El viaje entre
tanques de guerra
El evangelio como instrumento de paz
Padre Ricardo Gómez F., MG

P. Ricardo Gómez, MG con una niña de la comunidad Turkana en Kakong, Kenia.
En Turkana (norte de Kenia), se sufre una situación de inseguridad continua. La gente vive con tensión de guerra todos los días y tiene miedo de ir a sus tierras de cultivo, al río o a recoger leña a los alrededores del lugar. Los pastores cargan un AK 47 (rifle de alto poder) para proteger su ganado. Constantemente se escucha hablar de muertos o ataques a personas en la región.
Los Padres Misioneros de Guadalupe que trabajamos en este lugar tenemos un programa de visitas semanales a las comunidades de la parroquia, y la gente continuamente nos pregunta si no tenemos miedo, especialmente cuando vamos en motocicleta por esos caminos solitarios. Yo siempre les contesto que Dios nos cuida y que no podemos quedarnos sentados en el lugar de la misión. Pero, al reflexionar un poco sobre esta situación, les confesaré que en ocasiones sí he sentido miedo por ese ambiente lleno de tensión de guerra.

Pastor de la comunidad de Kainuk, Kenia.
Cierta vez, un destacamento del ejército keniano fue a realizar prácticas a tierra turkana, nos encontrábamos en uno de los grupos de oración, cuando, por la calle principal del pueblo, comenzamos a ver docenas de carros militares llenos de soldados armados, tanquetas de guerra y carros militares con metralletas que cruzaban el lugar. Se hizo un silencio profundo entre todos los miembros del grupo de oración; también, la gente que veía pasar el desfile de militares lo hacía en silencio, con asombro y miedo de no saber qué estaba pasando. Al día siguiente, a las seis de la mañana, salí al pueblo de Kakong, el cual queda a 45 kilómetros de la parroquia, para celebrar la Santa Misa semanal y, en el trayecto, vi que los militares habían acampado en distintos lugares, así es que tuve que realizar mi viaje con temor, caminando entre tanquetas de guerra, soldados fuertemente armados y carros militares.
En otra ocasión, cuando me dirigía a una de las comunidades de la parroquia, me encontré unos 20 tanques de guerra. Se veían imponentes y enormes, dejaban las huellas de la oruga metálica por todo el camino y producían un ruido, el cual me hacía pensar en la destrucción y la muerte que iban a causar. Esos tanques se dirigían a Sudán, un país que apenas había salido de una larga guerra civil y no tenía los recursos necesarios para levantar escuelas, hospitales o implementar tierras de cultivo para su gente, pero sí tenía dinero para comprar esos tanques de guerra y decir, de esa manera, que podía defenderse de otros países de África.
La última vez que sentí el miedo recorrer mis huesos fue un viernes, por la tarde, en la Misa con los estudiantes de las primarias de la parroquia. Comenzamos a escuchar disparos de AK47.
Los niños de inmediato se levantaron con la intención de correr a sus casas. Les grité que se sentaran, un silencio sepulcral llenó la iglesia, todos se miraron unos a otros sin saber qué hacer o qué decir. Se sentía un temor y una impotencia profunda en el ambiente. Le pedí al coro que cantara y poco a poco el ambiente de oración regresó a nosotros.
En horas de escuela, cuando los alumnos escuchan disparos, salen gritando de los salones y se van a toda velocidad a sus hogares. Eso me pone la carne de gallina, y siento la impotencia de no poder ayudarlos, ya que huyen, llorando de miedo, para refugiarse en sus viviendas.

P. Ricardo Gómez, MG, en la comunidad de Lorongon, Kenia.
Las personas de Kenia, Sudán y otros países africanos quieren la paz, pero se preparan para la guerra. No son capaces de utilizar las armas más poderosas que Dios nos ha dado: el diálogo, el amor, el trabajo conjunto, la unidad... Éstas sí proporcionarían una paz estable y duradera.
Pidamos a Dios que dé a cada uno de nosotros, a nuestros líderes y a toda la humanidad la sabiduría necesaria para resolver los problemas con palabras y no con balas, con amor y no con odio, con entendimiento y no con violencia. Pidámosle que nos ayude a vivir como miembros de una sola familia, como hijos de Dios.