento para objetivos humanos y
sociales. Que estas empresas distribuyan más o menos los beneficios, o que
adopten una u otra configuración jurídica prevista por la ley, es secundario
respecto a su disponibilidad para concebir la ganancia como un instrumento para
alcanzar objetivos de humanización del mercado y de la sociedad. Es de desear
que estas nuevas formas de empresa encuentren en todos los países también un
marco jurídico y fiscal adecuado. Así, sin restar importancia y utilidad
económica y social a las formas tradicionales de empresa, hacen evolucionar el
sistema hacia una asunción más clara y plena de los deberes por parte de los
agentes económicos. Y no sólo esto. La misma pluralidad de las formas
institucionales de empresa es lo que promueve un mercado más cívico y al mismo
tiempo más competitivo.
47. La potenciación de los diversos tipos de empresas y, en particular, de
los que son capaces de concebir el beneficio como un instrumento para conseguir
objetivos de humanización del mercado y de la sociedad, hay que llevarla a cabo
incluso en países excluidos o marginados de los circuitos de la economía global,
donde es muy importante proceder con proyectos de subsidiaridad convenientemente
diseñados y gestionados, que tiendan a promover los derechos, pero previendo
siempre que se asuman también las correspondientes responsabilidades. En las iniciativas para el desarrollo debe quedar a salvo el principio de la centralidad de la persona humana, que es quien debe asumirse en primer lugar
el deber del desarrollo. Lo que interesa principalmente es la mejora de las
condiciones de vida de las personas concretas de una cierta región, para que
puedan satisfacer aquellos deberes que la indigencia no les permite observar
actualmente. La preocupación nunca puede ser una actitud abstracta. Los
programas de desarrollo, para poder adaptarse a las situaciones concretas, han
de ser flexibles; y las personas que se beneficien deben implicarse directamente
en su planificación y convertirse en protagonistas de su realización. También es
necesario aplicar los criterios de progresión y acompañamiento —incluido el
seguimiento de los resultados—, porque no hay recetas universalmente válidas.
Mucho depende de la gestión concreta de las intervenciones. «Constructores de su
propio desarrollo, los pueblos son los primeros responsables de él. Pero no lo
realizarán en el aislamiento»[114].
Hoy, con la consolidación del proceso de progresiva integración del planeta,
esta exhortación de Pablo VI es más válida todavía. Las dinámicas de inclusión
no tienen nada de mecánico. Las soluciones se han de ajustar a la vida de los
pueblos y de las personas concretas, basándose en una valoración prudencial de
cada situación. Al lado de los macroproyectos son necesarios los microproyectos
y, sobre todo, es necesaria la movilización efectiva de todos los sujetos de la
sociedad civil, tanto de las personas jurídicas como de las personas físicas.
La cooperación internacional necesita personas que participen en el
proceso del desarrollo económico y humano, mediante la solidaridad de la
presencia, el acompañamiento, la formación y el respeto. Desde este punto de
vista, los propios organismos internacionales deberían preguntarse sobre la
eficacia real de sus aparatos burocráticos y administrativos, frecuentemente
demasiado costosos. A veces, el destinatario de las ayudas resulta útil para
quien lo ayuda y, así, los pobres sirven para mantener costosos organismos
burocráticos, que destinan a la propia conservación un porcentaje demasiado
elevado de esos recursos que deberían ser destinados al desarrollo. A este
respecto, cabría desear que los organismos internacionales y las organizaciones
no gubernamentales se esforzaran por una transparencia total, informando a los
donantes y a la opinión pública sobre la proporción de los fondos recibidos que
se destina a programas de cooperación, sobre el verdadero contenido de dichos
programas y, en fin, sobre la distribución de los gastos de la institución
misma.
48. El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes que nacen
de la relación del hombre con elambiente natural. Éste es un don
de Dios para todos, y su uso representa para nosotros una responsabilidad para
con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad. Cuando se
considera la naturaleza, y en primer lugar al ser humano, fruto del azar o del
determinismo evolutivo, disminuye el sentido de la responsabilidad en las
conciencias. El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de
la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente
para satisfacer sus legítimas necesidades —materiales e inmateriales— respetando
el equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta visión, se
acaba por considerar la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por
abusar de ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la
naturaleza, fruto de la creación de Dios.
La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella
nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del
Creador (cf. Rm 1,20) y de su amor a la humanidad. Está destinada a
encontrar la «plenitud» en Cristo al final de los tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por tanto, es una «vocación»[115].
La naturaleza está a nuestra disposición no como un «montón de desechos
esparcidos al azar»,[116] sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para
que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para «guardarla y
cultivarla» (cf. Gn 2,15). Pero se ha de subrayar que es contrario al
verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona
humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo:
la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en
sentido puramente naturalista. Por otra parte, también es necesario refutar la
posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque el ambiente
natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del
Creador y que lleva en sí una «gramática» que indica finalidad y criterios
para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario. Hoy, muchos perjuicios al
desarrollo provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas.
Reducir completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos
acaba siendo fuente de violencia para con el ambiente, provocando además
conductas que no respetan la naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto se
compone no sólo de materia, sino también de espíritu, y por tanto rica de
significados y fines trascendentes, tiene un carácter normativo incluso para la
cultura. El hombre interpreta y modela el ambiente natural mediante la cultura,
la cual es orientada a su vez por la libertad responsable, atenta a los
dictámenes de la ley moral. Por tanto, los proyectos para un desarrollo humano
integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de
caracterizarse por la solidaridad y lajusticia intergeneracional,
teniendo en cuenta múltiples aspectos, como el ecológico, el jurídico, el
económico, el político y el cultural[117].
49. Hoy, las cuestiones relacionadas con el cuidado y salvaguardia del
ambiente han de tener debidamente en cuenta los problemas energéticos. En
efecto, el acaparamiento por parte de algunos estados, grupos de poder y
empresas de recursos energéticos no renovables, es un grave obstáculo para el
desarrollo de los países pobres. Éstos no tienen medios económicos ni para
acceder a las fuentes energéticas no renovables ya existentes ni para financiar
la búsqueda de fuentes nuevas y alternativas. La acumulación de recursos
naturales, que en muchos casos se encuentran precisamente en países pobres,
causa explotación y conflictos frecuentes entre las naciones y en su interior.
Dichos conflictos se producen con frecuencia precisamente en el territorio de
esos países, con graves consecuencias de muertes, destrucción y mayor
degradación aún. La comunidad internacional tiene el deber imprescindible de
encontrar los modos institucionales para ordenar el aprovechamiento de los
recursos no renovables, con la participación también de los países pobres, y
planificar así conjuntamente el futuro.
En este sentido, hay también una urgente necesidad moral de una renovada
solidaridad, especialmente en las relaciones entre países en vías de
desarrollo y países altamente industrializados[118].
Las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir el propio
gasto energético, bien porque las actividades manufactureras evolucionan, bien
porque entre sus ciudadanos se difunde una mayor sensibilidad ecológica. Además,
se debe añadir que hoy se puede mejorar la eficacia energética y al mismo tiempo
progresar en la búsqueda de energías alternativas. Pero es también necesaria una
redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que también los
países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su destino no puede dejarse en
manos del primero que llega o depender de la lógica del más fuerte. Se trata de
problemas relevantes que, para ser afrontados de manera adecuada, requieren por
parte de todos una responsable toma de conciencia de las consecuencias que
afectarán a las nuevas generaciones, y sobre todo a los numerosos jóvenes que
viven en los pueblos pobres, los cuales «reclaman tener su parte activa en la
construcción de un mundo mejor»[119].
50. Esta responsabilidad es global, porque no concierne sólo a la energía,
sino a toda la creación, para no dejarla a las nuevas generaciones empobrecida
en sus recursos. Es lícito que el hombre gobierne responsablemente la
naturaleza para custodiarla, hacerla productiva y cultivarla también con
métodos nuevos y tecnologías avanzadas, de modo que pueda acoger y alimentar
dignamente a la población que la habita. En nuestra tierra hay lugar para todos:
en ella toda la familia humana debe encontrar los recursos necesarios para vivir
dignamente, con la ayuda de la naturaleza misma, don de Dios a sus hijos, con el
tesón del propio trabajo y de la propia inventiva. Pero debemos considerar un
deber muy grave el dejar la tierra a las nuevas generaciones en un estado en el
que puedan habitarla dignamente y seguir cultivándola. Eso comporta «el
compromiso de decidir juntos después de haber ponderado responsablemente la vía
a seguir, con el objetivo de fortalecer esa alianza entre ser humano y medio
ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos
y hacia el cual caminamos»[120].
Es de desear que la comunidad internacional y cada gobierno sepan contrarrestar
eficazmente los modos de utilizar el ambiente que le sean nocivos. Y también las
autoridades competentes han de hacer los esfuerzos necesarios para que los
costes económicos y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales
comunes se reconozcan de manera transparente y sean sufragados totalmente por
aquellos que se benefician, y no por otros o por las futuras generaciones. La
protección del entorno, de los recursos y del clima requiere que todos los
responsables internacionales actúen conjuntamente y demuestren prontitud para
obrar de buena fe, en el respeto de la ley y la solidaridad con las regiones más
débiles del planeta[121].
Una de las mayores tareas de la economía es precisamente el uso más eficaz de
los recursos, no el abuso, teniendo siempre presente que el concepto de
eficiencia no es axiológicamente neutral.
51. El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que
se trata a sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad actual revise
seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al
hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan[122].
Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos
estilos de vida, «a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de
la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un
crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de
los ahorros y de las inversiones»[123].
Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales,
así como la degradación ambiental, a su vez, provoca insatisfacción en las
relaciones sociales. La naturaleza, especialmente en nuestra época, está tan
integrada en la dinámica social y cultural que prácticamente ya no constituye
una variable independiente. La desertización y el empobrecimiento productivo de
algunas áreas agrícolas son también fruto del empobrecimiento de sus habitantes
y de su atraso. Cuando se promueve el desarrollo económico y cultural de estas
poblaciones, se tutela también la naturaleza. Además, muchos recursos naturales
quedan devastados con las guerras. La paz de los pueblos y entre los pueblos
permitiría también una mayor salvaguardia de la naturaleza. El acaparamiento de
los recursos, especialmente del agua, puede provocar graves conflictos entre las
poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico sobre el uso de los recursos puede
salvaguardar la naturaleza y, al mismo tiempo, el bienestar de las sociedades
interesadas.
La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe
hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua
y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre
todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una
especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la
naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia
humana: cuando se respeta la «ecología humana»[124] en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las
virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una
pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya
en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena
relación con la naturaleza.
Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o
desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada.
Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad
moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la
muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el
nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la
conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la
ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el
respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a
respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en
lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las
relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes
que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la
persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden
exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la
praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la
sociedad.
52. La verdad, y el amor que ella desvela, no se pueden producir, sólo se
pueden acoger. Su última fuente no es, ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea
Aquel que es Verdad y Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y
para el desarrollo, en cuanto que ni la Verdad ni el Amor pueden ser sólo
productos humanos; la vocación misma al desarrollo de las personas y de los
pueblos no se fundamenta en una simple deliberación humana, sino que está
inscrita en un plano que nos precede y que para todos nosotros es un deber que
ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede y constituye —el Amor y la
Verdad subsistentes— nos indica qué es el bien y en qué consiste nuestra
felicidad. Nos señala así el camino hacia el verdadero desarrollo.
53. Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la
soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales,
nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar. Con
frecuencia, son provocadas por el rechazo del amor de Dios, por una tragedia
original de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien
un mero hecho insignificante y pasajero, un «extranjero» en un universo que se
ha formado por casualidad. El hombre está alienado cuando vive solo o se aleja
de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un Fundamento[125].
Toda la humanidad está alienada cuando se entrega a proyectos exclusivamente
humanos, a ideologías y utopías falsas[126].
Hoy la humanidad aparece mucho más interactiva que antes: esa mayor vecindad
debe transformarse en verdadera comunión. El desarrollo de los pueblos
depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia, que
colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no viven
simplemente uno junto al otro[127].
Pablo VI señalaba que «el mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas»[128].
La afirmación contiene una constatación, pero sobre todo una aspiración: es
preciso un nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica
ser una familia; la interacción entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese
impulso, para que la integración se desarrolle bajo el signo de la solidaridad[129] en vez del de la marginación. Dicho pensamiento obliga a una profundización
crítica y valorativa de la categoría de la relación. Es un compromiso que no
puede llevarse a cabo sólo con las ciencias sociales, dado que requiere la
aportación de saberes como la metafísica y la teología, para captar con claridad
la dignidad trascendente del hombre.
La criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las
relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más
madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no
aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios. Por tanto, la
importancia de dichas relaciones es fundamental. Esto vale también para los
pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil para su desarrollo una visión
metafísica de la relación entre las personas. A este respecto, la razón
encuentra inspiración y orientación en la revelación cristiana, según la cual la
comunidad de los hombres no absorbe en sí a la persona anulando su autonomía,
como ocurre en las diversas formas del totalitarismo, sino que la valoriza más
aún porque la relación entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro
todo[130].
De la misma manera que la comunidad familiar no anula en su seno a las personas
que la componen, y la Iglesia misma valora plenamente la «criatura nueva» (Ga 6,15; 2 Co 5,17), que por el bautismo se inserta en su
Cuerpo vivo, así también la unidad de la familia humana no anula de por sí a las
personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace más transparentes los
unos con los otros, más unidos en su legítima diversidad.
54. El tema del desarrollo coincide con el de la inclusión relacional de
todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia
humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores
fundamentales de la justicia y la paz. Esta perspectiva se ve iluminada de
manera decisiva por la relación entre las Personas de la Trinidad en la única
Sustancia divina. La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas
divinas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas
divinas es plena y el vínculo de una con otra total, porque constituyen una
absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere también asociar a esa realidad de
comunión: «para que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La
Iglesia es signo e instrumento de esta unidad[131].
También las relaciones entre los hombres a lo largo de la historia se han
beneficiado de la referencia a este Modelo divino. En particular, a la luz
del misterio revelado de la Trinidad, se comprende que la verdadera apertura
no significa dispersión centrífuga, sino compenetración profunda. Esto se
manifiesta también en las experiencias humanas comunes del amor y de la verdad.
Como el amor sacramental une a los esposos espiritualmente en «una sola carne»
(Gn 2,24; Mt 19,5; Ef 5,31), y de dos que eran hace de
ellos una unidad relacional y real, de manera análoga la verdad une los
espíritus entre sí y los hace pensar al unísono, atrayéndolos y uniéndolos en
ella.
55. La revelación cristiana sobre la unidad del género humano presupone una interpretación metafísica delhumanum, en la que la relacionalidad es
elemento esencial. También otras culturas y otras religiones enseñan la
fraternidad y la paz y, por tanto, son de gran importancia para el desarrollo
humano integral. Sin embargo, no faltan actitudes religiosas y culturales en las
que no se asume plenamente el principio del amor y de la verdad, terminando así
por frenar el verdadero desarrollo humano e incluso por impedirlo. El mundo de
hoy está siendo atravesado por algunas culturas de trasfondo religioso, que no
llevan al hombre a la comunión, sino que lo aíslan en la búsqueda del bienestar
individual, limitándose a gratificar las expectativas psicológicas. También una
cierta proliferación de itinerarios religiosos de pequeños grupos, e incluso de
personas individuales, así como el sincretismo religioso, pueden ser factores de
dispersión y de falta de compromiso. Un posible efecto negativo del proceso de
globalización es la tendencia a favorecer dicho sincretismo[132],
alimentando formas de «religión» que alejan a las personas unas de otras, en
vez de hacer que se encuentren, y las apartan de la realidad. Al mismo tiempo,
persisten a veces parcelas culturales y religiosas que encasillan la sociedad en
castas sociales estáticas, en creencias mágicas que no respetan la dignidad de
la persona, en actitudes de sumisión a fuerzas ocultas. En esos contextos, el
amor y la verdad encuentran dificultad para afianzarse, perjudicando el
auténtico desarrollo.
Por este motivo, aunque es verdad que, por un lado, el desarrollo necesita de
las religiones y de las culturas de los diversos pueblos, por otro lado, sigue
siendo verdad también que es necesario un adecuado discernimiento. La libertad
religiosa no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas las
religiones sean iguales[133]. El
discernimiento sobre la contribución de las culturas y de las religiones es
necesario para la construcción de la comunidad social en el respeto del bien
común, sobre todo para quien ejerce el poder político. Dicho discernimiento
deberá basarse en el criterio de la caridad y de la verdad. Puesto que está en
juego el desarrollo de las personas y de los pueblos, tendrá en cuenta la
posibilidad de emancipación y de inclusión en la óptica de una comunidad humana
verdaderamente universal. El criterio para evaluar las culturas y las religiones
es también «todo el hombre y todos los hombres». El cristianismo, religión del
«Dios que tiene un rostro humano»[134],
lleva en sí mismo un criterio similar.
56. La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al
desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con
específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en
particular, política. La doctrina social de la Iglesia ha nacido para
reivindicar esa «carta de ciudadanía»[135] de la religión cristiana. La negación del derecho a profesar públicamente la
propia religión y a trabajar para que las verdades de la fe inspiren también la
vida pública, tiene consecuencias negativas sobre el verdadero desarrollo. La
exclusión de la religión del ámbito público, así como, el fundamentalismo
religioso por otro lado, impiden el encuentro entre las personas y su
colaboración para el progreso de la humanidad. La vida pública se empobrece de
motivaciones y la política adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el
riesgo de que no se respeten los derechos humanos, bien porque se les priva de
su fundamento trascendente, bien porque no se reconoce la libertad personal. En
el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo
fecundo y de una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa. La
razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la
razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene
siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico
rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el
desarrollo de la humanidad.
57. El diálogo fecundo entre fe y razón hace más eficaz el ejercicio de la
caridad en el ámbito social y es el marco más apropiado para promover la colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva
compartida de trabajar por la justicia y la paz de la humanidad. Los Padres
conciliares afirmaban en la Constitución pastoral Gaudium et spes:
«Según la opinión casi unánime de creyentes y no creyentes, todo lo que existe
en la tierra debe ordenarse al hombre como su centro y su culminación»[136].
Para los creyentes, el mundo no es fruto de la casualidad ni de la necesidad,
sino de un proyecto de Dios. De ahí nace el deber de los creyentes de aunar sus
esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones,
o no creyentes, para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto
divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador. Sin duda, el
principio de subsidiaridad[137],
expresión de la inalienable libertad, es una manifestación particular de la
caridad y criterio guía para la colaboración fraterna de creyentes y no
creyentes. La subsidiaridad es ante todo una
ayuda a la persona, a través de la autonomía de los cuerpos intermedios. Dicha
ayuda se ofrece cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de
valerse por sí mismos, implicando siempre una finalidad emancipadora, porque
favorece la libertad y la participación a la hora de asumir responsabilidades.
La subsidiaridad respeta la dignidad de la persona, en la que ve un sujeto
siempre capaz de dar algo a los otros. La subsidiaridad, al reconocer que la
reciprocidad forma parte de la constitución íntima del ser humano, es el
antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Ella
puede dar razón tanto de la múltiple articulación de los niveles y, por ello, de
la pluralidad de los sujetos, como de su coordinación. Por tanto, es un
principio particularmente adecuado para gobernar la globalización y orientarla
hacia un verdadero desarrollo humano. Para no abrir la puerta a un peligroso
poder universal de tipo monocrático, el gobierno de la globalización debe ser
de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que
colaboren recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una autoridad,
en cuanto plantea el problema de la consecución de un bien común global; sin
embargo, dicha autoridad deberá estar organizada de modo subsidiario y con
división de poderes[138],
tanto para no herir la libertad como para resultar concretamente eficaz.
58. El principio de subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido al
principio de la solidaridad y viceversa, porque así como la subsidiaridad
sin la solidaridad desemboca en el particularismo social, también es cierto que
la solidaridad sin la subsidiaridad acabaría en el asistencialismo que humilla
al necesitado. Esta regla de carácter general se ha de tener muy en cuenta
incluso cuando se afrontan los temas sobre las ayudas internacionales al
desarrollo. Éstas, por encima de las intenciones de los donantes, pueden
mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia, e incluso favorecer
situaciones de dominio local y de explotación en el país que las recibe. Las
ayudas económicas, para que lo sean de verdad, no deben perseguir otros fines.
Han de ser concedidas implicando no sólo a los gobiernos de los países
interesados, sino también a los agentes económicos locales y a los agentes
culturales de la sociedad civil, incluidas las Iglesias locales. Los programas
de ayuda han de adaptarse cada vez más a la forma de los programas integrados y
compartidos desde la base. En efecto, sigue siendo verdad que el recurso humano
es el más valioso de los países en vías de desarrollo: éste es el auténtico capital
que se ha de potenciar para asegurar a los países más pobres un futuro
verdaderamente autónomo. Conviene recordar también que, en el campo económico,
la ayuda principal que necesitan los países en vías de desarrollo es permitir y
favorecer cada vez más el ingreso de sus productos en los mercados
internacionales, posibilitando así su plena participación en la vida económica
internacional. En el pasado, las ayudas han servido con demasiada frecuencia
sólo para crear mercados marginales de los productos de esos países. Esto se
debe muchas veces a una falta de verdadera demanda de estos productos: por
tanto, es necesario ayudar a esos países a mejorar sus productos y a adaptarlos
mejor a la demanda. Además, algunos han temido con frecuencia la competencia de
las importaciones de productos, normalmente agrícolas, provenientes de los
países económicamente pobres. Sin embargo, se ha de recordar que la posibilidad
de comercializar dichos productos significa a menudo garantizar su supervivencia
a corto o largo plazo. Un comercio internacional justo y equilibrado en el campo
agrícola puede reportar beneficios a todos, tanto en la oferta como en la
demanda. Por este motivo, no sólo es necesario orientar comercialmente esos
productos, sino establecer reglas comerciales internacionales que los sostengan,
y reforzar la financiación del desarrollo para hacer más productivas esas
economías.
59. La cooperación para el desarrollo no debe contemplar solamente la
dimensión económica; ha de ser una gran ocasión para el encuentro cultural y
humano. Si los sujetos de la cooperación de los países económicamente
desarrollados, como a veces sucede, no tienen en cuenta la identidad cultural
propia y ajena, con sus valores humanos, no podrán entablar diálogo alguno con
los ciudadanos de los países pobres. Si éstos, a su vez, se abren con
indiferencia y sin discernimiento a cualquier propuesta cultural, no estarán en
condiciones de asumir la responsabilidad de su auténtico desarrollo[139].
Las sociedades tecnológicamente avanzadas no deben confundir el propio
desarrollo tecnológico con una presunta superioridad cultural, sino que deben
redescubrir en sí mismas virtudes a veces olvidadas, que las han hecho florecer
a lo largo de su historia. Las sociedades en crecimiento deben permanecer fieles
a lo que hay de verdaderamente humano en sus tradiciones, evitando que
superpongan automáticamente a ellas las formas de la civilización tecnológica
globalizada. En todas las culturas se dan singulares y múltiples convergencias
éticas, expresiones de una misma naturaleza humana, querida por el Creador, y
que la sabiduría ética de la humanidad llama ley natural[140]. Dicha
ley moral universal es fundamento sólido de todo diálogo cultural, religioso y
político, ayudando al pluralismo multiforme de las diversas culturas a que no se
alejen de la búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios. Por tanto, la
adhesión a esa ley escrita en los corazones es la base de toda colaboración
social constructiva. En todas las culturas hay costras que limpiar y sombras que
despejar. La fe cristiana, que se encarna en las culturas trascendiéndolas,
puede ayudarlas a crecer en la convivencia y en la solidaridad universal, en
beneficio del desarrollo comunitario y planetario.
60. En la búsqueda de soluciones para la crisis económica actual, la ayuda
al desarrollo de los países pobres debe considerarse un verdadero instrumento de
creación de riqueza para todos. ¿Qué proyecto de ayuda puede prometer un
crecimiento de tan significativo valor —incluso para la economía mundial— como
la ayuda a poblaciones que se encuentran todavía en una fase inicial o poco
avanzada de su proceso de desarrollo económico? En esta perspectiva, los estados
económicamente más desarrollados harán lo posible por destinar mayores
porcentajes de su producto interior bruto para ayudas al desarrollo, respetando
los compromisos que se han tomado sobre este punto en el ámbito de la comunidad
internacional. Lo podrán hacer también revisando sus políticas internas de
asistencia y de solidaridad social, aplicando a ellas el principio de
subsidiaridad y creando sistemas de seguridad social más integrados, con la
participación activa de las personas y de la sociedad civil. De esta manera, es
posible también mejorar los servicios sociales y asistenciales y, al mismo
tiempo, ahorrar recursos, eliminando derroches y rentas abusivas, para
destinarlos a la solidaridad internacional. Un sistema de solidaridad social más
participativo y orgánico, menos burocratizado pero no por ello menos coordinado,
podría revitalizar muchas energías hoy adormecidas en favor también de la
solidaridad entre los pueblos.
Una posibilidad de ayuda para el desarrollo podría venir de la aplicación
eficaz de la llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los
ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los impuestos que
pagan al Estado. Esto puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a
fomentar formas de solidaridad social desde la base, con obvios beneficios
también desde el punto de vista de la solidaridad para el desarrollo.
61. Una solidaridad más amplia a nivel internacional se manifiesta ante todo
en seguir promoviendo, también en condiciones de crisis económica, un mayor
acceso a laeducación que, por otro lado, es una condición esencial
para la eficacia de la cooperación internacional misma. Con el término
«educación» no nos referimos sólo a la instrucción o a la formación para el
trabajo, que son dos causas importantes para el desarrollo, sino a la formación
completa de la persona. A este respecto, se ha de subrayar un aspecto
problemático: para educar es preciso saber quién es la persona humana, conocer
su naturaleza. Al afianzarse una visión relativista de dicha naturaleza plantea
serios problemas a la educación, sobre todo a la educación moral, comprometiendo
su difusión universal. Cediendo a este relativismo, todos se empobrecen más, con
consecuencias negativas también para la eficacia de la ayuda a las poblaciones
más necesitadas, a las que no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino
también modos y medios pedagógicos que ayuden a las personas a lograr su plena
realización humana.
Un ejemplo de la importancia de este problema lo tenemos en el fenómeno
del turismo internacional[141],
que puede ser un notable factor de desarrollo económico y crecimiento cultural,
pero que en ocasiones puede transformarse en una forma de explotación y
degradación moral. La situación actual ofrece oportunidades singulares para que
los aspectos económicos del desarrollo, es decir, los flujos de dinero y la
aparición de experiencias empresariales locales significativas, se combinen con
los culturales, y en primer lugar el educativo. En muchos casos es así, pero en
muchos otros el turismo internacional es una experiencia deseducativa, tanto
para el turista como para las poblaciones locales. Con frecuencia, éstas se
encuentran con conductas inmorales, y hasta perversas, como en el caso del
llamado turismo sexual, al que se sacrifican tantos seres humanos, incluso de
tierna edad. Es doloroso constatar que esto ocurre muchas veces con el respaldo
de gobiernos locales, con el silencio de aquellos otros de donde proceden los
turistas y con la complicidad de tantos operadores del sector. Aún sin llegar a
ese extremo, el turismo internacional se plantea con frecuencia de manera
consumista y hedonista, como una evasión y con modos de organización típicos de
los países de origen, de forma que no se favorece un verdadero encuentro entre
personas y culturas. Hay que pensar, pues, en un turismo distinto, capaz de
promover un verdadero conocimiento recíproco, que nada quite al descanso y a la
sana diversión: hay que fomentar un turismo así, también a través de una
relación más estrecha con las experiencias de cooperación internacional y de
iniciativas empresariales para el desarrollo.
62. Otro aspecto digno de atención, hablando del desarrollo humano integral,
es el fenómeno de lasmigraciones. Es un fenómeno que impresiona
por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales, económicos, políticos,
culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a
las comunidades nacionales y a la comunidad internacional. Podemos decir que
estamos ante un fenómeno social que marca época, que requiere una fuerte y
clarividente política de cooperación internacional para afrontarlo debidamente.
Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre
los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de
adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos
ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los
derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las
sociedades de destino. Ningún país por sí solo puede ser capaz de hacer frente a
los problemas migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el
disgusto y las aspiraciones que conllevan los flujos migratorios. Como es
sabido, es un fenómeno complejo de gestionar; sin embargo, está comprobado que
los trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su
integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo al desarrollo
económico del país que los acoge, así como a su país de origen a través de las
remesas de dinero. Obviamente, estos trabajadores no pueden ser considerados
como una mercancía o una mera fuerza laboral. Por tanto no deben ser tratados
como cualquier otro factor de producción. Todo emigrante es una persona humana
que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser
respetados por todos y en cualquier situación[142].
63. Al considerar los problemas del desarrollo, se ha de resaltar
la relación
entre pobreza y desocupación. Los pobres son en muchos casos el resultado
de la violación de la dignidad del trabajo humano, bien porque se limitan
sus posibilidades (desocupación, subocupación), bien porque se devalúan «los
derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la
seguridad de la persona del trabajador y de su familia»[143].
Por esto, ya el 1 de mayo de 2000, mi predecesor Juan Pablo II, de venerada
memoria, con ocasión del Jubileo de los Trabajadores, lanzó un llamamiento para
«una coalición mundial a favor del trabajo decente»[144],
alentando la estrategia de la Organización Internacional del Trabajo. De esta
manera, daba un fuerte apoyo moral a este objetivo, como aspiración de las
familias en todos los países del mundo. Pero ¿qué significa la palabra
«decente» aplicada al trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier
sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un
trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres
y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que
los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que
permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin
que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores
organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para
reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal,
familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los
trabajadores que llegan a la jubilación.
64. En la reflexión sobre el tema del trabajo, es oportuno hacer un
llamamiento a las organizaciones sindicales de los trabajadores, desde
siempre alentadas y sostenidas por la Iglesia, ante la urgente exigencia de
abrirse a las nuevas perspectivas que surgen en el ámbito laboral. Las
organizaciones sindicales están llamadas a hacerse cargo de los nuevos problemas
de nuestra sociedad, superando las limitaciones propias de los sindicatos de
clase. Me refiero, por ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los estudiosos
de las ciencias sociales señalan en el conflicto entre persona-trabajadora y
persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis de que se ha
efectuado un desplazamiento de la centralidad del trabajador a la centralidad
del consumidor, parece en cualquier caso que éste es también un terreno para
experiencias sindicales innovadoras. El contexto global en el que se desarrolla
el trabajo requiere igualmente que las organizaciones sindicales nacionales,
ceñidas sobre todo a la defensa de los intereses de sus afiliados, vuelvan su
mirada también hacia los no afiliados y, en particular, hacia los trabajadores
de los países en vía de desarrollo, donde tantas veces se violan los derechos
sociales. La defensa de estos trabajadores, promovida también mediante
iniciativas apropiadas en favor de los países de origen, permitirá a las
organizaciones sindicales poner de relieve las auténticas razones éticas y
culturales que las han consentido ser, en contextos sociales y laborales
diversos, un factor decisivo para el desarrollo. Sigue siendo válida la
tradicional enseñanza de la Iglesia, que propone la distinción de papeles y
funciones entre sindicato y política. Esta distinción permitirá a las
organizaciones sindicales encontrar en la sociedad civil el ámbito más
adecuado para su necesaria actuación en defensa y promoción del mundo del
trabajo, sobre todo en favor de los trabajadores explotados y no representados,
cuya amarga condición pasa desapercibida tantas veces ante los ojos distraídos
de la sociedad.
65. Además, se requiere que las finanzas mismas, que han de renovar
necesariamente sus estructuras y modos de funcionamiento tras su mala
utilización, que ha dañado la economía real, vuelvan a ser un instrumento
encaminado a producir mejor riqueza y desarrollo. Toda la economía y todas
las finanzas, y no sólo algunos de sus sectores, en cuanto instrumentos, deben
ser utilizados de manera ética para crear las condiciones adecuadas para el
desarrollo del hombre y de los pueblos. Es ciertamente útil, y en algunas
circunstancias indispensable, promover iniciativas financieras en las que
predomine la dimensión humanitaria. Sin embargo, esto no debe hacernos olvidar
que todo el sistema financiero ha de tener como meta el sostenimiento de un
verdadero desarrollo. Sobre todo, es preciso que el intento de hacer el bien no
se contraponga al de la capacidad efectiva de producir bienes. Los agentes
financieros han de redescubrir el fundamento ético de su actividad para no
abusar de aquellos instrumentos sofisticados con los que se podría traicionar a
los ahorradores. Recta intención, transparencia y búsqueda de los buenos
resultados son compatibles y nunca se deben separar. Si el amor es inteligente,
sabe encontrar también los modos de actuar según una conveniencia previsible y
justa, como muestran de manera significativa muchas experiencias en el campo del
crédito cooperativo.
Tanto una regulación del sector capaz de salvaguardar a los sujetos más
débiles e impedir escandalosas especulaciones, como la experimentación de
nuevas formas de finanzas destinadas a favorecer proyectos de desarrollo, son
experiencias positivas que se han de profundizar y alentar, reclamando la propia responsabilidad del ahorrador. También la experiencia de la
microfinanciación, que hunde sus raíces en la reflexión y en la actuación de
los humanistas civiles —pienso sobre todo en el origen de los Montes de Piedad—,
ha de ser reforzada y actualizada, sobre todo en estos momentos en que los
problemas financieros pueden resultar dramáticos para los sectores más
vulnerables de la población, que deben ser protegidos de la amenaza de la usura
y la desesperación. Los más débiles deben ser educados para defenderse de la
usura, así como los pueblos pobres han de ser educados para beneficiarse
realmente del microcrédito, frenando de este modo posibles formas de explotación
en estos dos campos. Puesto que también en los países ricos se dan nuevas formas
de pobreza, la microfinanciación puede ofrecer ayudas concretas para crear
iniciativas y sectores nuevos que favorezcan a las capas más débiles de la
sociedad, también ante una posible fase de empobrecimiento de la sociedad.
66. La interrelación mundial ha hecho surgir un nuevo poder político, el de
los consumidores y sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se debe
profundizar, pues contiene elementos positivos que hay que fomentar, como
también excesos que se han de evitar. Es bueno que las personas se den cuenta de
que comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico. El consumidor
tiene una responsabilidad social específica, que se añade a la
responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente
educados[145] para el papel que ejercen diariamente y que pueden desempeñar respetando los
principios morales, sin que disminuya la racionalidad económica intrínseca en el
acto de comprar. También en el campo de las compras, precisamente en momentos
como los que se están viviendo, en los que el poder adquisitivo puede verse
reducido y se deberá consumir con mayor sobriedad, es necesario abrir otras vías
como, por ejemplo, formas de cooperación para las adquisiciones, como ocurre con
las cooperativas de consumo, que existen desde el s. XIX, gracias también a la
iniciativa de los católicos. Además, es conveniente favorecer formas nuevas de
comercialización de productos provenientes de áreas deprimidas del planeta para
garantizar una retribución decente a los productores, a condición de que se
trate de un mercado transparente, que los productores reciban no sólo mayores
márgenes de ganancia sino también mayor formación, profesionalidad y tecnología
y, finalmente, que dichas experiencias de economía para el desarrollo no estén
condicionadas por visiones ideológicas partidistas. Es de desear un papel más
incisivo de los consumidores como factor de democracia económica, siempre que
ellos mismos no estén manipulados por asociaciones escasamente representativas.
67. Ante el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en
presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la
reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una
concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de
encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger[146] y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más
pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento
político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración
internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar
la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para
prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un
oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la
salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de
una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi
Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar regulada por el
derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de
solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común[147], comprometerse
en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los
valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar
reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la
seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos[148].
Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a
las diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas en los
diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho
internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos
campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder
entre los más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración
internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento
internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalización[149],
que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, así como
esa relación entre esfera moral y social, entre política y mundo económico y
civil, ya previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas.
68. El tema del desarrollo de los pueblos está íntimamente unido al del
desarrollo de cada hombre. La persona humana tiende por naturaleza a su propio
desarrollo. Éste no está garantizado por una serie de mecanismos naturales, sino
que cada uno de nosotros es consciente de su capacidad de decidir libre y
responsablemente. Tampoco se trata de un desarrollo a merced de nuestro
capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una
autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por nuestro
ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia conciencia de
manera arbitraria, sino que todos construyen su propio «yo» sobre la
base de un «sí mismo» que nos ha sido dado. No sólo las demás personas
se nos presentan como no disponibles, sino también nosotros para nosotros
mismos. El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la
única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los
pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los
«prodigios» de la tecnología. Lo mismo ocurre con el desarrollo económico, que
se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los «prodigios» de las
finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista. Ante esta
pretensión prometeica, hemos de fortalecer el aprecio por una libertad no
arbitraria, sino verdaderamente humanizada por el reconocimiento del bien que la
precede. Para alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí
mismo para descubrir las normas fundamentales de la ley moral natural que Dios
ha inscrito en su corazón.
69. El problema del desarrollo en la actualidad está estrechamente unido al progreso tecnológico y a sus aplicaciones deslumbrantes en campo
biológico. La técnica — conviene subrayarlo — es un hecho profundamente humano,
vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y
confirma el dominio del espíritu sobre la materia. «Siendo éste [el espíritu]
“menos esclavo de las cosas, puede más fácilmente elevarse a la adoración y a la
contemplación del Creador”»[150].
La técnica permite dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos,
mejorar las condiciones de vida. Responde a la misma vocación del trabajo
humano: en la técnica, vista como una obra del propio talento, el hombre se
reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad. La técnica es el aspecto
objetivo del actuar humano[151],
cuyo origen y razón de ser está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja.
Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y
cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano
hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La
técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato decultivar y custodiar
la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta
a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el
amor creador de Dios.
70. El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de
la técnica, cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de
considerar los porqués que lo impulsan a actuar. Por eso, la técnica
tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la
libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta,
que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de
globalización podría sustituir las ideologías por la técnica[152],
transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad
al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no
podría salir para encontrar el ser y la verdad. En ese caso, cada uno de
nosotros conocería, evaluaría y decidiría los aspectos de su vida desde un
horizonte cultural tecnocrático, al que perteneceríamos estructuralmente, sin
poder encontrar jamás un sentido que no sea producido por nosotros mismos. Esta
visión refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad
con lo factible. Pero cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la
utilidad, se niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el verdadero
desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en
una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado
plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la
persona considerada en la globalidad de su ser. Incluso cuando el hombre opera a
través de un satélite o de un impulso electrónico a distancia, su actuar
permanece siempre humano, expresión de una libertad responsable. La técnica
atrae fuertemente al hombre, porque lo rescata de las limitaciones físicas y le
amplía el horizonte. Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando
responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la
responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una formación para
un uso ético y responsable de la técnica. Conscientes de esta atracción de la
técnica sobre el ser humano, se debe recuperar el verdadero sentido de la
libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la
respuesta a la llamada del ser, comenzando por nuestro propio ser.
71. Esta posible desviación de la mentalidad técnica de su originario cauce
humanista se muestra hoy de manera evidente en la tecnificación del desarrollo y
de la paz. El desarrollo de los pueblos es considerado con frecuencia como un
problema de ingeniería financiera, de apertura de mercados, de bajadas de
impuestos, de inversiones productivas, de reformas institucionales, en
definitiva como una cuestión exclusivamente técnica. Sin duda, todos estos
ámbitos tienen un papel muy importante, pero deberíamos preguntarnos por qué las
decisiones de tipo técnico han funcionado hasta ahora sólo en parte. La causa es
mucho más profunda. El desarrollo nunca estará plenamente garantizado
por fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya provengan de
las leyes de mercado o de políticas de carácter internacional. El desarrollo
es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos
que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se
necesita tanto la preparación profesional como la coherencia moral. Cuando
predomina la absolutización de la técnica se produce una confusión entre los
fines y los medios, el empresario considera como único criterio de acción el
máximo beneficio en la producción; el político, la consolidación del poder; el
científico, el resultado de sus descubrimientos. Así, bajo esa red de relaciones
económicas, financieras y políticas persisten frecuentemente incomprensiones,
malestar e injusticia; los flujos de conocimientos técnicos aumentan, pero en
beneficio de sus propietarios, mientras que la situación real de las poblaciones
que viven bajo y casi siempre al margen de estos flujos, permanece inalterada,
sin posibilidades reales de emancipación.
72. También la paz corre a veces el riesgo de ser considerada como un
producto de la técnica, fruto exclusivamente de los acuerdos entre los gobiernos
o de iniciativas tendentes a asegurar ayudas económicas eficaces. Es cierto que
la construcción de la paz necesita una red constante de contactos
diplomáticos, intercambios económicos y tecnológicos, encuentros culturales,
acuerdos en proyectos comunes, como también que se adopten compromisos
compartidos para alejar las amenazas de tipo bélico o cortar de raíz las
continuas tentaciones terroristas. No obstante, para que esos esfuerzos
produzcan efectos duraderos, es necesario que se sustenten en valores
fundamentados en la verdad de la vida. Es decir, es preciso escuchar la voz de
las poblaciones interesadas y tener en cuenta su situación para poder
interpretar de manera adecuada sus expectativas. Todo esto debe estar unido al
esfuerzo anónimo de tantas personas que trabajan decididamente para fomentar el
encuentro entre los pueblos y favorecer la promoción del desarrollo partiendo
del amor y de la comprensión recíproca. Entre estas personas encontramos también
fieles cristianos, implicados en la gran tarea de dar un sentido plenamente
humano al desarrollo y la paz.
73. El desarrollo tecnológico está relacionado con la influencia cada vez
mayor de los medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya
la existencia de la familia humana sin su presencia. Para bien o para mal, se
han introducido de tal manera en la vida del mundo, que parece realmente absurda
la postura de quienes defienden su neutralidad y, consiguientemente, reivindican
su autonomía con respecto a la moral de las personas. Muchas veces, tendencias
de este tipo, que enfatizan la naturaleza estrictamente técnica de estos medios,
favorecen de hecho su subordinación a los intereses económicos, al dominio de
los mercados, sin olvidar el deseo de imponer parámetros culturales en función
de proyectos de carácter ideológico y político. Dada la importancia fundamental
de los medios de comunicación en determinar los cambios en el modo de percibir y
de conocer la realidad y la persona humana misma, se hace necesaria una seria
reflexión sobre su influjo, especialmente sobre la dimensión ético-cultural de
la globalización y el desarrollo solidario de los pueblos. Al igual que ocurre
con la correcta gestión de la globalización y el desarrollo, el sentido y la
finalidad de los medios de comunicación debe buscarse en su fundamento
antropológico. Esto quiere decir que pueden ser ocasión de humanización no sólo cuando, gracias al desarrollo tecnológico, ofrecen mayores posibilidades
para la comunicación y la información, sino sobre todo cuando se organizan y se
orientan bajo la luz de una imagen de la persona y el bien común que refleje sus
valores universales. El mero hecho de que los medios de comunicación social
multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas, no
favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para
alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén
centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que
estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad,
del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural. En efecto, la libertad
humana está intrínsecamente ligada a estos valores superiores. Los medios pueden
ofrecer una valiosa ayuda al aumento de la comunión en la familia humana y al ethos de la sociedad, cuando se convierten en instrumentos que promueven la
participación universal en la búsqueda común de lo que es justo.
74. En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en
la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral,
y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral.
Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza
dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si
depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las
posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer
la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia
o una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut aut decisivo.
Pero la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela
como irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor. Por
ello, la cerrazón a la trascendencia tropieza con la dificultad de pensar cómo
es posible que de la nada haya surgido el ser y de la casualidad la inteligencia[153].
Ante estos problemas tan dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo
juntas salvarán al hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin
la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe
sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas[154].
75. Pablo VI había percibido y señalado ya el alcance mundial de la cuestión
social[155].
Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha
convertido radicalmente en una cuestión antropológica, en el sentido de que
implica no sólo el modo mismo de concebir, sino también de manipular la vida,
cada día más expuesta por la biotecnología a la intervención del hombre. La
fecundación in vitro, la investigación con embriones, la posibilidad de
la clonación y de la hibridación humana nacen y se promueven en la cultura
actual del desencanto total, que cree haber desvelado cualquier misterio, puesto
que se ha llegado ya a la raíz de la vida. Es aquí donde el absolutismo de la
técnica encuentra su máxima expresión. En este tipo de cultura, la conciencia
está llamada únicamente a tomar nota de una mera posibilidad técnica. Pero no
han de minimizarse los escenarios inquietantes para el futuro del hombre, ni los
nuevos y potentes instrumentos que la «cultura de la muerte» tiene a su
disposición. A la plaga difusa, trágica, del aborto, podría añadirse en el
futuro, aunque ya subrepticiamente in nuce, una sistemática planificación
eugenésica de los nacimientos. Por otro lado, se va abriendo paso una mens
eutanasica, manifestación no menos abusiva del dominio sobre la vida, que en
ciertas condiciones ya no se considera digna de ser vivida. Detrás de estos
escenarios hay planteamientos culturales que niegan la dignidad humana. A su
vez, estas prácticas fomentan una concepción materialista y mecanicista de la
vida humana. ¿Quién puede calcular los efectos negativos sobre el desarrollo de
esta mentalidad? ¿Cómo podemos extrañarnos de la indiferencia ante tantas
situaciones humanas degradantes, si la indiferencia caracteriza nuestra actitud
ante lo que es humano y lo que no lo es? Sorprende la selección arbitraria de
aquello que hoy se propone como digno de respeto. Muchos, dispuestos a
escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar injusticias inauditas.
Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el
mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a
una conciencia incapaz de reconocer lo humano. Dios revela el hombre al hombre;
la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que lo quiera
ver; la ley natural, en la que brilla la Razón creadora, indica la grandeza del
hombre, pero también su miseria, cuando desconoce el reclamo de la verdad moral.
76. Uno de los aspectos del actual espíritu tecnicista se puede apreciar en
la propensión a considerar los problemas y los fenómenos que tienen que ver con
la vida interior sólo desde un punto de vista psicológico, e incluso meramente
neurológico. De esta manera, la interioridad del hombre se vacía y el ser
conscientes de la consistencia ontológica del alma humana, con las profundidades
que los Santos han sabido sondear, se pierde progresivamente. El problema del
desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma
del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la
salud del alma se confunde con el bienestar emotivo. Estas reducciones tienen su
origen en una profunda incomprensión de lo que es la vida espiritual y llevan a
ignorar que el desarrollo del hombre y de los pueblos depende también de las
soluciones que se dan a los problemas de carácter espiritual. El desarrollo
debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el
hombre es «uno en cuerpo y alma»[156],
nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. El ser humano
se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma
y la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo
mismo y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil.
La alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan
las sociedades opulentas, remiten también a este tipo de causas espirituales.
Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero que oprime el alma,
no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo. Las nuevas
formas de esclavitud, como la droga, y la desesperación en la que caen tantas
personas, tienen una explicación no sólo sociológica o psicológica, sino
esencialmente espiritual. El vacío en que el alma se siente abandonada, contando
incluso con numerosas terapias para el cuerpo y para la psique, hace sufrir. No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y
moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo.
77. El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad de
percibir todo aquello que no se explica con la pura materia. Sin embargo, todos
los hombres tienen experiencia de tantos aspectos inmateriales y espirituales de
su vida. Conocer no es sólo un acto material, porque lo conocido esconde siempre
algo que va más allá del dato empírico. Todo conocimiento, hasta el más simple,
es siempre un pequeño prodigio, porque nunca se explica completamente con los
elementos materiales que empleamos. En toda verdad hay siempre algo más de lo
que cabía esperar, en el amor que recibimos hay siempre algo que nos sorprende.
Jamás deberíamos dejar de sorprendernos ante estos prodigios. En todo
conocimiento y acto de amor, el alma del hombre experimenta un «más» que se
asemeja mucho a un don recibido, a una altura a la que se nos lleva. También el
desarrollo del hombre y de los pueblos alcanza un nivel parecido, si
consideramos la dimensión espiritual que debe incluir necesariamente el
desarrollo para ser auténtico. Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un
corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos
humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no
puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e
integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad
en la verdad.
78. Sin Dios el hombre no sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan
casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de
Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del
mundo» (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en
la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y
trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio
progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si
pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte
de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento
nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero.
Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo
cristiano,[157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra
como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la
disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea
solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el
indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también
los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el
desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano.
Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y
realización de formas de vida social y civil —en el ámbito de las estructuras,
las instituciones, la cultura y el ethos—, protegiéndonos del riesgo de
quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor
indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante
compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y
fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades
humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no
definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos,
aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros,
las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que
anhelamos[158].
Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es
nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.
79. El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia
Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el
resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello, también en los momentos más
difíciles y complejos, además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante
todo a su amor. El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en
cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en
Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y
perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz.
Todo esto es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en
«corazones de carne» (Ez 36,26), y hacer así la vida terrena más
«divina» y por tanto más digna del hombre. Todo esto es delhombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez es de Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos
redime: «el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro,
vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo del
cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como «Padre
nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los hombres puedan aprender a
rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que el mismo Jesús nos ha
enseñado, que sepamos santificarlo viviendo según su voluntad, y tengamos
también el pan necesario de cada día, comprensión y generosidad con los que nos
ofenden, que no se nos someta excesivamente a las pruebas y se nos libre del mal
(cf. Mt 6,9-13).
Al concluir el Año Paulino, me complace expresar este deseo con las
mismas palabras del Apóstol en su carta a los Romanos: «Que vuestra
caridad no sea una farsa: aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos
hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno
mismo» (12,9-10). Que la Virgen María, proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada por el pueblo cristiano como Speculum iustitiae y Regina pacis, nos proteja y nos obtenga por su intercesión
celestial la fuerza, la esperanza y la alegría necesaria para continuar
generosamente la tarea en favor del «desarrollo de todo el hombre y de todos
los hombres»[159].
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y
San Pablo, del año 2009, quinto de mi Pontificado.
BENEDICTO XVI
[1] Cf.
Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 22: AAS 59
(1967), 268; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 69.
[10] Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 36; Pablo VI, Carta ap. Octogesima adveniens (14
mayo 1971), 4: AAS 63 (1971), 403-404; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus(1 mayo 1991), 43: AAS 83 (1991), 847.
[35] Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891): Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892, 97-144; Juan
Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 8: l.c.,
519-520; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5: l.c., 799.
[43]Ibíd.;
cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 53-62: l.c.,
859-867; Id., Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 13-14: AAS 71 (1979), 282-286.
[88] San
Agustín explica detalladamente esta enseñanza en el diálogo sobre el libre
albedrío (De libero arbitrio II 3, 8 ss.). Señala la existencia en el
alma humana de un «sentido interior». Este sentido consiste en una acción
que se realiza al margen de las funciones normales de la razón, una acción
previa a la reflexión y casi instintiva, por la que la razón, dándose cuenta
de su condición transitoria y falible, admite por encima de ella la
existencia de algo externo, absolutamente verdadero y cierto. El nombre que
San Agustín asigna a veces a esta verdad interior es el de Dios (Confesiones X, 24, 35; XII, 25, 35; De libero arbitrio II 3, 8), pero más a
menudo el de Cristo (De Magistro 11, 38; Confesiones VII, 18,
24; XI, 2, 4).
[102] Cf.
Congregación para la doctrina de la fe, Instr. Libertatis conscientia,
sobre la libertad cristiana y la liberación
(22 marzo 1987), 74: AAS 79 (1987), 587.
[103] Cf.
Juan Pablo II, Entrevista al periódico «La Croix», 20 de agosto de
1997.
[116] Heráclito
de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. — 475 a.C. ca.), Fragmento 22B124, en:
H. Diels — W. Kranz, Die Fragmente der Vorsokratiker, Weidmann,
Berlín 19526.
[117] Cf.
Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la doctrina social de
la Iglesia, nn. 451-487.
[130] Según
Santo Tomás «ratio partis contrariatur rationi personae» en III Sent d. 5, 3, 2; también: «Homo non ordinatur ad communitatem politicam secundum
se totum et secundum omnia sua» en Summa Theologiae, I-II, q. 21,
a. 4., ad 3um.
[131] Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.
[150] Pablo VI,
Carta enc. Populorum progressio, 41: l.c., 277-278; cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past,Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 57.
[154] Cf.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Dignitas personaesobre algunas cuestiones de bioética (8 septiembre 2008): AAS 100
(2008), 858-887.