28 años de servicio en la Misión MG en Japón
por: P. Enrique Gómez Rangel, MG

Padre Enrique Gómez
Enviado por la Iglesia de México, llegué a Japón en 1981, año en que el Papa Juan Pablo II lo visitó. Para ese entonces ya habían pasado 26 años desde que llegaron los primeros Misioneros de Guadalupe a este país de oriente. Agradezco a Dios, al pueblo de México y a los obispos que hicieron posible mi envío como misionero a nuestra primera Misión.
No creo haber hecho algo especial durante los 28 años que he estado aquí, pues, bien sabemos, es Dios quien todo lo lleva y lo conduce a través de su Santo Espíritu. Por mi parte, solamente he tratado de seguir el impulso de ese Espíritu Divino.
Como sabemos, Cristo nos envía, preferentemente, no a los ricos, sino a los pobres; no a los sabios, sino a los ignorantes; no a los sanos, sino a los enfermos. Jesús, que acompaña y está con los que ha enviado, sigue encontrándose con la gente sencilla, para compartir su amor, su cariño, su fuerza y su santidad.
La sola presencia del misionero es ya un testimonio de gran valor para la sociedad en la que se encuentra y donde realiza diferentes actividades de acuerdo a los lugares o encargos que le encomienda el obispo de la diócesis donde trabaja; por ejemplo: coordinar el estudio de la Biblia, dar atención a los enfermos, hacer visitas domiciliarias a los cristianos, dar atención a los cristianos que vienen del extranjero, y participar en las reuniones programadas por los obispos y sacerdotes de la diócesis.
He laborado en la Diócesis de Sendai, al norte de Japón, de 1985 a 1989; en la Diócesis de Kioto, ubicada en la parte central del país, entre 1990 y 1993; en la Diócesis de Okinawa, al sur del país, de 1994 a 1995; y en la Diócesis de Tokio, en el centro de Japón, donde he trabajado desde 2001.
Los primeros cuatro años en esta diócesis fueron tiempo de “vacas gordas”, pues, aparte de atender a más de 70 personas por semana en grupos de estudio de la Biblia, de las cuales he bautizado a más de 40, otra actividad fue el encuentro con personas que intentaron el suicidio, situación, por desgracia, común en Japón. Bendito sea Dios, las personas con las que me he encontrado en esa situación se han recuperado con la gracia del Señor, y algunas han llegado a recibir el Bautismo.
En abril del 2005 fui enviado a una pequeña iglesia que se encuentra a la orilla del mar; aunque dedicada a Cristo Rey, es más conocida por el nombre de la ciudad: Choshi. Aquí se dieron los años de “vacas flacas”, en el sentido de que no había nadie interesado en algún estudio. La mayoría de los cristianos que frecuentan esta parroquia vienen de otros países, como Filipinas, Brasil, Francia, Colombia, Taiwán, Perú, Indonesia, Estados Unidos, etcétera. Atienden la Santa Misa unas cien personas, entre las cuales, los cristianos japoneses son gente de sesenta años o más.
También aquí he tenido la oportunidad de encontrar gente que iba perdiendo el sentido de la vida. Gracias a Dios, algunos se han bautizado después de una buena preparación. El promedio de bautismos es de dos por año. Otra actividad ha sido ayudar a los párrocos vecinos en la celebración de la Misa en español o en inglés.

El P. Enrique Gómez con feligreses en su parroquia en Choshi, Japón
La actividad principal son las Misas dominicales. Una para los enfermos y el personal que los atiende, realizada en un hospital, y otra que se celebra en la parroquia. Durante la semana celebro la Santa Misa solo, pues, debido a sus ocupaciones, los cristianos no asisten a ella. Cada día recuerdo a los mexicanos que siguen haciendo posible nuestra presencia misionera en Japón y en las demás Misiones esparcidas por el mundo, y ruego a Dios que siga alimentando su fe y les conceda las gracias que más necesiten en su vida diaria.
¡Gracias, Padrinos!