Padre Arturo Arreguín, MG:
Constructor de misiones
Cuarenta años construyendo para la Iglesia misionera
Entrevista de Faustino López M.

Hace cuarenta años, en agosto de 1968, el Padre Arturo Arreguín González, MG, fue ordenado sacerdote misionero en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe; cuenta hoy con una larga trayectoria sobre la cual platicó para los lectores de Almas: “Vengo de una familia muy tenaz, tanto mi padre como mi madre fueron gente de trabajo”; que lo apoyaron cuando decidió ser sacerdote misionero.
Cuando estudiaba su cuarto año en el Seminario Diocesano de Puebla, el Padre Arturo Arreguín hizo su primera solicitud para ingresar al Seminario Mexicano de Misiones Extranjeras, pero sus calificaciones eran bajas y por tanto insuficientes para ser admitido. Decidido a irse a las misiones, cambió radicalmente su conducta, y del joven alegre, bromista y relajado, pasó a una nueva actitud que sorprendió tanto a sus compañeros como a sus maestros. Finalmente, “terminé los estudios de filosofía y me mandaron al año de servicio, tras el cual nuevamente fui al Seminario de Misiones con mis nuevas calificaciones, las cuales sorprendieron mucho al Padre José Álvarez (+), MG, ya que sólo me había faltado medio punto para alcanzar el diez”.
Sus primeras obras misioneras
Así empezó una larga carrera de sacerdocio misionero. Una vez que recibió la ordenación sacerdotal, fue enviado a la región de Ixmiquilpan, Hidalgo, donde se hizo cargo, primero, de la parroquia de San Nicolás, luego inició los trabajos para construir una casa de los Misioneros de Guadalupe que daría albergue a estudiantes del Seminario de Misiones durante su Curso de Espiritualidad y Pastoral (Cespa).
Por varios años, estuvo como párroco del lugar y como responsable de la casa de los Misioneros de Guadalupe, incluida la labor formadora de los seminaristas que eran enviados al Cespa.
Cinco años después de iniciada su labor en San Nicolás, Hidalgo, el Padre Arreguín fue nombrado para la Misión de Kenia. “El Padre Esteban Martínez (+), MG, me dijo que me iría en septiembre, así que le pedí me dejara celebrar la fiesta patronal con la comunidad, a lo que accedió. Hubo una gran fiesta que sirvió como marco de despedida, aun cuando oficialmente no lo había informado a los fieles”.
Sus obras en Kenia
A mediados de la década de 1970, el Padre Arreguín llegó a su Misión en Kenia: Buyangu, en territorio maragoli, donde fue recibido por el Padre Sebastián Meza, MG. De esos primeros días como evangelizador, narra que continuamente se preguntaba cómo animar a la gente para que permaneciera siempre en la fe, pues “los bautizaba un domingo y al día siguiente ya iban bailando con los de otra iglesia; entonces me acercaba y les preguntaba por qué habían cambiado y me respondían: Es que ésta me queda más cerca”.
Pronto aprendió a convivir con las costumbres locales, entró en un proceso de aculturación que lo haría decir a un sacerdote africano años más tarde: “Yo soy más africano que usted”, pues, afirma, “estando en el trabajo de la Misión, se pierde la noción de que uno está lejos de su patria, se adapta uno a tal grado que ni se acuerda de México”.
Tras algunos años en Buyangu, donde ayudó a la edificación de un dispensario y una escuela secundaria, se trasladó junto con el Padre Pablo Bejarano, MG, a una nueva diócesis: Ngong, en el territorio de la tribu kipsigis, donde el trabajo fue duro pero los resultados alentadores… “Tuvimos que formar catequistas, porque sólo teníamos uno, y en cada comunidad necesitábamos por lo menos uno. Servíamos como conductores de ambulancia cuando llegaba alguien a pedir ayuda para un enfermo que necesitaba ir al hospital; a veces los bebés nacían en la camioneta. Decidimos abrir un dispensario, porque ya trabajábamos más como choferes que como sacerdotes, y le pedimos a una religiosa de otra misión que nos apoyara. En la misión no había agua, porque el río estaba a más de un kilómetro; cuando llovía juntábamos todo el vital líquido que podíamos”.
En Kenia, al Padre Arturo Arreguín le tocó estar presente en la construcción de varias iglesias o bien escuelas que estuvieron a cargo de los Misioneros de Guadalupe. Al respecto, nos narra: “En la primera Misión, construimos una iglesia de concreto; también escuelas, porque era el medio de entrar en relación con las comunidades, pues cuando platicábamos con ellos lo que pedían eran centros educativos, comprometiéndose a reconocernos como responsables de las escuelas, las cuales estarían destinadas únicamente a los católicos.
“En otras ocasiones, empezábamos oficiando la Misa debajo de un árbol, después construíamos una chocita y así hasta lograr construir una pequeña iglesia. En Mulot, había una capilla abierta y ahí oficiábamos la Misa, luego construimos nuevos templos para los que el obispo proporcionaba el tabique”, agrega.
Con entusiasmo, el Padre describe muchas de las obras en las que participó, los trabajos que pasó trasladando enfermos a centros hospitalarios o ayudando a atenderlos en el dispensario, salvando vidas, y recuerda las palabras de un obispo keniano: “Por eso los traje a ustedes, los misioneros, porque un misionero tiene que inyectar, dar medicinas, curar, trabajar; de modo que, misioneritos, no los quiero aquí, ¡a trabajar!”
A principios de la década de 1990, regresó a México para desarrollar algunas labores administrativas, pero volvió más tarde a Kenia para trabajar en un nuevo ambiente: la Parroquia de Cristo Rey, dentro del barrio más populoso y pobre de la ciudad de Nairobi. Trabajó en esa parroquia por espacio de cuatro años, conviviendo con las duras condiciones de vida de quienes habitan el lugar.
Regresó a México a fines de la década de 1990, con una nueva misión: impulsar las vocaciones al sacerdocio misionero en la ciudad de Villahermosa, Tabasco. Cumplió su tarea con entusiasmo, hasta el día del accidente que lo obligó a retirarse del servicio por un tiempo y del cual, con la ayuda de Dios, se ha recuperado casi completamente.
El Padre Arreguín se detiene en su plática y reflexiona: “En mi vida, independientemente de todo, encontré mi camino. La única ilusión que he tenido siempre es trabajar y agradezco a todos los que hacen posible nuestro trabajo”. Y concluye: “Gracias a Dios me ha ido muy bien. Tanto a la gente como a los seminaristas, les digo que la misión no es un trabajo particular, sino que tenemos que cooperar con la Iglesia universal, yendo a los lugares a donde nadie quiere ir… Desearía terminar mis días en las misiones, pero estamos a lo que Dios diga”.
© Revista Almas, publicación mensual de Misioneros de Guadalupe, AR. México, 2009.