Muerte y tradición en Angola

por: P. Juan Antonio Muñoz Hernández, MG

Padre Juan Antonio Muñoz MG
Padre Juan Antonio Muñóz

¿Por qué morir tan joven?, ¿quién ha lanzado sortilegios contra ti?, ¡Dios no debía llamar a los jóvenes!, ¿por qué vas a dejarnos tan pronto? Con estas frases se lamentaba una joven mujer cuando su marido agonizaba. Una situación tan grave y sombría nos lleva a formular serias interrogantes sobre la manera en que se percibe la muerte en Angola: ¿qué representa para la mayoría de los angoleños?, ¿hasta dónde los arrastra esta preocupación?, ¿por qué creen que son víctimas de maleficios por parte de sus enemigos? Al realizar el trabajo misionero resulta indispensable conocer y tratar de comprender algo de la cultura de la gente. Por ello, para responder a estas inquietantes preguntas hemos de acudir a la propia tradición del África subsahariana.

 

El gran viaje

En primer lugar hay que escuchar a los ancianos hablar de la muerte, pues en sus palabras se concentra la experiencia de siglos. Una de sus ideas sobre la muerte es verla como un sendero que todos recorremos, un fenómeno universal e inevitable: es la gran ruta de todo mundo, pues tanto muere el joven como el anciano, y quien quisiera sobornar a la muerte perdería su dinero en vano.

También hay que escuchar a los que hablan de la muerte que llega sin prevenir: sorprende y amenaza tanto al ave como al humano. Una vez que llega, conduce hacia la gran ciudad. Una mujer narraba que cuando era niña trató injustamente a un perro, ante lo cual su abuelo la reprendió enseguida: Ya sabes que, después de la muerte, deberemos emprender el viaje hacia la gran ciudad. Antes de llegar atravesaremos diferentes poblaciones habitadas por los seres vivos con que nos hayamos encontrado en la tierra. Al pasar por la de los canes se acordarán muy bien de que los hiciste sufrir. Por eso, procura ser amiga de hombres y animales, para que no tengas miedo a las diversas etapas del gran viaje y camines tranquila de población en población hasta la gran ciudad.

 

¿Quién provoca la muerte de los vivos?

Admitir que la muerte es la senda que todos recorreremos, como condición normal e ineludible para los humanos, no resuelve la angustia en que vive el africano por saber quién provoca o es responsable de la muerte.

Kilamba, un buen amigo, murió en un accidente: caminaba por el sendero que va de su choza a la aldea cuando fue arrollado por una camioneta. Nunca olvidaré la sentencia de su tío junto a la tumba: si alguien te ha abreviado la vida, llámalo a cuentas; si alguien te ha hecho mal, véngate de él.

El tío de Kilamba se preguntó quién habría dirigido al conductor para que abatiera a su sobrino; quién habría inducido a Kilamba a recorrer ese camino precisamente en aquella hora; o, ¿habría sido de verdad un accidente? Él quería “que se aclarase el asunto”. Tomó entonces un calcetín del difunto y se dirigió a casa de Nganga, el hechicero. Éste le dijo: tu sobrino fue atropellado por un carro que fue dirigido desde lejos por la vieja que quedó en la aldea. El tío pidió que le indicara qué hacer para proteger al resto de la familia. El hechicero ofreció una serie de prescripciones, las cuales fueron llevadas a cabo y, desde entonces, me comentó el tío de Kilamba, se acabaron los problemas en la familia.

En el decir de la tradición, Dios es bueno y no quiere sino el bien del hombre; no puede sino asegurar larga y venturosa vida, con una numerosa descendencia. Que muera un viejo consumido por los años no es de extrañar, por lo cual se dirá: su corazón falló, Dios lo ha llamado; pero no puede acabar con la vida de un joven como Kilamba.

Hay, sin embargo, algunos casos en que se habla de que la muerte proviene de Dios. Si se trata de un niño, Dios puede llamarlo si ha sido mal recibido en el seno de su familia; si se trata de un adulto, Dios puede decidir su muerte para poner fin a sus acciones maléficas o, al contrario, para ponerlo al abrigo de las asechanzas. En este caso no hay nada que censurar, ¿quién puede revelarse contra Dios todopoderoso? No queda sino reconocer que fue Dios quien lo llamó.

Ahora bien, como los difuntos permanecen relacionados con la vida y los asuntos de familia, la muerte puede ser efecto de su intervención. Para los ancestros esta forma de muerte era incontestable, ya que podría ser una señal de amor, como la de una madre que vuelve por su hijo huérfano, un esposo por su compañera e incluso alguien que busca a su amigo.

Otra causa a la que se atribuye la muerte es la intervención de los manes* airados, que se irritan cuando se interrumpen las costumbres ancestrales, cuando se pierde el respeto por los vivos o por los difuntos. Los motivos por los que los espíritus de los antepasados pueden llevarse a los vivos son: golpear a la esposa, transgredir una prohibición de alimento, burlarse de algún familiar que implora a los manes, abandonar las prácticas antiguas para aceptar fetiches de los blancos.

Finalmente, además de Dios o los difuntos, hay que temer verdaderamente a los seres malignos o a los hechiceros, puesto que nadie sabe hasta dónde se extienden sus maleficios.

Funeral en Angola
El Padre Alejandro Ríos, MG, atiende un funeral en Cahama, Angola

Otra vida después de la muerte

Una vez que conocemos las causas de la muerte, debemos preguntarnos qué pasa al morir. Cualquier tradición africana afirma la permanencia del difunto, aunque varíen las modalidades. A veces se habla de un “doble” o de la “sombra” que todavía se queda por algún tiempo después de la muerte y luego se va, sea para reencarnar o para llegar a la gran ciudad.

Esta creencia se ilustra con numerosas prácticas y costumbres que, al mismo tiempo, explican su razón de ser: la gente del pueblo cambió de rumbo en aquella tarde, luego que murió Zingu, el pescador, pues su sombra les impedía seguir adelante y los hacía extraviarse en la planicie; las mujeres en cinta no se acercan al cementerio: temen que el difunto, ansioso por reencarnar, haga mal al chiquito que llevan en sus entrañas.

Existe la creencia de que los muertos continúan presentes en el mundo de los vivos y pueden intervenir en sus asuntos. Los vivos, por nuestra parte, podemos invocarlos y consultarlos, porque están siempre cercanos. Los muertos conviven con los vivos, quienes a su vez viven con ellos. En la tradición angoleña esta es la gran familia que une a los vivos y a los difuntos.

 


*Con la palabra manes se designa a los espíritus de los antepasados muertos.


Artículos de:

2010

· Agosto,
  P. Marco Antonio Mtz.
  P. Alejandro Chacón

· Julio,
  P. José A. Morales
  Janeth Madero, MLA

· Junio,
  P. Victoriano Hernández
  P. José Sandoval

· Mayo,
  P. José Sandoval
  S. Ignacio Flores

· Abril,
  P. Javier González
  Manuel Enríquez

· Marzo,
  P. Juan Antonio Muñoz
  Edith Velasco, MLA

· Febrero,
  P. Ricardo Gómez
  Dolores Martínez, MLA

· Enero,
  P. Enrique Gómez
  P. Miguel Á. González


2009

· Diciembre,
  P. José Monroy
  P. Alejandro Molina

· Noviembre,
 
 P. Alejandro Chacón
  P. Juan Antonio Muñóz

· Octubre,
  Padres MG Mayores
  P. Juan José A. Luna

· Septiembre,
  Entrevista a Mons.   Zacarías Kamwenho

  P. Sergio C. Espinosa

· Agosto,
  P. José Sandoval
  P. Salvador Arufe

· Julio,
  P. Daniel Panduro
  P. Roberto Villalobos

· Junio,
  P. Felipe de J. Martínez
  P. Marco A. Navarro

· Mayo,
  P. Juan S. Martínez
  P. José Bejarano (4)

· Abril,
  P. Victoriano Hernández
  P. José Bejarano (3)

· Marzo,
    P. Alejandro Molina
    P. José Bejarano (2)

· Febrero,
    P. Ricardo Gómez
    P. Andrés Pérez

· Enero,
    P. Rodolfo Navarro

    P. Victoriano Hernández


2008

· Diciembre
    P. Juan S. Martínez
    P. José Monroy

· Noviembre
    P. J. Ausencio López
    P. Gabriel Torres

· Octubre
    P. Marco A. Martínez
    P. J. Sergio Guevera

· Septiembre
    P. Jorge González
    P. Alejandro Chacón

· Agosto
    P. Arturo Arreguín
    P. Roberto Figueroa

 

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.