Teletón por Dianita
Un testimonio de hermandad
Padre Victoriano Hernández M., MG

–¡Padrecito, Padrecito!, Dianita se puso enferma otra vez, –me informaban, casi todos los domingos, sus compañeros del coro en la Parroquia de la Virgen del Carmen, en Pucallpa, Perú, una vez que terminaba la Misa de las 11:00 h.
Diana, una joven vivaracha y con cara de niña, llevaba 10 de sus 20 años de vida padeciendo un quiste cerebral. Los dolores que sufría eran tan fuertes que la dejaban inconsciente.
Así que, después de despedir a la gente en la pueta de la iglesia, la trasladaba a toda prisa en la camioneta de la misión al centro de salud más cercano, donde una enfermera le aplicaba una inyección, no sé de qué, pero rápidamente volvía a la vida. Más tarde, yo la regresaba a su casa, un pequeño cuarto de madera con techo de lámina que un buen hombre les prestaba a Diana, a su papá y a su hermanita. Su madre los abandonó hacía varios años.
En busca de ayuda, Dianita viajó 870 kilómetros, desde la selva hasta Lima, la capital de Perú, para ver si podían operarla. Tocó muchas puertas y finalmente llegó a las del Canal Seis de la televisión local, donde Isabel Ruiz, conductora de un programa que yo llamaría La voz de los que no tienen voz, la recibió amablemente. En cuanto escuchó toda la historia, prometió hacer un teletón para apoyar su causa, sólo pidió mi presencia como párroco, para que el suceso tuviera credibilidad.

Acepté con gusto, pues se trataba de una obra de caridad. El día del evento comenzamos nuestra labor a las 9:00 h. Mientras ella presentaba imágenes conmovedoras de Dianita en el lecho de su dolor e invitaba a la gente a ser generosa, yo, en una patrulla de la policía, que la esposa del alcalde puso a mi disposición, recorrí casa por casa. A nuestro paso, las personas nos llamaban para dar algún donativo, tanto en efectivo como en especie. Fue impresionante y conmovedor ver a las amas de casa, mujeres muy pobres, que llevaban unos cuantos soles para ofrecerlos; otras llevaban alimentos o un juguetito nuevo; niños de la calle compartían lo poco que habían logrado juntar pidiendo limosna; lustradores de zapatos llevaban algunas monedas; niñas estudiantes, que en representación de su colegio, habían reunido algo entre sus compañeritos, para colaborar con la causa; taxistas que prometieron dar la mitad de cada viaje que hicieran al día; mamás, con niños en brazos, daban un pequeño juguete; unos más donaron muebles pequeños; en fin, no faltó alguien que donara un boleto de avión para llevar a Diana y a su papá donde pudieran atenderla.
Fue muy interesante, pues lo que iba a ser un programa de sólo tres horas, resultó de 15, ya que el dueño del canal de televisión tuvo a bien suprimir el resto de la programación, y no sólo eso, también, cederme unas horas en la estación radiofónica afiliada a la televisora. Terminamos exactamente a la medianoche.
Durante el día participaron artistas locales y coros, sin faltar el grupo de la parroquia, compañeros de Dianita; ellos nos deleitaron igualmente con sus cantos.
Chabelita, la conductora, emocionada hasta las lágrimas, nos llamó a todos, camarógrafos, invitados y espectadores, para que uniéramos nuestras manos y diéramos gracias a Dios por la ayuda que habíamos recibido. Por último, me pidió que en el nombre de Cristo bendijera a todo el público. Se formó un ambiente de alegría y felicidad.
Después del programa, tanto Chabelita como el dueño del Canal Seis, me invitaron a dar un mensaje a los televidentes, todos los miércoles, sobre los valores morales y evangélicos. Yo estoy feliz de tener esta oportunidad y así, hacer llegar a más personas el mensaje cristiano.
© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.