Un día llegó un chico de aproximadamente 12 años a la Parroquia de Amatongas, en Mozambique. Su nombre era Paulo, lo acompañaba su hermano de ocho años, llamado Zangado, y cargaba en la espalda otro niño de escasos dos años de edad, cuyo nombre era Daniel. Paulo tenía un semblante de angustia y tristeza que me conmovió. Iba en busca del párroco, pero no estaba, así que yo lo atendí. Me entregó una carta donde su papá decía que lo enviaba para que le ayudáramos, ya que el pequeño Daniel tenía varios días enfermo; también entregaba sus hijos a la Iglesia católica para que nos hiciéramos cargo de ellos, porque él ya no podía, pues, además de haber perdido el año anterior a su esposa, había contraído sida. Era una más de las tristes historias, cotidianas por estos lugares.
Al observar a Daniel nos dimos cuenta de que presentaba estado de deshidratación, así que inmediatamente lo llevamos al puesto de salud, donde le dieron suero oral; fue una solución momentánea, ya que era de noche. También reparamos en que el pequeño presentaba signos de desnutrición. Por fortuna se cuenta con un lugar cercano donde, con ayuda del pueblo irlandés, se atienden este tipo de problemas. En ese lugar le diagnosticaron desnutrición severa y tuvo que ser internado por un lapso de tres semanas. Fueron días de preocupación, aunque cuando aumentó sus primeros 100 gramos fue un momento de alegría inigualable, pues eso indicaba que estaba respondiendo al tratamiento, cuando hay muchos niños que no lo logran, ya sea porque las madres los llevan demasiado tarde o porque no tienen conocimiento de lo que ocurre.
Después de atender el problema de Daniel fuimos con su papá, a quien remitimos para procurarle un control de su enfermedad y tratamos de animarle a la vida para que pudiera a ayudar a sus hijos.
La historia de Daniel me mostró un panorama que desgraciadamente es muy común en este lugar: muerte por ignorancia, por falta de medios de transporte adecuados, por falta de dinero, por enfermedad, etcétera.
Pero también me enseñó que, si por lo menos mostramos un poco de interés en ayudar a nuestro prójimo, podemos poner nuestro granito de arena para mejorar el mundo.
Daniel es mi prójimo, y mi ayuda consistió en tocar puertas, buscar alternativas, encontrar una solución y mostrar la esperanza. Afuera de nuestra casa existe un Daniel, un Paulo o alguien con una historia, con una intranquilidad, y nosotros podemos ayudarlo –desde escuchar hasta empujar para encontrar el camino de la solución– si tan sólo salimos de nuestro mundo y vamos al encuentro del otro, como lo hizo Jesús con el centurión (cfr. Mt 8, 5-13), o con la madre que había perdido su hija (cfr. Mc 7, 24-30). Recordemos que Jesús está en el rostro del otro y aún nos espera en cada prójimo que se encuentra cerca.