Signo de salvación
La conversión de los no cristianos en Japón

Padre Marco Antonio Martínez F., MG

Padre Victoriano Hernandez Mata

Desde hace varios años existe un permiso especial concedido por Roma a la Iglesia de Japón: que se abran las puertas a la celebración de ceremonias matrimoniales de los no bautizados. El privilegio se concedió con la única intención de propiciar una oportunidad más de acercamiento con los no cristianos. El permiso no es perpetuo y se renueva cada diez años. Desde luego que existe una serie de requisitos que se debe de cumplir para otorgar dicho privilegio. Entre los requerimientos, se encuentra tener la documentación necesaria para efectuar un contrato matrimonial: documento de soltería, registro civil de matrimonio, entre otros, y, sobre todo, la preparación previa, donde se enseña a los contrayentes el sentido cristiano del matrimonio. El tiempo de preparación depende de cada diócesis.

P. José Auscencio López López, MG

· · ·

Una joven japonesa, llamada Aya, habló a la iglesia, pues quería celebrar su matrimonio. Le dije que viniera, para que habláramos y fijáramos el día y la hora de la ceremonia. Llegó a la cita y me explicó que tenía relación con las Hermanas Claretianas, ya que de niña había estado en el kínder que ellas atendían. Aunque ella y su novio no estaban bautizados, querían celebrar su boda en la Iglesia. Le comenté que no habría problema, pero que debían asistir a las pláticas prematrimoniales. Ella estuvo de acuerdo, sólo que su mamá estaba muy enferma y deseaba que la unión fuera lo más pronto posible, pues quería darle ese gusto a su madre.

Planeamos la boda para el lunes 4 de abril. El sábado anterior a esta fecha, me visitaron Aya y su novio, y ella me comentó que su mamá se encontraba más grave y se hallaba en un centro para desahuciados. Por eso, no era posible que se presentara en la iglesia, pero que, de cualquier manera, querían recibir la bendición delante de ella.

Me suplicó para que los uniera en matrimonio en el hospital. No podía negarme a bendecir el amor de estos dos jóvenes que, aunque no bautizados, manifestaban fe en Dios y en el sacerdote, su representante. Así que me comprometí a ir al sanatorio, especializado en cáncer, el lunes a las 14:00 hrs. Me declaró que su mamá, en varias ocasiones, había manifestado el deseo de recibir el Bautismo, sin embargo, por diferentes circunstancias, no lo había podido realizar.

Llegué puntualmente a la clínica y presidí la ceremonia en un cuarto especial para enfermos terminales. Asistieron el papá de Aya, su tía y su mamá, que, desde su cama, observó el juramento de amor que los novios hacían en presencia del sacerdote. Los jóvenes esposos vestían normalmente y no había ni flores ni ningún otro adorno, sólo los anillos que bendije y que se entregaron como señal del juramento que habían hecho delante de Dios. Los dos estaban muy emocionados que, al verles llorar de felicidad, tuve que hacer un gran esfuerzo para no llorar yo también. La madre abrió los ojos y sonrió llena de felicidad.

Al final de la ceremonia, al despedirme, puse mi mano en la cabeza de la madre de Aya y solamente le dije: “Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén contigo”.

Pocas horas después de la boda, me llamó Aya para decirme que su mamá había fallecido, y que como todo fue tan rápido, y puesto que el deseo de su mamá era ser bautizada, y como no había tiempo de que yo llegara, ella misma la había bautizado. Me preguntó que si era posible tener el funeral en la iglesia, le respondí que sí, y que sería como el de cualquier fiel de la comunidad, ya que su mamá había recibido el Bautismo que siempre anheló.

Rápido se corrió la voz entre los fieles de la parroquia, y se preparó todo con los detalles acostumbrados.

Les propuse a Aya y a su esposo que, durante la Misa de Funeral, tocaran una pieza a su mamá, ya que los dos son pianistas. Les sorprendió mi petición. Antes de la bendición final, pasaron al piano y tocaron un canto con el tema de la resurrección. Lo hicieron con tal perfección y amor, que provocaron el llanto de los fieles.

Acompañé a la familia al crematorio y ahí me comentaron lo impresionados que estaban por la liturgia y los cantos; pero más que nada, por la fe de toda la comunidad que, sin ser ellos católicos y sin conocerles, habían preparado todos los detalles.

El domingo siguiente vino Aya a la Misa y me dijo que tenía interés de asistir a las clases de catecismo para recibir el Bautismo.

No cabe duda de que Dios envía su gracia a través de los caminos más inesperados. El Señor sólo quiere que nosotros pongamos lo poco que está de nuestra parte para enviar su gracia, como dice la Plegaria IV de la Misa, “… a los que buscan (a Dios) con sincero corazón”.

Este año cumplo cuarenta años de haber llegado a Japón, y nunca, como en esta ocasión, me había sentido tan feliz de haber escogido el camino del sacerdocio y de haber venido a este país; y de que Dios, a pesar de mis debilidades, me lleve a cooperar con Él, para que la fe y la esperanza de la resurrección llegase a esta familia.

Una vez más, he confirmado lo que desde hace cuarenta años he experimentado aquí, que: “En Japón hay más corazones cristianos que cabezas bautizadas, pues la historia de la Iglesia en este país está regada con la sangre de los Mártires, la fe de los cristianos y la paciencia de los misioneros”.

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.


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