Una de las disposiciones más nobles del corazón humano se manifiesta en la solidaridad. El apoyo que se brinda a los demás en momentos de extrema necesidad es indudablemente una muestra de la bondad que hay en el espíritu de una persona. No es difícil sentirnos movidos a socorrer, en la medida de nuestras posibilidades, a quienes repentinamente se encuentran en situaciones de desventura: los damnificados de inundaciones, terremotos, accidentes, etc.
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La solidaridad es también un fenómeno que algunos grupos étnicos se esfuerzan en conservar. Existen culturas que realizan, entre sus tradiciones, algunas ceremonias o simples prácticas que dan la oportunidad de manifestar la atención y la ayuda ante el infortunio. Desde el pueblo keniano, en África, con los llamados harambee; o los maratónicos conciertos de rock con causas caritativas; hasta las subastas y los teletones, todas estas actividades apelan a la generosidad que brota de nuestro ánimo por una sensible causa.
Si bien, existen determinados momentos de necesidad que requieren de la participación comunitaria, los cristianos no debemos esperar las situaciones particularmente penosas para mostrarnos disponibles a la asistencia. Para nosotros, el estar con los que sufren es una muestra de agradecimiento a la bondad de Dios, al mismo tiempo que manifiesta nuestra confianza en su Providencia. Es la respuesta de amor al que, haciéndose solidario con nosotros, no dudó en entregarse a la muerte, para que tuviéramos vida. |