Japón, isla de mártires
La beatificación de 188 mártires

Padre José Auscencio López L., MG

Padre Victoriano Hernandez Mata

Por la ventana derecha de mi iglesia, se ve erguido y triunfante un colorido vitral que, sorprendentemente, no acaba de gustar a algunos de los cristianos: cinco niños abrazados a la madre que está atada a la cruz con la mirada en el cielo.

¡Qué desperdicio de vida! ¿Por qué no escaparse? La historia dice que no estaban, ciertamente, atados a la cruz, pero, Tecla, la madre, fue el camino para llegar hasta la felicidad prometida. Cristo, también, pudo huir de la cruz y de la muerte, pero llegó la hora y no lo hizo.

De la historia de las colinas y campos del Japón antiguo, que exhalan martirio, se obtuvieron los nombres de 187 mártires que, encabezados por Pedro Kibe de la Compañía de Jesús, serán beatificados el día 24 de noviembre del presente año.

Las características de este grupo de mártires está en la variedad: niños de todas las edades, jóvenes, adultos, ancianos, hombres, mujeres, familias, un sacerdote, etcétera. Todos ellos fueron verdaderos soldados de Cristo que ofrecieron lo que tenían por ser fieles al Reino. “Es una lástima que sólo esta catana (sable) de samurái pueda entregarte… ¡Cuánto daría por entregarte las armas de mi fe!”, decía Juan Hashimoto, cuando le apresaron por ser cristiano. Él fue un samurái de alto rango, esposo de la mujer que se representa en el vitral de la iglesia y padre de los cinco niños que aparecen en la imagen. Tanto la esposa como los hijos se presentan martirizados, ya que fueron quemados a la orilla oriental del río Kamo, el 6 de octubre de 1619, en Kyoto.

El despiadado y cruel shogun, Tokugawa Hidetada, al darse cuenta que aún había cristianos en la capital de Kyoto, se encendió de rabia y él mismo dictó la manera en que habrían de ser martirizados, es decir, atados a cruces y quemados.

Dentro del grupo de los 52 mártires de Kyoto, había 11 con una edad menor de los 12 años, y, entre éstos, seis niños de dos a cuatro años. Tecla, esposa de Juan Hashimoto, estaba embarazada, y así, fue atada a la cruz rodeada de tres de sus hijos: Luisa, de 3 años, abrazada a su pecho; a la derecha, Tomás, de 12 años; y, a la izquierda, Francisco, de 8 años. Catalina y Pedro estaban atados a la cruz vecina. Ella, llorando por el humo y el dolor de su cuerpo medio calcinado, dijo a su madre: “Ma’, ya no veo nada…” a lo que respondió Tecla, su madre: “No tienes porqué preocuparte, di el nombre de Jesús y María. Ya pronto llegamos al Paraíso”. Calcinado su cuerpo, seguía abrazando a su pequeña Luisa. Y, porque sabía cuál es la verdadera felicidad para sus hijos, pudo soportar el dolor con ellos.

Además de las 52 víctimas del Gran Martirio de Kyoto, había cristianos de Yonezawa (localidad vecina a la Parroquia de Wakamatsu, primer lugar de trabajo de los Misioneros de Guadalupe), de Tokio, donde se encontraba Pedro Kibe, y de Nagasaki.

Nuestros mártires son la siembra, en los campos de la fe, que hoy estamos cosechando. Aunque, paradógico, el no huir de los sufrimientos y la muerte, precisamente, es la cosecha de vida y salvación del mundo: porque sin el martirio no tendríamos fe, ni habría Iglesia ni salvación.

El río Kamo corre bajo el puente de la calle Shomen cruzando la calle Seis. Su murmullo es hermoso, como si escuchara ahí la voz amorosa de las madres mártires: “Mi Jesús, recibe el alma de mi hijo”. Y como respuesta a esa oración, ante el barullo y alboroto de la muchedumbre de la actual calle Kawabata, la respuesta se da en la voz agonizante de los hombres: “Alabad al Señor. Que todos los pueblos alaben a Dios”.

El vitral de la derecha de mi iglesia, que causa incomodidad a algunos, sigue su muda predicación en medio de un silencio luminoso: por esos mártires la Iglesia en Kyoto, en el Japón, sigue su camino hacia la casa del Padre.

 

Padre Pedro Kibe y 187 compañeros mártires, rogad por nosotros.

Amén.

 

© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.


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