Misioneros: hombres enviados por Dios
Fidelidad a la vocación sacerdotal misionera en el Amazonas

Padre Jesús Sergio Guevara L., MA

Padre Victoriano Hernandez Mata

“Sean vigilantes, permanezcan firmes en la fe, sean hombres, sean fuertes. Hagan todo por amor” (1, Cor 16, 13-14). “Sean atentos para con las personas humildes y de gran valor, y para con todos los que colaboran y se fatigan en esta obra de Dios” (1, Cor 16, 16).

Con este escrito de san Pablo a los Corintios, quiero agradecer a Dios, a familiares, amigos, Padrinos y al Instituto de los Misioneros de Guadalupe por permitirnos continuar en esta tierra de misión, que es el Amazonas.

Hace veinte años, llegaron los primeros Padres misioneros a este bendito lugar. ¡Bienaventurados, todos los Padres Misioneros de Guadalupe, que colaboran en esta obra evangelizadora!

Realmente, para ser un misionero, se necesita conducirse con honestidad, ser fiel y vigilante de la vocación sacerdotal, porque, sin la oración, seríamos presa fácil de las fuertes tentaciones. Debemos permanecer firmes en nuestra fe en este territorio invadido de macumberos, espiritistas, chamanes, y creo que todas las denominaciones evangélicas. Los ataques a nuestra Iglesia católica son muy fuertes, por eso debemos preparar a nuestro pueblo en el conocimiento de su religión y de la Biblia. Resulta triste descubrir que hay personas que no saben que la palabra católico significa universal, y que no conocen la Biblia. Por eso, tenemos la gran tarea de reevangelizar, ya que estas comunidades fueron bautizadas, pero no suficientemente catequizadas.

Cuando san Pablo dice que debemos ser hombres, se refiere a que no podemos comportarnos como niños que necesitan de sus padres. Frente a las tribulaciones, tentaciones, enfermedades, difamaciones y persecuciones políticas, debemos mostrar que somos verdaderos pastores del rebaño y estar con ellos siempre. No hacer como muchos, que, ante las adversidades, toman el camino más fácil, es decir, abandonan la misión. Hacer eso es de cobardes. La palabra de Dios dice: “¡Ay de los corazones cobardes y manos perezosas, y del pecador que anda por dos caminos! ¡Ay del corazón perezoso que no confía, porque no será protegido! ¡Ay de ustedes que perdieron la esperanza!, ¿qué harán ustedes cuando el Señor les pida cuentas?” (Sir. 2, 12-14). Esta sentencia es para quien no se compromete con nuestra Iglesia.

Trabajar aquí es difícil, los nativos dicen que estamos “tólos, malúcos y doídos”, esto es, enfermos mentales y locos, porque siempre estamos viajando. Además, sufrimos un verano que dura seis meses de calor infernal, y un invierno de seis meses de lluvia. Viajamos entre tormentas, rayos y fuertes tempestades. ¡Créanme!, ya pasamos las peores experiencias, como la de ver la muerte cerca de nosotros durante las tormentas. Aquí, fallecen 200 personas por año debido a los rayos. Muchas veces casi naufragamos, y lo peor es que algunos no sabemos nadar y no logramos aprender. Creo que la gente tiene razón, porque sólo a los locos o a los verdaderamente enamorados del Señor se nos ocurre realizar estas travesías. Sin embargo, puedo afirmar que siempre sentimos su presencia cerca de nosotros. Él nos guía, acompaña, protege, cuida y nos cura cuando estamos enfermos de malaria, neumonía, dengue, virosis y otras enfermedades raras de por aquí. Por eso, debemos ser fuertes para soportar las adversidades.

Estamos aquí para transmitir a estos pueblos el amor de Dios. Porque la boca habla de lo que el corazón está lleno: amor, alegría, fe. Esta última no se enseña, se transmite a través de las obras de caridad, de hacer todo por amor y sin esperar nada a cambio. Todo lo recibimos gratuitamente, entreguemos de la misma forma un abrazo, una sonrisa, un consejo, el ser presencia y apoyo espiritual para los demás, saber escuchar y ayudar. Trabajar realmente como un Padre que eduque, guíe, ame, que siempre esté alegre, tenga paciencia, confíe y conozca su rebaño; y esté dispuesto a dar la vida por ellos, como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo.

Conocí a un Padre Misionero de Guadalupe que llevó a la práctica todo esto: amó hasta el extremo y dio la vida por la misión de Brasil. Ese misionero fue el Padre Mario De la Torre, MG, que de Dios goce. Muchas gracias, Padre Mario, por tanto ejemplo de amor. Agradecemos a nuestro pueblo mexicano y a nuestros Padrinos por su apoyo espiritual y material, y el permitirnos trabajar por el Reino en este paraíso terrenal, que es el Amazonas.

¡Dios los guarde y los proteja siempre!

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.


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