Hace algunos años acudí a la Parroquia San Juan de Amancaes, para concelebrar en la Cantamisa de un joven que, por mucho tiempo, fue catequista. El ambiente era muy agradable, desde la ambientación exterior hasta el ánimo de los feligreses, quienes ayudaron en los preparativos y hasta que finalizó el festejo. La iglesia, antigua y pequeñita, contaba ya con un reducido atrio, que dio cabida a la gente para una Misa al aire libre.
Ese día pude conversar con el neo-sacerdote, quien se llama Stuart Flores Morales. Él fue catequista de la Confirmación e ingresó a la orden de los Carmelitas, pero luego de unos años desistió y conoció a una sociedad de vida apostólica, de fundación colombiana, llamada Siervos de la Palabra. Recibió la Ordenación Sacerdotal junto con otros dos peruanos, en Ecuador, donde trabajan estos misioneros.

El P. Miguel Ángel González recibe ofrendas de niños peruanos,
en una Celebración eucarística
Durante la Misa, el párroco actual, Padre Luis Amaro Gamarra, de los Padres redentoristas, muy emocionado predicó durante buen rato, pero entre otras cosas, además de agradecer a los papás del Padre Stuart por entregar a su hijo al servicio de la Iglesia, invitó a todos los presentes a cumplir cada uno con su misión de cristianos y hacer oración por las vocaciones sacerdotales.
Algo para una reflexión era ver que las familias, al orar por nuevas vocaciones, normalmente pedían de todo corazón que el Señor llamara al hijo de la vecina, al del compadre o al de la comadre, pero decían: “A mis hijos no los llames, Señor”. Faltaba su generosidad y su desprendimiento al hacer esa oración.
También pude constatar una cosa muy interesante, que luego el mismo Padre Stuart, al dar su testimonio al final de la Misa, me confirmó: el gran fervor religioso de su papá, quien, durante toda la Eucaristía, tuvo una actitud de oración, con las manos juntas. Y, precisamente, en sus palabras de agradecimiento, el Padre Stuart reconoció a su mamá por enseñarle las primeras oraciones y a su papá por la perseverancia en la oración, pues siempre le decía que tenía que orar.
Antes de concluir la Misa también hubo el testimonio de quien lo preparó para el
Bautismo y, visiblemente emocionado, habló de cómo Stuart había llegado a la catequesis, acompañando a sus hermanos, y lo primero que aprendió fue la canción de Alabaré, misma que invitó a todos a cantar en ese momento, para mover las manos en señal de agradecimiento y de alabanza por el regalo de una vocación sacerdotal, que además era la primera en esta parroquia, por lo que la alegría de toda la comunidad era grande.
Al finalizar la Misa, y luego de que los asistentes compartieron bocadillos y se tomaron fotos con el Padre Stuart, hubo una recepción en un pequeño salón, pues, como toda esa zona se compone por cerros, las casas son muy pequeñas. Durante la recepción, los asistentes me presentaron, mencionando que era de los Misioneros de Guadalupe, y describiéndonos como los Padres que habían estado anteriormente en la parroquia y a quienes recordaban con mucho cariño, sobre todo al Padre Rodolfo
Navarro, quien fue el primer párroco.
Cuando me invitaron a hablar, sentí que en ese momento representaba al Instituto y expresé que me sentía muy contento de estar presente y por la oportunidad que Dios me daba para vivir mi vocación entre ellos.
Con esta experiencia pude constatar lo gratificante que es dejar huella, dejar una semilla que dé fruto, no como este o aquel otro sacerdote, de forma individual, sino como Misioneros de Guadalupe.