Me encuentro en la Misión de Japón, donde, desde hace algún tiempo, colaboro en la Parroquia de Chibadera. Algunos conocidos me han preguntado sobre ese nombre, pues en español suena como si tuviera que ver con chivas.
El territorio de la Arquidiócesis de Tokio incluye la gran metrópoli y el estado adyacente: Chiba, que según los caracteres chinos significa “las mil hojas”. En la capital del estado, que lleva el mismo nombre, existe desde antiguo un templo budista que es el símbolo de la ciudad. En japonés, “templo budista” se dice “tera”,pero cuando el vocablo va acompañado de otra palabra la “t” se convierte en “d”, con el fin de suavizar el sonido, por eso el templo de la ciudad se llama “Chiba-dera”. A unos cuantos metros, dentro de la misma zona donde está el templo, se encuentra nuestra iglesia católica, que tiene el mismo nombre, pues las iglesias en Japón no son conocidas por el santo patrono, sino por el lugar en que se encuentran.

La parroquia de Chibadera, como la mayoría de las parroquias del estado de Chiba, fue construida por los Padres columbanos de Irlanda, que fueron los benefactores, los héroes misioneros que evangelizaron toda esta región.
Hace tres años el arzobispo de Tokio nos pidió a los Misioneros de Guadalupe que tomáramos esta parroquia, debido a que los misioneros columbanos ya no tenían personal y se necesitaba alguien que pudiera atender, además de los 600 fieles japoneses, también a las comunidades de filipinos y latinoamericanos que habitan en esta zona.
El reto de atender esta parroquia ha sido grande, pues la gente al principio no aceptaba muy bien a un párroco que no fuera columbano, ya que todo lo relacionado con la Iglesia lo habían recibido de ellos. Los columbanos delegaban labores en los fieles, quienes llevaban a cabo actividades a favor del trabajo pastoral, con base en el tiempo y las posibilidades que sus necesidades diarias les permitían, aun en detrimento del avance misionero.

Un año después de que me hice cargo, la parroquia cumplió el 50 aniversario de su fundación. Para tal ocasión se preparó un programa de pastoral que abarcaba un año, en el que cada semana se realizaron actividades de instrucción religiosa, basadas principalmente en los siete sacramentos, la constitución de la Iglesia y el mandato misionero; también se le dio un impulso especial a las celebraciones litúrgicas. Todo eso contribuyó a que poco a poco la gente fuera cambiando, de tal forma que ahora se vive un ambiente distinto. Aunque todavía falta mucho por hacer, con la ayuda de Dios seguiremos adelante tratando de cumplir la misión encomendada.
Mi labor como Misionero de Guadalupe ha sido consolidar en esta parroquia una comunidad misionera capaz de compartir la alegría de la fe con la sociedad. Ha sido un trabajo difícil, pero confío en que alcanzaremos nuestro propósito, gracias a las oraciones de nuestros bienhechores.