Kenia: un pueblo que habla diversas lenguas (Parte 2)
Entrevista al Padre José Bejarano Martínez, MG
El aprendizaje de los idiomas de un país: una labor del misionero
por Faustino López Moreno

EL LENGUAJE DEL AMOR
Recuerdo la tenacidad con la que estudiaba el idioma lurogoli, porque tenía interés en aprenderlo rápido, sin embargo, no podía lograrlo y me desesperaba; contaba con tres meses para aprender esta lengua, así que le dedicaba una hora y 15 minutos por día a su aprendizaje. En cierta ocasión, cuando estudiaba, observé a la gente que pasaba, y me pareció que el lurogoli se escuchaba como el ruido que hacían las máquinas de escribir mecánicas antiguas cuando se tecleaba muy rápido.
Me decía: ¿Cuándo voy a aprender este idioma? Siempre se me ha facilitado el estudio de las lenguas, pues domino nueve, entre otras, el lurogoli, que fue la primera que aprendí en Kenia, donde estudié otros tres idiomas: lurogoli, kiswahili y maasai.
A pesar de que tenía mucho interés en aprender la lengua del lugar, y de mi habilidad para asimilar los idiomas, yo sentía que no avanzaba. Hablé con el Padre Emerenciano Rodríguez sobre mi angustia de no poder aprender la lengua, y él me dijo: “No, no te preocupes, aquí, el único idioma que hay que aprender es el del amor, si sabes ese idioma ya aprendiste todo”. Esa fue una excelente lección.
Cuando me trasladé, después de los tres meses, a la parroquia, allá caminaba mucho para llegar a cada casa y visitar a las familias; me cansaba, pero me provocaba una alegría inmensa estar entre la gente y oír el idioma. Ya tarde, en la noche, revisaba las palabras nuevas que había anotado, eran una gran cantidad, porque, en realidad, apenas estaba aprendiendo la lengua.
A los seis meses de mi llegada a la Parroquia de Chamakanga, hablé con el catequista, que se llamaba Pius Bidolwa, y, en ese momento, me di cuenta de que le entendí todo. Ahí, donde yo vivía, él era quien me ayudaba como cocinero, mucho después se desempeñó como catequista.
Al escucharle y entenderle todo, se me abrió el cielo; para mí fue como un Pentecostés, porque no sólo fue el hecho de hablar el idioma, sino entenderlo. Después de esto, sentí la confianza para predicar en todos los pueblos pequeños. Al principio, no lo hacía directamente en lurogoli, el idioma local, pues una persona me traducía del inglés a la lengua de la región. A los nueve meses, no necesité de su ayuda, ya que dominaba el idioma; ese logro favoreció mi aprendizaje del segundo idioma local, el kiswahili, lengua oficial del país. Cuatro meses y medio después, me encontraba predicando en kiswahili, en Tanzania, donde lo hablan perfectamente.Los africanos son muy buenos para aprender los idiomas: niños y adultos los memorizan fácilmente sin tener que leer un libro; todo keniano habla, por lo menos, tres lenguas.
El único idioma que hay que hablar es el del amor. Es una frase que sigue siendo cierta, como lo era en 1974. En un versículo de la Primera Carta a los Corintios se lee: si no tengo amor, nada soy… (cfr. 1 Cor 13, 1-2).
LLEVAR LA PALABRA DE DIOS EN EL IDIOMA DE LA REGIÓN
En julio de 1976 llegué a Nairobi, durante 15 días había practicado algo de kiswahili, podía repetir las palabras completas, aunque sin entenderlas. Estudié dos semanas por mi cuenta, y luego tomé un curso de dos semanas y dos días para aprenderlo con maestros. Más tarde, fui a la costa para escuchar a los especialistas. En una parroquia de Mombasa, me quedé dos meses y posteriormente regresé a Nairobi. Tiempo después, fui a Tanzania, ahí estuve un mes, y empecé a predicar en kiswahili, idioma mucho más complicado y, a la vez, más preciso que el español. Como ya había estudiado griego, que me gustó porque es una lengua difícil de aprender, el kiswahili se me hizo fácil en comparación con el griego.
Permanecí en la Parroquia de Guadalupe en Nairobi durante cinco años. A los tres meses que regresé de Tanzania, el Padre norteamericano que estaba a cargo dejó la parroquia y quedé como párroco, trabajando junto con el Padre Arcadio Arteaga, MG, quien poco después se fue a otra iglesia. Ahí, el idioma utilizado era el kiswahili, que es el idioma común en las 43 tribus kenianas, y también lo hablan muchos emigrantes de otros países africanos.
Cinco años estuve ahí, y me tocó renovar el kínder de la parroquia para adecuarlo, y para que sirviera como un medio más para el sostenimiento de ésta. Lo fundó el Padre Arcadio, después, se le presentaron algunos problemas y él tenía la intención de cerrarlo, pues debía solucionar diversas dificultades. Yo decidí darle nueva vida con mejores profesoras, y logré consolidarlo para lograr la autosuficiencia.
LAS COMUNIDADES DE BASE Y EL TRABAJO PARROQUIAL
En aquel tiempo, empezó el trabajo de las comunidades de base, un esfuerzo impuesto desde los obispos locales; no surgió, como en Latinoamérica, desde la comunidad, desde abajo. Allá fue al revés, fue solicitado desde arriba. Prosperó, sin embargo, no como en las unidades parecidas a América Latina, más bien, en comunidades de oración.
Ha habido comunidades de base que pertenecen sólo a un grupo tribal; por cuestión práctica, muchas veces, porque quieren comunicarse en su propio idioma y para orar. Por ejemplo, en la comunidad Kikuyo (que es el grupo mayoritario de Kenia), se habla en su idioma, y lo mismo sucederá con los luo, kamba, etcétera.

Las comunidades se conforman, en buena parte, a partir de las tribus, por cuestión práctica. Hay algunas integradas por grupos mezclados, pero son minoría, en éstas se habla predominantemente el inglés; gente de clase media que se entiende con cualquier tribu.
Estuve en muchas otras parroquias. Desde octubre de 2007, apoyo al Padre Carlos May, MG en Cristo Rey en Kibera, y, al mismo tiempo, ayudo en todas las parroquias de la diócesis de Ngong con los grupos carismáticos. La Parroquia de Cristo Rey está muy organizada, desde los tiempos en que trabajó aquí el Padre Arturo Arreguín, MG.
COLABORACIÓN CON OTROS MG
En Maragoli, trabajé en el plan pastoral con el Padre Sebastián Meza, descanse en paz, y con el Padre Arturo Arreguín, que ha estado enfermo; con él atendía las tres parroquias de Maragoli. Recuerdo que siempre te-níamos reuniones para analizar la situación de toda la región. Estuve ahí dos años y medio.
En Nairobi, además del Padre Arcadio Arteaga, los primeros cinco años colaboré en la Parroquia de Guadalupe con el Padre Manuel Islas, MG, que ahora está en Cuba. Estuvo conmigo un tiempo considerable.